COLUMNISTAS

Paradojas de gran calibre

La grave y expandida circunstancia sanitaria en curso está confirmando debilidades y vilezas pronunciadas de gobernantes y políticas que estarían mejor ubicadas en el más profundo sótano de la historia. La asistencia que están prestando China y Rusia a Estados Unidos, en esta coyuntura, permite constatar la estatura moral de los agredidos y la escasa rectitud de quien les castiga.

Sugiere, también, que la guerra comercial contra el gigante asiático o las sanciones hacia Moscú, carecen de sustento meritorio y navega en turbias y muy ambiciosas aguas. No tienen razón de ser y bien pudieran sustituirlas por un entronque de voluntades en ambas direcciones. Sería más inteligente y eficaz.

Sin medir bien la gravedad de la situación ni la buena voluntad del gigante asiático, patentizada en socorro material, la administración Trump sigue lanzando infundios contra Beijing, antes acusándole de cualquier majadería y ahora de no haber sido transparente al reportar las bajas por el coronavirus.

En línea parecida de colaboración se ubican los ofrecimientos de Irán, donde la epidemia hace estragos, y pese a ello, se dijeron dispuestos a socorrer a los norteamericanos, país desde donde ni por el especial trance en curso, aflojan las coacciones ejercidas contra quienes ningún daño les hizo. Lo más reciente fue lanzar la fábula de que Teherán planea agresiones contra bases norteamericanas en Irak, sitio, donde, por cierto, ni pueblo ni gobierno les quieren allí.

Aunque Rusia enfrenta su propio problema, pero acude en ayuda de otros, incluyendo a EE.UU., el Pentágono activa a la OTAN para, según su peón Jens Stoltenberg, impedir que la crisis sanitaria se convierta en otra de seguridad. El supuesto enemigo es una Rusia que, siempre según dicen desde la Casa Blanca, aprovecharía la pandemia para hacerse con parte de Ucrania o influir políticamente en distintos escenarios.

Muy lejos de esa mala ficción y aparte de asistencia humana y material, Vladimir Putin ha instado a todos los gobiernos a hacerle frente de modo mancomunado a la calamidad, pues, siendo global, requiere de enfrentamiento concertado.

Los infundios diseminados por el jefe de estado norteamericano y su séquito, incluyen a Cuba, fuere para deshonrar el altruismo solidario practicado por la Isla y su personal médico, o al impedir el arribo de donativos como el promovido por la Fundación Jack Ma, pues las regulaciones del bloqueo económico, comercial y financiero impuestos a la mayor de las Antillas y voluptuosamente recrudecidos por la administración Trump, atemorizaron a la empresa transportista contratada para traer a destino la ayuda del empresario asiático.

Los EE.UU. de Trump y mala compañía, ignoran los llamados de personalidades mundiales y de la ONU, para que se levanten, aunque solo sea por una etapa, las criminales penitencias sobre naciones sometidas a tan cuestionables castigos.

En esa línea se inscribe, asimismo, lo desarrollado contra Venezuela en varios flancos y a través de planes subversivos impropios, injerencistas, que no tienen derecho alguno a propiciar. De un lado, el artificio creado en torno al narcotráfico, involucrando a Nicolás Maduro y otras altas figuras en un inexistente delito y, como añadido, el desplazamiento de buques de guerra hacia aguas cercanas a las costas del país bolivariano.

Si las falsedades fueron lanzadas para justificar una invasión, los cálculos no parecen ser exactos. Incluso si tuvieran éxito al anular la experiencia revolucionaria venezolana, no podrán lograrlo sin pérdidas propias y el oprobio de masacrar a un pueblo al cual pudieran convencer mejor si eliminaran las pesadas sanciones impuestas y les trataran con respeto e higiene política, sin imposiciones ni amenazas.

Lo peor está por llegar, según la propia administración Trump. En territorio norteamericano se superaron los 200 mil contagios y las muertes por coronavirus sobrepasan las 4 mil al momento de redactar estas consideraciones. El 80% de la población está en cuarentena.

EE.UU. acumula, además y de modo abrupto, por encima de los seis millones y medio de desempleados. El sector privado destruyó más de 20 mil puestos de trabajo y posiblemente no se restauren ni a corto ni a mediano plazos. De ahí el vaticinio sobre el advenimiento del peor paro en los últimos 70 años.

Esos datos son malos pero solo una fracción del total, si se tiene en cuenta que la pandemia está afectando a un millón de personas en el planeta -amenaza con elevar dígitos- y la interconexión entre países generaliza riesgos, consecuencias y derivas económicas o personales de la mayoar envergadura.

Ante esa perspectiva, sería preferible, como alega el presidente ruso, o ha llamado el español Pedro Sánchez, de acuerdo con la lógica, si se prefiere, lo urgente de establecer la unión de fuerzas y no continuar dividiéndolas con prácticas ofensivas y guerreristas porque, como se sabe, no será viendo o inventando pajas en los ojos ajenos, que alguien se libere de las vigas y suciedades en los propios.

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