COLUMNISTAS PERIODISMO CULTURAL

¡América, Giuseppe, América!

Portada América lontana

Agua del recuerdo,
voy a navegar.

Nicolás Guillén.

 

La novela testimonial América lontana (editorial Unicornio) revive con acierto  indiscutible  el  aliento  de la novela de aventuras (género tan válido como cualquier otro), y, aunque  cuenta con el inevitable atractivo de que su protagonista es un siciliano –y ya se sabe todos los mitos que cuelgan sobre Sicilia-, lo indudable  es que esta obra  resulta también, y sobre todo,   una novela de significativo  aliento social.

América lontana (o América lejana) es  continuadora de una larga tradición, tanto en Italia (patria del protagonista) como en Cuba (patria de la autora del presente texto), de novelas reveladoras de un universo tan clasista como injusto y de luchas libertarias contra dictadores y patronos del más diverso rango.

Muchos aún desconocen que, después del Partido Comunista de la Unión Soviética, es quizás  el Partido Comunista de Italia el del más digno  e influyente papel en la lucha contra el fascismo  durante la Segunda Guerra Mundial,  avalado por los cientos de miles de guerrilleros de esta agrupación partidista que combatieron contra las fuerzas fascistas del Duce Benitto  Mussolini.

En esta guerra se decidiría el destino de Agusta, la patria chica de Giuseppe Pugliares, el protagonista de América lontana, nacido en 1943, pero doliente también de las consecuencias de una contienda bélica  salvaje y de  la entrada en juego del poderío  económico de los Estados Unidos en esta región italiana.

La  herencia colectiva de coraje demostrada contra el poder del fascismo, volvería a  estallar en el llamado Otoño Caliente de 1969,  instante de contundentes  reivindicaciones laborales y  de alta conciencia obrera,  capaz de desafiar como nunca  a los opresores de siempre.

El joven sindicalista y comunista Giuseppe Pugliares vivirá esta experiencia en primera persona, en  una fábrica de  su tierra natal, donde no teme desafiar los abusos de los patronos norteamericanos, dueños de una escalofriante  capacidad destructiva  del  medio ambiente y de cualquier ser humano. ¿Comunista y sindicalista a la vez? Demasiada pesadilla para cualquier patrono y, si el patrono es gringo, entonces peor.

Y si el coraje  le sobró  a Giuseppe  para  asumirse plenamente como  lo uno y lo otro, también le sobró para  echarse un día  a la mar lejana, navegar en la más profunda incertidumbre,   buscar  su sustento en medio de un océano infectado de tiburones  y peligros,  y abrigar  una esperanza  que lo llevara a vivir una vida más digna, meta que solo se logra – ayer y hoy y siempre- dejando jirones de piel  en la batalla, “sangre, sudor y lágrimas” en cada pelea  por la subsistencia, fuere en una  Italia hecha trizas por la guerra  o en una Venezuela hostil   y exuberante.

Sacrificio es, quizás, la palabra que mejor retrata el espíritu de Giuseppe.  El término proviene del latín Sacrificium, cuyo significado es “hacer algo sagrado”. Y este acto, en el caso del protagonista de América lontana, pasa  por entender y asumir la vida  mediante un  alto sentido de la responsabilidad con la familia, su tiempo,  sus congéneres y consigo mismo.

Los italianos son, definitivamente, hombres de mundo, transformadores no solo de su propia realidad, sino de otras realidades…y para bien. Nunca sería completa la historia de países como Estados Unidos, Argentina y Brasil si se pasara por alto la profunda huella dejada en estas naciones por  los emigrantes italianos.  Giuseppe, el protagonista de la novela América lontana, fue  uno de estos miles de  emigrantes, aunque un profundo orgullo lo haga llamarse siciliano por encima de cualquier otra definición.

A fin de cuentas, si grandes personajes oscuros aportó Sicilia, también aportó grandes escritores como Luigi Pirandello y Salvatore Quasimodo, ganadores del Premio Nobel de Literatura, y otros tan memorables como Leonardo Sciascia  y Giuseppe Tomasi de Lampedusa, el autor de la célebre novela  El gatopardo,  sin contar extraordinarios pintores, músicos, filósofos, futbolistas, escultores, arabistas, matemáticos, lingüistas, historiadores…

Después de un extenso peregrinar  por la vida y el planeta, Giuseppe  tuvo la suerte de encontrar una tarde, como quien encuentra una gitana llena de cartas y predicciones,  una escritora en su camino. La encontró en un pueblo cubano sin mucha clase, pero muy apacible, llamado Caimito, y le dejó en claro, sin falsas modestias, que tenía por contar una odisea –nunca mejor empleada esta palabra- y quería llevarla al papel con un apremio absoluto. No sabía Giuseppe que la escritora encontrada por azar llevaba encima  toda la disposición y el  talento para encarar el desafío de narrar  la azarosa  vida de un hombre  como él.

Cecilia Valdés Sagué, la escritora, tuvo de pronto en su oído el testimonio de un ser humano que, sin ser escritor ni graduado universitario, hilvanaba las frases que iba diciendo de una manera raigalmente lírica, a la manera de muchos de sus coterráneos, quienes, desde un habla matizada hermosamente  por la impronta de la poesía popular, dieron origen al soneto, extraordinaria expresión del  verso,  emigrada más tarde hacia el  más alto rango de  la escritura en  lengua castellana.

Cecilia  ha confesado que sentarse a escuchar a Giuseppe fue sentarse a escuchar a  un poeta.  La autora, formada en el rigor  de las lecturas  de Quevedo y Lope de Vega, Machado y  García Lorca,  Miguel Hernández y Pablo Neruda, César Vallejo y Vicente Huidobro, tuvo ante sí el mejor de los pretextos para dar rienda suelta a su incontenible vena poética a través de la vida indócil  y  aventurera de Giuseppe Pugliares.

