COVID-19. Reportes periodísticos

El otro lado de la pandemia

La pandemia que hoy sufre la humanidad tiene rostro mediático. Todo cuanto se sabe del nuevo coronavirus y sus resonancias a nivel global lo pauta el sistema hegemónico trasnacionalizado de la comunicación bajo un riguroso criterio de “selección informativa” que expresa, en buena ley, el ADN político de la enfermedad.

Y como toda alteración de la verdad‎ trae consigo otras deformaciones, la “realidad real” irrespetada se presta para otras cosas, no precisamente con fines humanitarios, sino para magnificar el caos global sobre las voces sensatas que claman por cordura, solidaridad, cooperación, competencia y unión internacional para combatir el mal que no acaba de cuajar.

Hay otros elementos significativos que se minimizan o silencian (con premeditación, alevosía y nocturnidad incluida), en el torrente de calamidades divulgado por los medios hegemónicos: la velocidad de vértigo con la cual se ha expandido la epidemia ha generado un caos sanitario universal con la inédita situación de que rápidamente ha llegado a posesionarse del centro geopolítico del poder mundial y no en el Tercer Mundo como ha sido siempre.

Con ello se abren las compuertas a una crisis sin precedentes marcada por la imposibilidad del Estado neoliberal de proteger la vida de sus ciudadanos, lo que supuestamente debía ser su más importante razón de ser. Esto es muy grave para el sistema imperante en el planeta, pues si hasta ahora lo pudo disimular en otras crisis que han padecido a lo largo de su existencia, ahora si no ha dado tiempo para maquillar el problema, por lo cual se ha visto obligado a emplear el viejo y socorrido recurso de acudir al control social mediante el pánico social como primer ingrediente.

A estas alturas, al Secretario General de la ONU solo le falta llorar y pedir de rodillas públicamente ayuda y concertación universal para enfrentar la catástrofe. Así las cosas, el pedido de António Guterres aún no ha encontrado eco en el poderoso lobby del G-20.

Ello es apenas un botón de muestra de cómo andan las cosas en el epicentro del poder mundial, aunque poco bueno se podrá esperar cuando ya tardíamente se pronuncie dicho coto de mandamases planetarios, máxime cuando su jefe, Estados Unidos, la OMS lo ha identificado como el nuevo epicentro de la pandemia, con las implicaciones internas y externas que la situación entraña.

El capitalismo, experto en manejar crisis (de ahí su supervivencia), sabe que en momentos de alta tensión como la de ahora, las personas desorientadas tienden a centrarse en las emergencias diarias de sobrevivir y son proclives psicológicamente a confiar demasiado en quienes están en el poder. Ello abre las puertas ante la necesidad y probabilidad inminente de una reingeniería de esta fase del capitalismo global y neoliberal.

La canadiense Naomi Klein, periodista, escritora y destacada luchadora antiglobalización, cuyos criterios regularmente no encuentran eco en la llamada gran prensa, asegura que “el coronavirus es el desastre perfecto para el capitalismo del desastre”. Sostiene su punto de vista a partir de la “doctrina del choque”, entendida como la estrategia política de utilizar crisis a gran escala para impulsar políticas que profundicen sistemáticamente la desigualdad, enriquezca a las élites y debiliten a todos los demás.

De ahí el valor estratégico de la prensa en momentos como los actuales para moldear la opinión pública. La línea editorial de los consorcios mediáticos globales apunta a diluir los aspectos significativos de la pandemia en cápsulas informativas emotivamente sensacionalistas y periodísticamente insuficientes.

En dichas narrativas no suelen aparecer antecedentes, contexto, fuentes dignas de créditos, explicaciones pertinentes. En el llamado tiempo real, quienes se dispongan a llegar a conclusiones veraces e inteligentes, corren el riesgo de morir ahogados en esas aguas animadas bajo la vieja sentencia de que “…a río revuelto, ganancia de pescadores”.

Bajo esas perspectivas, los criterios de noticiabilidad y los valores noticias con los cuales se forma la agenda informativa mundial se fundamentan, obviamente, con la tragedia, el drama que vive la humanidad, pero avivando más allá de lo plausible el miedo, la incertidumbre y el caos, lanzando cortinas de humo para esconder verdades incómodas, culpabilizar a los enemigos, entre otros factores que facilitan el control social a partir de la noción del «interés general»,

Pongamos algunos ejemplos.

La búsqueda de ese culpable de turno estuvo en la primera línea en sus inicios de la epidemia. Aprovechando la lógica perplejidad de la comunidad científica internacional para encontrar de inmediato respuesta a dicha demanda, el relato mediático puso sus miras en un virus desconocido expandido desde un mercado de mariscos ubicado en la ciudad china de Wuhan.

Historia fácil de digerir por el gran público, la idea del culpable recayó en China bajo la regla goebbeliana de la simplificación del enemigo único. ¿A qué intereses benefició esa matriz de opinión? Acuñada como una etiqueta desde entonces, el presidente Trump, no ha cesado, tanto en público y las redes sociales, de exclamar: “¡Ese virus chino!”. Eso sí, las trasnacionales de la información le han otorgado un perfil muy bajo a cómo “el culpable” venció al COVID-19 en tiempo record y su disposición con hechos concretos, a la cooperación internacional.

‎Temas como estos discurren a partir de la autorreferencialidad mediática subordinada (se informa lo que otros medios de mayor “prestigio mundial” informan) y que Ignacio Ramonet denomina “el modelo CNN”.

Por otra parte, la narración que se hace de los sucesos vinculados a la pandemia confirma, una vez más, la regla: los medios masivos tradicionales se encargan del marcaje de la agenda desde el efecto de la tematización, mientras las redes sociales lo hacen a partir de la opinión compartida; es decir, desde la personalización y el enfoque emocional, espacio, por demás, donde las fake news alimentan ciertos mitos y manipulaciones.

La cobertura mediática de situaciones como las que vivimos cumple también la función de desviar la atención de ciertos asuntos que en condiciones normales tendrían una repercusión muy negativa en la opinión pública internacional.

Así las cosas, la Red Voltiare informó que en la Europa cerrada del coronavirus, la ‎Unión Europea abre las puertas a las ‎tropas de Estados Unidos con el inicio del desembarco de 30 000 soldados estadounidenses en varios países del viejo continente ‎sin observar las medidas sanitarias decretadas por los Estados miembros de la UE. Dicha presencia está asociada a unas gigantescas maniobras de la OTAN contra un supuesto enemigo que nadie mienta, pero se sabe es Rusia.

En esa misma cuerda, tanto Sputnik como Russia Today informaron que EE.UU. hizo la prueba de su nueva bomba nuclear, la b61-12, cuyo poder destructivo es cuatro veces más potente que la bomba de Nagasaki y cuenta con una cola particular que la hace más manejable y precisa, posibilitando lanzamientos desde una gran altura. El hecho ocurrió durante las maniobras militares internacionales Red Flag, realizadas en los primeros días de marzo, junto con sus aliados de la OTAN. ¿Acaso será esa la vacuna para acabar con el COVID-19?

Otros actores de reparto en la puesta en escena, como el presidente de Chile, Sebastián Piñera, bajo la mirada filosófica de la “imprevisible novedad” que entraña la epidemia, encontró la manera de atomizar por un tiempo la protesta popular en su contra y todo cuanto está detrás de él.

A la orden del día existen muchos más ejemplos de lo que intensamente se mueve por estos meses (y los que vendrán) en la trastienda política planetaria. ¡Ojo!

De ahí que la opinión pública reclame una actitud cada vez más responsable de los hacedores de la noticia y sus plataformas discursivas.

Ello conlleva estar vigilantes y proactivos ante la realidad desbordada lo cual implica alertar, adelantarse a las jugadas de engaño que puedan gestarse so pretexto de la enfermedad. Seguir críticamente cuanto circula por las redes sociales como escenario mediático principal donde se despliega el torrente comunicativo de la epidemia, campo fértil para la confusión desde el rumor, la descalificación oportunista o sin sentido, la noticia mentirosa y la no verificada. Dándole protagonismo a la sensatez, la precisión y la mesura, a la información oportuna, las voces autorizadas, a la contrastación de fuentes, a la clarificación de los contextos.

De manera resumida. ¿Qué puede poner a salvo al periodismo de no ser víctima de la pandemia?

¡La ética!

Roger Ricardo Luis
Roger Ricardo Luis
Licenciado en Periodismo y Doctor en Ciencias de la Comunicación. Profesor universitario.

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