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¡Feliz sobrevida, profeta de la genuina esperanza!

Sin que pueda aportar razones convincentes, siempre me pareció una criatura demasiado cosmopolita como para vivir a plenitud en La Habana. Tan grande era su sabiduría, tan formidable la anchura de su pensamiento y tan distinguidos sus modales, que hubiera podido triunfar en Nueva York, Buenos Aires, Londres o París.

Lo que sí me queda claro es que ni aquí ni en ninguna de esas metrópolis pasaría desapercibido, y no lo digo por haber sido precursor de la boina como atributo inherente a las causas justas. Tampoco debido a su porte natural. Más bien a la conjunción del talante, la letra y el espíritu; a eso imposible de simular o de forzar que podríamos sintetizar en una palabra: majestad.

Posiblemente, él fuera el primero de los grandes intelectuales de Cuba a quien conocí. O quizás solo le antecedieron Cintio y Fina. No lo recuerdo con exactitud. De lo que sí estoy seguro es de que acababa de leer Caliban. Y fue tal el estremecimiento que causó su lectura, aun a mis ingenuos 15 años, que me dispuse a saludar al colonizado descolonizado que había puesto en el mapa de Nuestra América aquella metáfora-símbolo.

A las nueve de la mañana la ruta 264 abrió la puerta trasera en el parquecito de 23 y F. En la siguiente esquina, me lancé G abajo. Después de que la brisa del Malecón aplacara un poco mi sudor, pregunté por él en Casa de las Américas. Me dijeron que estaba en una reunión “en el ministerio”, y que no sabían a qué hora terminaría. Poca cosa para desalentarme.

Como estaba decidido a no perder el viaje, me senté, literalmente, a los pies de don Tomás Estrada Palma. No en señal de obediencia, sino porque de su estatua apenas quedaban en pie, o quedan, los zapatos de bronce fijados al pedestal de mármol. Allí permanecí alrededor de dos horas, hasta que por pura casualidad en la misma Avenida de los Presidentes vi cómo el Lada que lo transportaba aminoró la velocidad, para poder girar a la izquierda en 3ra.

Subía ya los escalones cuando lo abordé con esta analogía que juro no haber ensayado: “He venido a conocer al padre de Caliban y me tropiezo con un hermano gemelo del Quijote”. Al parecer le resultó simpático, y me invitó a pasar. No conversamos mucho rato, pues aunque yo no estaba al tanto, en breve él debía encabezar la apertura del Premio Casa. Sin embargo, además de interrogarme y dedicar minutos de su tiempo a un chiquillo desconocido, me regaló algunos de sus libros, que solo después me preocuparía por conservar autografiados.

Antes de despedirme, se volteó hacia el escritorio, tomó un ejemplar y espontáneamente me lo dedicó, con el ruego de que no dejara de leerlo. Era Sostiene Pereira, de Antonio Tabucchi, recién salido de imprenta. En eso tocaron a la puerta, él respondió “adelante”, y vimos entrar al mismísimo narrador italiano que había escrito tan apasionante relato sobre las dudas existenciales de un periodista en su ocaso.

Una vez más, el azar concurrente hacía de las suyas en favor mío. Entonces él, tan sorprendido como yo, puso en manos de su legítimo dueño la novela, y este estampó unas palabras de cortesía. Como tuvo la precaución de fecharlas, hoy puedo saber que todo sucedió el 21 de enero de 2002.

Lo cierto es que, tan pronto devoré aquel tratado psicológico con matiz antifacista ‒luego adaptado al cine y protagonizado con exquisita puntería por Marcello Mastroianni‒, entre otras cosas me convencí de que una omelette a las finas hierbas acompañada de una limonada fresca, podían contarse entre esas pequeñas costumbres que ayudan a vivir.

Los años fueron pasando y el señor de La Mancha con cabalgadura soviética se fue agigantando frente a mis ojos.

