COVID-19. Reportes periodísticos

Con la COVID en el puño

Libérenme de cualquier interpretación que pueda parecer exagerado orgullo gremial, pero es indiscutible que entre los sectores inmersos todo el tiempo en el enfrentamiento al nuevo corononavirus, junto al personal médico, científicos e investigadores, ha estado el de la prensa.

No ha habido un solo día, desde que fueron detectados los primeros casos positivos a la enfermedad en Trinidad, 11 de marzo de 2020, en que la radio, televisión, prensa escrita, agencias, medios digitales, páginas personales, redes… hayan dejado de ofrecerle tratamiento informativo al tema.

Siendo como es nuestro periodismo, ninguno de esos materiales ha sido bajado de la nada, por control remoto o mediante el “cuéntame qué sucedió para yo reproducirlo”.

El minucioso seguimiento continúa sustentándose en un contacto directo con la realidad, con hechos, fuentes y escenarios donde el mortal virus anda a la caza de quien aparezca por delante “para dejarlo atrás”, sin compasión alguna.

Apasionados por herencia y por esencia, nuestros colegas no se detienen a contrapesar peligros sobre una báscula donde lo más importante es informar de forma rápida y objetiva.

Ello, desde luego, no significa lanzarse de cabeza en las turbulentas aguas de una audacia innecesaria.

Prudencia y prevención han sido términos aparentemente teóricos pero de alto valor práctico en el transcurso de casi 80 días. La evidencia está en que durante todo ese tiempo han sido realmente mínimas las incidencias o sospechas.

Tal y como reflexiona Ricardo Ronquillo Bello, Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba (Upec), con independencia de situaciones rápidamente identificadas y resueltas: pienso en la guantanamera Voz del Toa, en Radio 26 de Matanzas o en la Isla de la Juventud, el periodismo cubano ha demostrado magnífica salud y vitalidad en medio de un combate que no concibe la tregua.

Es curioso que, si bien el gremio registra a una buena cantidad de vigorosos jóvenes, también inscribe un segmento no despreciable de colegas con avanzada edad, próximos a jubilación, o que se niegan a colgar la tecla, a quienes la ciencia médica les atribuye determinada vulnerabilidad o riesgo frente al mortal virus.

Solo que, como también comenta Juan Carlos Ramírez, jefe del departamento de organización, la Upec no cruzó brazos en medio de la actual coyuntura y, sin quemarle a nadie el deseo de ejercer el oficio, ha ordenado actividades mediante las alternativas del teletrabajo, trabajo a distancia o rediseño de equipos, como hicieron los matanceros, por solo citar un ejemplo, bien amenazados territorialmente por el virus.

Delegaciones de base, ejecutivos ramales y de provincia, por su parte, acentúan algo válido para todo el año: la atención a jubilados, colegas enfermos o con situaciones que entrañen determinado riesgo.

Pero es obvio que, en medio de todo ello, emerge una alta cuota de responsabilidad individual, no solo para evitar aquello de “haz lo que digo y no lo que hago”, sino también porque hay percepción de riesgo y claridad en torno a que “con la vida no se juega porque la muerte puede dejarte al campo”.

Cada día, en fin, cientos de periodistas, fotógrafos y camarógrafos se ajustan el nasobuco, algunos cargan con un pequeño frasco de líquido desinfectante y no creo haya uno que esquive el lavado reglamentario de las manos u otras medidas preventivas, tanto en entidades productivas o de servicios que incluye la rutina diaria de labor, como en centros de aislamiento, hospitales, comunidades en cuarentena o en otros espacios similares, con determinada peligrosidad.

Y cada día, también, esos colegas retornan a sus hogares con la tranquilidad de haber tenido, informativamente, al nuevo coronavirus en el puño, sin darle la oportunidad de subir y alojarse garganta adentro.

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