Muy cierto. Los lectores podrán disfrutar de la forma en que Giuseppe hilvana sus  ideas,  el modo en que engarza musicalmente las palabras, sosteniendo un sorprendente  tono lírico, aun en situaciones nada poéticas,  un punto siempre a favor  de la escritura narrativa y un sello que permite a la novela  considerarse italiana de punta a cabo.

Confieso que he vivido, aseguró el poeta chileno Pablo Neruda en su enjundiosa autobiografía  marcada por éxitos y pesares sociales, políticos y amorosos  de toda laya. Otro tanto pudiera decir el  protagonista de América Lontana, a quien  un día su aldea – rebosada   al cabo  por un  rancio tufo y ponzoña norteamericanos-  comenzó a quedarle pequeña  cuando asumió a plenitud que el mundo, ancho, tentador y peligroso,  esperaba nuevamente   por sus agallas de siciliano corajudo.

La autora de este libro ha debutado con el pie derecho en los predios de la novela testimonial, con serios antecedentes en Cuba como la novela Presidio Modelo, de Pablo de la Torriente Brau,  y Biografía de un cimarrón, de Miguel Barnet,  dos  obras cumbres, con  méritos periodísticos y literarios de alto calibre, y   a las  que el paso de los años no ha logrado restarles ni   frescura  ni vigencia.

Sin embargo,  quizás como Los pasos perdidos, de Alejo Carpentier, otra extraordinaria  novela-testimonio,  América lontana es una suerte de rara avis en el panorama de la literatura testimonial cubana, pues si bien su protagonista demuestra sentir una  pasión inquebrantable por Cuba -lugar donde reside hace ya treinta y ocho años – y también por el carácter y el modo de obrar de sus habitantes, una parte muy sustanciosa del texto devela los entuertos de otras realidades donde la huella de lo real maravilloso, como en el caso de la novelística de Alejo Carpentier, se muestra de modo imponente.

No me gustaría escribir una sarta de elogios baladíes acerca de América lontana, ni predecirle futuros sitiales dorados en bibliotecas de alcurnia. Por el momento, prefiero decir  sencillamente: es un texto que, “buscando lo sublime en lo cotidiano”, como aseguraba una canción española, es capaz de hurgar en  lo profundo de la condición humana,  sin retóricas ni didactismos, sin juicios totalitarios que terminan siendo sentencias de muerte para cualquier autor o cualquier creación literaria.

Pero si el testimonio de Giuseppe resulta verdaderamente conmovedor, y diestra la mano de la autora (magnífica en el manejo del hipérbaton), sería imposible no anclar un segundo en el aporte de Vivian Hernández Dorta, compañera sentimental de Giuseppe, y una colaboradora extraordinaria a la hora de arrojar coherencia en la compilación de un alto cúmulo de datos y materiales imprescindibles para concluir felizmente este proyecto.

Giuseppe Pugliares, sindicalista y comunista, marino severo, criatura desprejuiciada (siendo heterosexual, aún conserva con orgullo un poema de amor escrito para él por un joven soldado)  y hombre de islas, parece un personaje sacado de alguna novela de Julio Verne o de alguna de Emilio Salgari, o quizás del maderamen de alguna carabela de Cristóbal Colón, desde la que el Gran Almirante abrió desmesuradamente los ojos  y los brazos al avistar la imponente  tierra americana.

Sin embargo, cuando  Giuseppe se embarcó en la gran aventura que  ha sido su vida, nunca esperó ser   héroe, ni descubridor, ni el  protagonista de algún  libro.  Quiso, a la postre, simplemente contar su historia como le  hubiera gustado contarla a cualquier poeta. Y lo hizo, sin más ni más, porque las cosas bellas y duras   siempre son, de alguna manera, patrimonio también de los otros. Desde el siglo VII A.C, Homero nos enseñó que la odisea de un hombre también puede ser nuestra odisea. Y hasta hoy ningún humano ha tenido el coraje de desmentirlo.

Nunca ha sido más precisa que ahora esta comparación: Giuseppe, como Odiseo, es un marino que siempre vuelve, toca tierra firme,  besa a su amada, se detiene  seguro  ante  los asombros,   y  declama casi  sin quererlo :   Siempre he sido tu Ulises, mujer./ ¿Cómo fue que olvidaste mi nave?/  ¿Nunca oíste el canto del ave/  anunciando que habría de volver?/ Puede un hombre en su sueño de ayer/ mientras  sueña a su modo el mañana/  dibujar el amor del que emana/  una sombra camino a ser luz/  cuando al fin se diluya la cruz/  al caer su armadura más vana.

Y es un luchador social, que arde de pies a cabeza ante la injusticia de aquellos que amenazan devorarlo todo y jamás piden perdón siquiera por haber envenenado con plomo, mercurio e insolencia unas playas de aguas transparentes durante siglos.

Giuseppe siempre se va. Pero siempre vuelve. Es el destino de este ciudadano del mundo, que puede todavía echar de menos el olor de su madre Giovanna y el del pan  tibio de Augusta, los peces saltando en el milagro bíblico de Punto Fijo, en Maracaibo, y las pupilas azules  de una hembra que, de habérselo propuesto, hubiera puesto de rodillas a todo el Caribe.

“Hemos vivido. No hay nada que lamentar”, dijo el narrador y filósofo francés Jean-Paul Sartre.  Sin ser narrador, ni filósofo, ni francés, Giuseppe Pugliares pudiera decir exactamente lo mismo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *