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Días en África

La celebración del Día de África, hoy 25 de mayo, vuelve a concentrar millones de miradas sobre los 55 países que forman ese continente, poblado por más de mil millones de personas.

Tierra también de nuestras ancestrales raíces como nación, la presencia cubana allí ha sido un hecho real en el plano de la solidaridad entre los pueblos, desde los primeros años del triunfo revolucionario.

Tal vez la expresión más grande ese esos lazos esté en la ayuda internacionalista, militar y civil, ofrecida por Cuba a la República Popular de Angola.

Como siempre, la prensa fue testigo de esa epopeya que ningún tiempo podrá borrar.

De mi libro Arma secreta de Cuba en Angola, actualmente en proceso de edición en la Editorial Pablo, extraigo para los lectores de Cubaperiodistas este relato, dedicado a la anónima y heroica labor de los corresponsales de guerra, y en especial a los muchachos de los entonces Estudios Cinematográficos y de Televisión de las FAR:

24 (HAZAÑAS) POR SEGUNDO

La historia del internacionalismo cubano en Angola está sembrada, y descansa, sobre los hombros de más de 300 mil rostros anónimos. Excepto un puñado de nombres, reflejados por algún material periodístico o en un libro, nadie podría relacionar el de todos los que hicieron posible la heroica defensa de Cabinda (noviembre de 1975), el éxito en los cinco combates contra el agresor en Quifangondo (octubre-noviembre de 1975), la ofensiva y expulsión del enemigo por la frontera sur (marzo de 1976), la increíble resistencia y victoria en Cangamba (agosto de 1983), cuando un grupo de cubanos quedaron cercados y hostigados durante nueve días, casi todo el tiempo sin agua, ni alimentos, en el área equivalente a un campo de fútbol; la tenaz resistencia y rechazo por parte de colaboradores civiles cubanos y combatientes de las FAPLA frente a la agresión de la UNITA en Sumbe (25 de marzo de 1984), el demoledor golpe en Cuito Cuanavale (enero-marzo de 1988) y numerosos acontecimientos más, que continúan trascendiendo con el tiempo.

Senarega, captando momentos, haciendo historia. Fotos de Pastor Batista

¿Cuántas acciones cotidianas y proezas han tenido o tienen lugar y no siempre hay una cámara fotográfica, de cine o de televisión, una grabadora o una simple agenda de apuntes que ponga el hecho en conocimiento, a juicio y para admiración, de quienes allá, en el verde Archipiélago, se preguntan «qué estará sucediendo en este instante, cómo estará mi hijo, le irá bien a mi querido esposo…?»

Por eso nunca será inmerecida la referencia al modesto, altruista y épico quehacer de periodistas, fotógrafos y, sobre todo, de camarógrafos y sonidistas, cazadores de sucesos enmarcados en un tiempo cuyas verdaderas dimensiones tal vez no son ahora visibles, en medio de la rutina normalmente heroica de cada día.

No hay que ser profeta ni genio de lámparas maravillosas para saber que mañana estremecerá apreciar esas imágenes de la aviación, en vuelo rasante, golpeando a una columna o agrupación de tropas enemigas; las BM-21 arrojando fuego sobre un adversario que terminará siendo presa irremediable de dos estados nada recomendables para cualquier contexto de guerra: el desconcierto y el pánico; o ver la ecuanimidad con que manos, como las del joven zapador Eduardo Montero desactivan la mina que satánicos dedos han sembrado para mutilar vidas o para hacerlas volar, en pedazos, con pasaporte al más allá.

Nadie piense que, como lluvia, del cielo caerán los testimonios gráficos que un día veremos en casa, por televisión, o mediante el cine. Son captados, ahora, por los corajudos muchachos de los Estudios Cinematográficos y de Televisión de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (ECITV-FAR), bajo constante riesgo de sus vidas, en medio de combates, fuego de distintas armas, hostigamiento artillero, emboscadas, explosiones de minas y otros momentos en que hasta al más curtido combatiente se le recoge la piel y se le erizan todos los pelos del cuerpo; o cuando, ante la orden de protegerse todo el mundo dentro de los refugios, el camarógrafo parece ser el tipo más indisciplinado y «rosca izquierda» del mundo, porque continúa a cielo abierto, como si el peligro no existiera, concentrado en el cañón de la única arma que casi siempre porta en esos casos: el lente de su cámara. Y no es que quiera ser héroe, sobresalir o dejar una imagen de intrepidez personal. Quizás a esa hora prefiera estar seguro en casa, a miles de kilómetros, o se pregunte, como le ha ocurrido tantas veces a Rigoberto Senarega, «¿qué coño hago yo aquí?» Pero nuestros camarógrafos no vinieron a estar sobreprotegiendo sus vidas o a esperar a que cesen las acciones, se normalice la situación y se vaya a bolina la oportunidad de captar las imágenes que necesitan el mando militar, la dirección política del país, la historia y, en especial, la inmensa pupila que forman miles de familias.

