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Una breve y azarosa visita a la Catedral de Notre Dame

Empezaba a correr el mes de febrero de 2001. Por entonces fungía como director general del programa Universidad para Todos, de la Televisión  Cubana. Un domingo, el anuncio por teléfono de que viajaría a  Sudáfrica como miembro de una delegación de diez “especialistas en  educación audiovisual” no me sorprendió tanto como la necesaria escala  de ocho horas en París.

La idea de poder visitar la “Ciudad de la Luz”, -todavía conservaba esa aureola-, me entusiasmaba. Recorrer, aunque fuera de pasada, los  lugares donde Carpentier encontró su espacio en el creciente
movimiento surrealista, era mucho más que un regalo de la casualidad,  porque la escala pudo haber sido en Sao Paolo. No hubiera sido igual.

Llegó el día de viajar a Johanesburgo, vía París. Después de una breve reunión introductoria en el Salón de Protocolo del aeropuerto, nos esperaban casi 9 horas de vuelo nocturno en un confortable Airbus de la aerolínea Air France, lo que suponía un largo sueño trasatlántico, pero no hubo manera de que pudiera dormir durante el viaje.

Todos los miembros de la delegación caímos en asientos separados. Tal vez fue mejor así. Los únicos conocidos por mí eran mi propio asesor, Leslie Rodríguez, -viejo funcionario de la TVC-, y la amable profesora Leonela Relys, autora del exitoso método de alfabetización de adultos “Yo sí puedo”.

Obligado a sentarme en la hilera central del avión de fuselaje ancho, pasé todo el tiempo viendo videos, haciendo ejercicios para activar la circulación, yendo y viniendo del retrete…, entre sorbo y sorbo furtivo de una caneca de aguardiente Santero que había comprado en la shopping del aeropuerto. El parte del tiempo en París anunciaba 2ºC bajo cero y yo no iba preparado para eso. A falta de abrigo por fuera, debía abrigarme por dentro.

En París

Temprano en la mañana parisina, aterrizamos en el interminable
Aeropuerto Charles de Gaulle donde nos esperaban dos funcionarios de la embajada. Los diez integrantes de la delegación cupimos
perfectamente en un microbús que nos llevaría de inmediato en un recorrido por lugares emblemáticos de París: el cementerio del Pére-Lachaise, último reducto de los comuneros durante la sangrienta tarde del 28 de mayo de 1871; la Torre Eiffel, desde el carro; el Museo del Louvre con su pirámide, por fuera; el Arco de Triunfo, desde los Campos Elíseos; la pintoresca fachada y la puerta de entrada del famoso cabaret Moulin Rouge, -que por suerte estaba cerrado-, y, -por supuesto, no podía faltar-, la Catedral de Nuestra Señora de París, el único lugar donde nos era factible entrar, mirar y hasta rezar, sin costo alguno…, salvo que enciendas una vela ante alguna imagen de tu devoción.

Ante Nuestra Señora…

Al mediodía, después de un frugal almuerzo en una cafetería cercana al Moulin Rouge, nos dirigimos a la Catedral de Notre Dame. En el trayecto, de un par de cuadras, desde el parqueo a la entrada de la Catedral, -para restarle importancia a la temperatura bajo cero-, me extasié ante el bello paisaje que proporciona el río Sena, que corre muy cerca y atraviesa serpenteando la ciudad de París. Casi sin darme cuenta apreté el paso, pues mi desamparo textil no aconsejaba otra cosa.

Cuando me acercaba a la majestuosa edificación, tuve tiempo de evocar la coronación de Napoleón como emperador de Francia, en 1804, y la beatificación de Juana de Arco en aquel sacrosanto lugar a principios del siglo XX. Eché un vistazo, -sin detenerme-, a la Galería de los Reyes y a los relieves que representan a Adán y Eva con la serpiente, en el frontis de la Catedral. Pensaba que una vez dentro del recinto eclesiástico, sin estar sometido al rigor de la baja temperatura, podría regodearme en la contemplación de los vitrales y las imágenes de los santos.

Pero hubo un detalle…, un simple detalle en esa puerta de entrada al santuario, que casi me paraliza la digestión. Colocado al alcance de la vista, con letras grandes en inglés y en francés, un letrero anunciaba claramente: “Beware of pickpockets”  “Attention aux pickpockets”, que en buen español quiere decir: “Cuidado con los carteristas”.

A buen entendedor pocas palabras. Mis evocaciones sobre la inspiración de Víctor Hugo y las vicisitudes de Esmeralda y Quasimodo desaparecieron. En su lugar se abrió paso un acto reflejo instintivo: como un relámpago, metí la mano en mi bolsillo izquierdo del pantalón.

Tomé muy en serio la descarnada verdad de aquel letrero y traté de abrirme paso entre la muchedumbre que avanzaba a “paso de entierro” mientras elevaba sus plegarias al cielo. El recorrido era largo y en forma de “U” desde la entrada del recinto hasta la puerta de salida.

Eran muchos los santos a venerar y las velas a encender por la multitud de fieles… y mi prioridad era otra desde que leí el preocupante letrero. Ni recuerdo haber visto a la Virgen con El Niño en el altar mayor. Espero haber pasado inadvertido ante Nuestra Señora.

Por fin encontré la puerta de salida. Con que alegría recibí en pleno rostro la gélida bofetada de los 2ºC bajo cero. El Sena continuaba su curso justo al lado izquierdo de Notre Dame en un precioso engarce de arquitectura gótica y naturaleza. La preocupación se disipaba en el ambiente exterior del templo, ahora a mis espaldas.

Ya al lado del microbús de la embajada respiré tranquilo, aún con la mano apretada sobre los 300 US$ en efectivo que llevaba en el bolsillo izquierdo del pantalón y que me habían sido entregados poco antes de salir de La Habana, para una estancia de un mes en Sudáfrica.

Diecinueve años después de aquella azarosa visita a Notre Dame, ya casi había olvidado mi reacción natural ante un letrero tan sugerente y bien colocado en la puerta del templo. La recordé el 15 de abril de 2019, cuando veía por televisión las primeras imágenes del incendio que destruyó gran parte de la monumental estructura para consternación de creyentes y ateos. Y el París de hoy no se parece a aquel, que todavía era capaz de disimular las hondas contradicciones de una sociedad en decadencia. La Pandemia sustituyó a los “chalecos amarillos”. Pero París está cambiando…, el mundo también.

Ya casi ni me acordaba de estas anécdotas parisinas; por eso preferí contárselas ahora…, antes que se me olvide.

3 thoughts on “Una breve y azarosa visita a la Catedral de Notre Dame

  1. Ya sabemos de dónde emergió mi pasión por la escritura, lo heredé de ti abuelo. Sencillamente impresionante y la mar de interesante esta pequeña anécdota que tanto disfruté leer. Te quiere, Dani😘

  2. Siempre estuve convencida del magnífico escritor que llevabas dentro. Me siento muy feliz de que te hayas decido a empezar con tus anécdotas que pocas no son. Espero por más y a ver si te decides por algo mayor. Tu puedes 🤩🤩

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