COLUMNISTAS

Santiago y Pablo

En el centenario de Santiago Álvarez Román sería imperdonable no hablar de su vínculo raigal con el periodismo.

Para dar fe de ello, valdría la pena acercarse a los nexos entre el documentalista y Pablo de la Torriente Brau, quienes sin ser informadores de formación, desde lenguajes comunicativos diferentes y ámbitos históricos distintos marcaron para siempre el oficio de contar el mundo.

Vida y obra de estos dos hombres se tejen desde el compromiso humanístico, ético y militante. Y son revolucionarios, ante todo, porque la transgresión devino pilar de la conducta de su hacer en todos los órdenes. Esos valores son cardinales para el ejercicio de la profesión, pues de lo contrario se vuelve rutinaria y servil.

Ellos no creyeron en la ortodoxia de la objetividad y mucho menos en la falacia de la imparcialidad; tampoco se limitaron a las miradas antropológicas de los hechos; llegaron más allá al ser sujetos activos de la transformación social. Ambos, en suma, establecieron un diálogo polémico con el contexto donde vivieron desde la agudeza de los sentidos y la sensibilidad como método de trabajo y creación.

Intuitivos por naturaleza, Pablo y Santiago desarrollaron esa categoría existencial consustancial a la labor del reportero para ir en busca de la verdad. No de la verdad absoluta y ahistórica, sino de la proveniente del caudal impetuoso del devenir de la lucha de clases y la consiguiente toma de partido.

Ninguno trató de sentar cátedra y mucho menos generar teoría.  La única credencial mostrada fue la proveniente de la autoridad del talento, mientras hacían camino al andar.

«Mis ojos se han hecho para ver las cosas extraordinarias», dijo aquel joven reportero al transitar por las complejas tres primeras décadas del siglo pasado montado en la pasión de escribir con el aliento imperativo del día a día. ¿Acaso esa no sería también la estrella orientadora de Santiago para despejar con éxito la ecuación 24xsegundo en el documental?

¿Quién dijo que Pablo no hizo cine? Lo plasmó desde esa prosa efervescente con la cual hizo añicos la ortopedia de las palabras convirtiendo la descripción y el diálogo vívido y sentido en savia nueva para un periodismo de auténtica cubanía.

Como buenos esgrimistas sobre la plataforma social, ellos siguen sentando cátedra a la hora de cruzar sables con el humor, la sátira y la ironía política. Alérgicos al didactismo panfletario, ambos establecieron un diálogo inteligente con el público desde la raíz misma de los problemas expresados en la dramaturgia de la realidad.

En ellos se puede identificar una preclara lucidez para detectar segundas intenciones. Así, por ejemplo, desde el Noticiero ICAIC latinoamericano, Santiago abrió fuego a la burocracia local y su camaleónica vestidura moral.

En un trabajo de la autoría de Rebeca Chávez, publicado en Granma, en ocasión de este centenario, hacía referencia a la plena conciencia de Santiago sobre las divergencias entre periodistas y funcionarios ante el cumplimiento del deber profesional y revolucionario de los primeros. A los segundos –recordaba la cineasta-, los tildó en ocasiones de «creídos todopoderosos» quienes utilizan su poder para evitar que errores de los cuales son responsables se denunciaran.

Al respecto, la destacada documentalista cubana citó a su colega y amigo: «La función del cine y del periodismo no es resolver los problemas que se presentan, sino contribuir al conocimiento de ellos, ayudar a esclarecer y a reflexionar. (…). Es un peligro estar equivocando funciones, porque eso es una coartada para evadir responsabilidades».

En su paso breve y fulgurante por la vida, Pablo fustigó los males políticos y sociales de su época. Él pintó con sus palabras el cuadro impresionista de tan convulso tiempo y puso en su lugar a héroes y antihérores, oportunistas, mediocres y pusilánimes; sobretodo, le otorgó el protagonismo al pueblo. Realengo 18 lo constata.  Su obra ha llegado a nuestros días con vitalidad renovadora y no como fósiles históricos enlatados.

Santiago, por su parte, devino, por derecho propio, el principal y más completo hacedor del imaginario de la Revolución desde el cine cubano a partir de la compresión sensible y creativa de ese torrente transformador a lo largo de sus primeros treinta años.  No fue casual el merecimiento del Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de la vida, otorgado por la Unión de Periodista de Cuba, en su primera entrega en 1990.

Hablar de la vocación internacionalista de Pablo y Santiago es poner en lo más alto la labor del corresponsal de guerra cubano. Ahí están para siempre Peleando con los milicianos y Hanoi, martes 13.

En Pablo encontramos un ejemplo de cómo la propaganda política y el periodismo se juntan para estremecer y convocar, para amar y odiar desde la osadía de palabras precisas, viriles, hermosas y el ejemplo personal que comportó el dar hasta la vida por ello.

Santiago evidenció su compromiso beligerante con el Vietnam heroico.  Catorce viajes a tan lejana y cercana tierra y once documentales, dan fe de su fibra solidaria. Él hizo una de las denuncias a nivel mundial más completas y contundentes del genocidio estadounidense allí. Junto a su equipo filmaron bajo los bombardeos de los B 52. Con cada uno de sus testimonios fílmicos supo tocar con sinceridad creativa los resortes emotivos del público y convertir la sensación de odio por el agresor en reflexión y militancia activa.

Centenario mediante, Santiago, y con él Pablo, nos convocan a una relación más comprometida y efectiva de nuestra práctica profesional con la compleja realidad del país y el mundo. Ellos no habitan en la comodidad merecida de un salón de la fama, andan como siempre, con el apremio del soldado.

Roger Ricardo Luis
Licenciado en Periodismo y Doctor en Ciencias de la Comunicación. Profesor universitario.

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