COLUMNISTAS

Julian Assange y la condición humana

Fue George Orwell quien dijo la frase: “El periodismo es publicar aquello que otros no quieren que salga a la luz, lo demás entra en las relaciones públicas”, curiosamente, ese mismo autor se conoce por escribir la más famosa distopía hasta ahora conocida, la novela “1984”. En la obra literaria, un mundo dividido entre superpotencias ha eliminado la noción de realidad, ya que esta se reescribe cada día en dependencia de los intereses de la élite. En el año 2010, Julian Assange, director del portal web WikiLeaks, se vio obligado a asilarse en la Embajada de Ecuador en Londres. Durante años, su proyecto periodístico había puesto en jaque a los intereses norteamericanos más rancios, ahora se le imputaba desde Suecia una acusación de acoso sexual, que el tiempo demostraría como falaz. En relación a su persona comenzó a tejerse la reescritura orwelliana de la historia, propia del mundo distópico que nos quieren imponer.

Desde el momento cero en que el que se conoce como el encarcelado número 1 de Occidente se asiló en la embajada, se iniciaba una campaña de descrédito contra Assange, en la cual se le acusó de violador (sin pruebas), de ser un mentiroso, un traidor a su patria, un espía ruso, incluso se mostraron reportajes en la prensa sobre su falta de higiene y manchas de excremento en las paredes de la sede diplomática, se le criticó por su relación con su gato dejándonos caer cierta zoofilia. Hay pruebas de que, desde el Pentágono, con técnicas muy bien ensayadas y que no son nada nuevas, propias de la guerra sicológica y la tortura, se orquestó toda esa campaña, con el objetivo de que la opinión pública apartase la vista de ese hombre al cual, cual chivo expiatorio, las agencias occidentales de inteligencia quieren incinerar en la pira de los sacrificios. La chica que se prestó para el montaje de la falsa denuncia de acoso, además de ser una ferviente militante del hembrismo (variante separatista y radical de las feministas,  financiada multimillonariamente por la ultraderecha al estilo de Soros, Roquefeller, Ford y Rothschild) tiene vínculos probados con universidades que son tanques pensantes de las agencias occidentales para el espionaje.

¿En qué consiste el supuesto delito de Assange? Desde 2001 las libertades civiles en el mundo occidental se han recortado, en virtud de un enfrentamiento global al flagelo del terrorismo. Instrumentos como la Ley Patriota norteamericana les dieron luz verde a los gobiernos para socavar los espacios más íntimos de los seres humanos, permitiendo un crecimiento desmedido del poder del Estado y su uso para intereses privados de los lobbies y las élites siempre al acecho de los ciudadanos. En ese contexto surge WikiLeaks como un poder mediático alternativo, cuya finalidad es un nuevo orden de la información desligado de lo políticamente correcto y del control férreo de los espacios comunicativos que ejercen los conglomerados en manos de la élite. Desde el inicio, este portal se ha caracterizado por el filtrado de cables, que le permiten a la opinión pública un empoderamiento en materia de decisión ciudadana acerca de aquellos temas que le son sensibles en su agenda. Por ejemplo, todo lo referente a los abusos cometidos durante las guerras del Medio Oriente, así como el destape de los bulos que los gobiernos occidentales hicieron correr como justificaciones para intervenir en aquellos países (supuestas armas de destrucción masivas en Irak por ejemplo).  Para la Agencia Central de Inteligencia, Assange es una amenaza, para el ciudadano común, un aliado que arriesga el pellejo por la libertad de pensamiento. Así de simple.

En la medida en que el neoliberalismo ha entrado en una crisis de recursos y de agotamiento financiero, se evidencia su debilidad como hegemonía ideológica, por ende los gobernantes echan mano a mecanismos interventores en la realidad social, lo cual se conoce como ingenierías. Uno importantísimo es el control mental, el cual se ejerce mediante el manejo de la opinión pública. Para lograrlo, obvio, esas democracias tienen que negar la ideología liberal fundante y adscribirse a un nuevo orden donde domine lo políticamente correcto, o sea la línea de mensaje que dicta el Pentágono. Assange había roto esa barrera, como lo hizo también Edward Snowden, quien reveló las operaciones de ingeniería realizadas a través del manejo de los datos de la web. Orwell, al escribir “1984” prefiguró precisamente esto, ya que él situaba el totalitarismo como un resultado de las llamadas democracias capitalistas y no como una deformación del socialismo real o un resultado de cualquier otro experimento político. La concentración de recursos económicos, el monopolio, ha dado paso a un orden neoliberal que niega a la democracia y que la elimina mediante la imposición de ingenierías legalmente sancionadas, para hacer de este mundo un feudo.

A Assange no solo lo persiguen las oficinas de inteligencia, sino que los medios de prensa lo han dejado solo, amedrentados los periodistas por líneas de mensajes cada vez más duras, sin que exista la posibilidad del más mínimo contraste de fuentes, desmonte de bulos o contrainformación. Por ello, se ha dado en decir que la causa contra Assange, es contra el periodismo en realidad, para avasallar ejemplarmente todo conato de lucha en el campo de lo simbólico, e imponer la sola agenda del poder oficial. La propaganda ha sido implacable, así como la presión sobre Ecuador, para que entregue a su asilado, en medio de un panorama en que Europa en pleno se plegó a Estados Unidos y estableció un sitio a la legación en Londres. Nunca, en la historia occidental, se había visto tanta obsesión de supuestas democracias por encarcelar a un hombre.

El traspaso de poderes hacia el presidente Lenín Moreno, abrió las puertas para el arresto de Assange, ya que en abril del 2017 no solo lo expulsaron de la embajada sino que se le retiró la ciudadanía ecuatoriana. De inmediato el disidente fue confinado en la prisión de Belmarchs de alta seguridad, como si se tratase de un criminal común con altos cargos violatorios contra la dignidad y la vida humanas, sin posibilidad de preparar su defensa, ni de contacto con alguna persona. En medio de su total aislamiento comenzó el deterioro de la salud, cosa que incluso reconoció Naciones Unidas y que podría formar parte de la operación de ingeniería contra Assange: matarlo en la cárcel, sin juicio.

Nils Melzer, relator de Derechos Humanos de las Naciones Unidas tuvo acceso al prisionero. Dicho funcionario declaró en su informe que al inicio él no simpatizaba con la causa de WikiLeaks y que, al igual que el resto de la audiencia, se hallaba contaminado por la campaña difamatoria orquestada por los medios contra Assange, pero que luego de acercarse al caso pudo observar que  el detenido “(…) durante un periodo de varios años, ha sido expuesto a graves e incrementadas formas de trato o castigo, inhumano o degradante, cuyos efectos acumulativos solo pueden ser descritos como tortura sicológica”. El relator, además de denunciar la persecución colectiva, dio muestras de desprecio hacia el tratamiento sin garantías que la justicia británica daba a Assange, al cual dicho funcionario catalogó de preso político o de conciencia. Todo el informe, preparado para Naciones Unidas, fue entregado a la gran prensa a manera de tribuna, léase los medios Financial Times, The Guardian, The Telegraph, The New York Times, The Washington Post, al semanario Newsweek y otros más, pero nadie ha publicado ni una sola línea de lo que concluyó el comisionado. Por su parte, la prensa española, conocida por su fiebre hembrista y por usar esos argumentos del feminismo contra Assange en el pasado, ni siquiera mencionó el asunto, a pesar de que el informe del relator llegó a las influyentes redacciones de El Mundo y La Vanguardia.

Mientras a Assange se le acusa de “espionaje” y se le imputa una condena de 175 años de cárcel, los responsables de las torturas, los crímenes de guerra y las mentiras políticas que WikiLeaks denunció siguen impunes en las calles del mundo. El gobierno australiano, sumiso aliado de Washington, catalogó el informe de Naciones Unidas como de “inflamadas declaraciones”. Ningún poder, salvo la verdad periodística y la vergüenza ciudadana, respaldan a Assange.

Un grupo de periodistas expusieron en internet un llamado a recabar firmas para realización del debido proceso y la liberación del director de WikiLeaks, el comunicado dice lo siguiente: “Si el Gobierno de Estados Unidos puede procesar a Julian Assange por publicar documentos clasificados, despejará el camino para que los gobiernos enjuicien a periodistas en cualquier parte del mundo, lo cual sentaría un peligroso precedente para la libertad de prensa a nivel mundial (…) En una democracia, se deben poder revelar crímenes de guerra y casos de tortura y abuso sin tener que ir a la cárcel. Ése es, precisamente, el papel de la prensa en una democracia”. Muy pocos profesionales han firmado efectivamente el llamado, pues como sostiene Le Monde diplomatique, en un artículo del año 2018, la ingeniería social en torno al caso de Assange ha logrado su objetivo: alentar el miedo e incluso el morbo oportunista y malsano en el gremio de la comunicación.

Al final de la novela “1984” Winston Smith, un rebelde que se había atrevido a sacar información prohibida por el régimen totalitario y distópico, es tomado preso y torturado, el objetivo, más allá de su muerte, era que doblegara su alma y aceptase que, si el poder lo determinaba así, dos más dos no eran cuatro sino cinco. A esa defunción se aspira contra Assange, a la de todos nosotros, habitantes de un planeta que retrocede en sus libertades y que, si no tomamos conciencia, puede situarse de nuevo en una Edad Media de dogmas y vigilancia que pondrán en peligro la condición humana.

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Mauricio Escuela
Lic. Periodismo por la Universidad Marta Abreu, estudiante de Ciencias Politicas por la propia casa de estudios, columnista de las publicaciones La Jiribilla y Cubahora. Se desempeñó como analista de temas internacionales en el diario Granma.

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