Como cualquier humano, desde luego, el corresponsal de guerra puede sentir temor, pero no sé por qué curiosa razón (quizás por esa amalgama de virtudes, que mezcla pasión por el oficio, audacia natural, cierta tentación por la aventura, percepción real del alcance que tiene la misión encomendada, compromiso con la familia, con el país, consigo mismo…) termina sobreponiéndose a todo, para hacer su labor, con una flema asombrosa, como si estuviera filmando el toque de atiendan todos en plena Plaza de la Revolución José Martí o a la niña que le regala una rosa y besa al Soldado recién condecorado en la Brigada de la Frontera, Guantánamo, frente a las narices y a las pestañas de los yanquis.

Con razón, Senarega «ni se entera» cuando las vainas de proyectiles de Shilka prácticamente le queman el cuello, mientras capta, desde el suelo, boca arriba, el disparo de la misma dotación que derriba al Mirage sudafricano en la zona de El Kwatir. Y, como casi todos los demás, también Amado Castellanos anda «suelto y sin vacunar», solito como vino al mundo, por recónditos y peligrosos parajes del sur, acompañado apenas por una pistola Makarov y por esa cámara cinematográfica, más cercana a las que había durante la Segunda Guerra Mundial que a las de esta ya moribunda octava década del siglo XX.

Alguien pudiera imaginar que si un día hago públicos estos apuntes, podrían molestarse, por omisión, otros consagradísimos fílmicos, como Juan Carlos Borjas, con la apariencia exterior de un Quijote y todo un Lord por dentro; Rigoberto Mitjans, inventando siempre algo o relatando pasajes tan fantásticos que algún bromista terminó apodándolo un día como «charco e sangre»; Adalberto Roque, más meticuloso con su cámara, porte y aspecto que un mariscal de campo; Jorge Rouco, Jorge Pla, Julio Tamayo, aquel muchachón callado, a quien sus bellacos compañeros bautizaron para la eternidad como Pepe El Faro, tras confundir en pleno vuelo nocturno sobre el Atlántico la pequeña e intermitente luz a punta de ala del IL-62M con un lejano «faro» espacial que, minutos y horas después, continuaba «allá lejos, en el mismo lugar», a pesar del movimiento de la aeronave.

Pero, si bien ningún colega supuestamente olvidado o ausente se enojaría, entre ellos sí hay una referencia obligada, a pie de cualquier libro, relato periodístico, encuentro o conversación; es a Eduardo Bosch y Marcos Martínez, estrellas del lente y del sonido, quienes, junto a Antonio Pérez Medina, a la sazón periodista de Verde Olivo en Misión Internacionalista, se nos fueron el 27 de abril de 1988, como consecuencia de aquel proyectil, escapado contra la consciente voluntad de un artillero antiaéreo cubano, que puso fin al vuelo de un AN-26, en descenso ya, a pocos kilómetros del aeropuerto de Tchamutete.

Nuestros lentes: testigos de las huellas de la guerra.

Todavía puedo escuchar, nítido, el desconsolado llanto de Katiuska Blanco, ese mismo atardecer, en otro aeródromo del sur angolano, el de Menongue, al conocer el doloroso suceso, segura de que, «en ese avión iban los muchachos, no puedo creer que hayan muerto; ahí viajaban Albert o Tony, Marquitos y Eduardito: No, no puede haberles ocurrido algo…».

Esa muerte era para mí

Podrá llegar, con total lucidez, a 120 calendarios y hasta su último segundo de vida Albertico Núñez se reprochará, en injusta valoración contra sí mismo, haber aceptado la sugerencia que, la víspera, en Lubango, le hizo Tony para, en un enroque interno, cambiar sus respectivos destinos de cobertura periodística, de manera que Albert, quien no conocía ninguno de los dos lugares, lo hiciera por tierra hasta Xangongo y viajar él por aire, animado con la idea de llegar por vez primera a Tchamutete.

—Pero es que esa muerte era para a mí —no cesa de repetir Albertico, desde que conoce lo sucedido, marcado por ese tipo de punzada que se encaja pecho adentro y que vuela en pedazos el sueño, el apetito, la calma, cuando cae el hermano, precisamente en el lugar donde te hubiera correspondido morir a ti.

—Si quieres llámale destino, azar, coincidencia… ponle el nombre que desees, pero no te culpes. Ni siquiera fue una propuesta tuya —le digo, convencido, por demás, de que, en caso contrario, no serían menores la tristeza y la inevitable sensación de culpabilidad presentes en Tony.