Gracias al testimonio de decenas de alumnos de distintas promociones, el aura legendaria del profesor de la Escuela de Letras se me fue haciendo cada vez más próxima. Gracias a la opinión de algunos intelectuales extranjeros de sostenido vínculo con Cuba y con su Casa, supe cuánto se valora en los cinco continentes su obra poética y ensayística, así como la que construyó en los terrenos de la política cultural. Gracias a mis intercambios con la comunidad martiana, entendí por qué entre un selectísimo grupo él se ganó el derecho de codearse “de tú a tú”. Gracias a otras muchas andanzas, aprecié los motivos por los cuales se le considera uno de los pilares que sostienen el acervo de una tradición admirable.

Ahora bien, mentiría si dijera que Roberto Fernández Retamar fue mi amigo. Pero igualmente faltaría a la verdad si lo achacara a que no existió compatibilidad de caracteres. Lo que sucedió fue que yo no puse hincapié en conseguir una mayor cercanía. O no el suficiente. Aunque ello no significa que me privara de visitar su casa, conocer y querer a la temible Adelaida de Juan, a su hija Laidi, su yerno Valladares y, de vez en cuando, saludar a sus nietos Robin y Rubén, ambos menores que yo.

¡Cuántos detalles generosos tuvo él conmigo: desde enviarme libros y mensajes de correo electrónico donde comentaba sus impresiones sobre algún artículo o entrevista que yo publicara, hasta invitarme a las actividades que organizaba Casa de las Américas!

Cómo olvidar que uno de sus gestos últimos, quebrantada ya la salud, fue acompañarme hasta su bienamada Facultad de Artes y Letras para presentar La voluntad de prevalecer. Y que al final de una tarde maravillosa, antes de desaparecer por el corredor apoyado en su bastón, me dio ese abrazo que todavía me conmueve, antes de pronunciar unas palabras que no creo llegar a merecer nunca.

Por eso cuando a veces me hace sufrir lo poco apto que resulto para el dominio de las lenguas, lo más saludable para mí es acariciar con una sonrisa cómplice en la estantería, dos de los libros que más me gustan de este ensayista calibanesco con sutileza filológica: Idea de la estilística y En la España de la eñe. Más que orgulloso, uno sale fortalecido al sentirse heredero de tan portentosa ventura idiomática. En palabras de Buena Fe: uno confirma que el castellano es el mejor caramelo del paquete.

Cuando otros días me despierto y el cúmulo de carencias materiales abona el camino de la desilusión a la velocidad de la luz, no hay mejor receta que echar mano a su Cuba defendida para comprender que el espíritu de resistencia de este pueblo no fue inoculado por algún mandato divino, sino que tiene poderosas raíces históricas, y de que a fin de cuentas, siempre estuvieron y estarán algunos más jodidos que yo, acosados por esa peligrosa sombra que es la desmemoria.

Cuando hay días en que nuestro triunfalismo me enerva, tanto como me irritan las distorsiones y omisiones de una realidad que nunca debería aspirar a ser perfecta, me refugio en sus versos, con la convicción de que si la Historia nos ofrece la crónica de los acontecimientos tal como fueron y el Periodismo según el cristal de la lupa de quienes lo ejercen, la Poesía no los devuelve como debieron ser.

Cuando hay días en que me levanto y descubro que no tengo ningunas ganas de ir al trabajo, la cabeza, traicionera, me remite a él, o a Hart y la Pogolotti, para recordarme que si aún después de los 80 años y cada vez con mayores limitaciones físicas ellos conservaron la disciplina de iniciar temprano sus labores, mi pereza resulta francamente inaceptable.

Y es que, con solo evocar la imagen de Retamar, muchos de los fantasmas que me hostigan anuncian retirada, porque no existe mejor antídoto que su obra, su ejemplo de patriotismo sin consignas, de responsabilidad para con un encargo social, y de consagración a lo que se ama.

Por eso este 9 de junio, cuando estaría cumpliendo 90 años, ni siquiera el coronavirus puede opacar su impronta y legado.

¡Feliz sobrevida, profeta de la genuina esperanza!

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