Aunque en Angola nos vimos muy poco, en Cuba tuve la oportunidad de compartir con él teclas mecanográficas, mesas de trabajo, cámaras, literas, coberturas, reuniones, campismos, botellas de ron Paticruzao y cientos de momentos que me dejan una convicción: difícilmente haya un joven oficial tan disciplinado como Tony, o tan quisquilloso con su porte y aspecto. Recuerdo que untaba tinta y betún hasta en la sección intermedia de la suela que los zapatos no apoyan.

«Es para que, al caminar, no desentonen con la puntera y los costados» —trató de convencerme, entre risas, un día, en la barbacoa que varias veces también compartimos, como albergados, a pocos metros de los añejos linotipos del periódico Combatiente, en Santiago de Cuba, donde él y Morfeo se tuteaban noche a noche, pues Tony no era natural de allí, sino de Remedios, en Villa Clara. Su modo de lustrar los zapatos tenía cierta extremista lógica. Ahora que ya nadie podrá hacerle la misma pregunta, ni escuchar de su voz otra respuesta, comprendo que aquella extraña manía era, en verdad, luminosa expresión del brillo interior, congénito, que a diario filtraba por el cristal (demasiado grueso para tanta juventud) de los espejuelos con que escribió las informaciones, entrevistas, reportajes, comentarios y crónicas que ni él mismo imaginó entretejer años atrás, mientras los soviéticos creían prepararlo en Periodismo Militar, o cuando en el propio semanario Combatiente o en Bastión (órganos del Ejército Oriental y de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, respectivamente) alguien le daba dos palmaditas, a modo de reconocimiento, en esos hombros que merecerán llevar, eternamente, las charreteras de «General de la perseverancia y de la humildad» en el casi siempre explosivo campo del periodismo.

Acerca de todo ello mamá tendrá que hablarle algún día a la hija que, sin saberlo, Tony dejó en embrión antes de partir y que no pudo conocer, ni comprimir contra su regazo, ni alzar a lo más alto, en brazos, entre gorjeos y carcajadas; ni sentir el placer, con nada comparable, que significa escuchar las primeras articulaciones de esas cuatro letras sublimes en la vocecilla de todo niño cuando comienza a decir «P-a-p-á».

Tony, un verdadero general de la humildad.

Por eso, aunque no sucedió más que en mi imaginación, escucho su inconfundible voz, a filo del sueño-pesadilla en que Tony vino a mi almohada. Conforme a su infantil costumbre, nos agachamos a conversar en cuclillas, como un par de chiquillos, y comenzó a obsequiarme la secuencia fotográfica de sus últimos segundos. Desde entonces no he dejado de pensarlo acomodado en el costillar derecho del avión, ligeramente recostado hacia atrás, con las manos entrelazadas y metidas entre los muslos, como si tuviera frío. La cabeza, sin embargo, le arde repleta de trompos, guantes, pelotas, camioncitos hechos de palo, quimbumbias y aquellos papalotes, fabricados con güines de caña de azúcar y papel carbón, que empinaba sobre el pueblo de Remedios, usando el mismo cordel con que una vez se amarró las trabillas del pantaloncito, para que no se le cayera, y terminó pasando tremendo sofocón, a punto de «aflojárseles las tripas» en el baño, mientras intentaba zafar la tanda de nudos que había hecho… En esos, y en infinidad de momentos más, piensa cuando algo sacude violentamente al avión y hace añicos el silencio, sin Remedios ya. Y aun puede ver la confusión más clara de su vida; y quizás, por vez primera, única y final, siente que no tiene cuerpo, pero la mente sigue ahí, tratando de registrar, en calma, el abrazo familiar de despedida en Cuba, el impreciso rostro de su bebita, el beso de su anciana madre; y agradecerá la decisión de quien confió en él para capturar y poner en libertad de prensa verdades africanas hasta entonces en cautiverio. Y antes de que el oxígeno se tiña de gris y todo se haga divina luz, quedará con los ojos abiertos, fija la mirada en la cercana lejanía del tiempo, del espacio, con la casi imperceptible sonrisa que desde niño le imprimió un extraño y acaso contradictorio retoque a la permanente seriedad de su rostro. Y, sin precipitarse todavía el aparato a tierra, nadie lo dude, hallará tiempo de escapar por un boquete humeante del fuselaje, cámara en ristre, junto a Eduardo y a Marcos para, en operación de trasbordo, pasar al cometa que ha de llevarlos a la misma etérea unidad de combate hacia donde, el 19 de octubre de 1985, la muerte, en emboscada, había remitido al noblísimo Juan Candelario Bacallao Padrón, reportero de Radio Reloj convertido en legionario corresponsal de guerra… destino, en fin, al que puede emprender inmaculado vuelo cualquiera de estos otros muchachos que, atrincherados al sur de sus inseparables lentes, siguen captando y protagonizando las hazañas que millones de personas no imaginan, a puro latido, a razón de veinticuatro fotogramas por segundo.

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