PREMIOS 26 DE JULIO 2019

El hombre y la abeja

Marino asegura que ante los ojos del ser humano las abejas han puesto una riqueza mayor que aún no sabemos ver. Su apreciación me pareció tremendista al principio. ¿Qué otro beneficio podríamos esperar del prodigioso insecto al que durante siglos le hemos arrebatado miel, cera, jalea real, propóleo…? Encontré la respuesta después de sintetizar los argumentos de mi interlocutor al contestar otras muchas preguntas. Respondió con humor y sabiduría.

Conversar con él fue un divertido ejercicio de aprendizaje. Sus parábolas, por ingeniosas y agudas, causan risa, asombro y mueven el pensamiento. Dice que la colmena es una “empresa” guiada por ꞌlineamientosꞌ; que los zánganos “mueren de amor”, las abejas no admiten “plantillas infladas” y hasta le atribuye rasgos de feministas.

Fui a verlo a San Ildefonso, comunidad limítrofe entre los municipios de Guantánamo y El Salvador, donde Marino tiene su medio centenar de colmenas; eran las nueve de la mañana cuando llegué. Él estaba bajo un arbusto, tenía la mirada hacia arriba y un cajón de madera enfrente, golpeaba una tabla pequeña con un objeto metálico; lo hacía para detener a un enjambre en fuga. Por ahí empezó la conversación.

— ¿Por qué algunos enjambres dejan su colmena?

— A veces por azote del clima, y casi siempre porque la “casa” le queda chiquita y necesitan otra para formar una nueva colonia. Entonces usted le busca una caja vacía y se lo “dice” para que no se vayan.

— ¿Se lo dice?

— Así mismo, como usted lo ve. Doy unos toques rítmicos sobre una tabla, ellas reciben el mensaje.

— No entiendo.

— U´te´ no, pero ellas´ sí; ya empiezan a bajar, mírela´. Quién y cuándo inventó ese lenguaje, eso no lo sé, pero sí funciona. Si le falta comida (flores) y el apicultor no la trae, se van, pero fíjese, no lo hacen de sopetón. Salen cuando tienen el lugar e´tudiado; óigame, yo creo que eso´ bicho´ también tienen su lineamiento (sonríe), no improvisan. Primero un grupito sale y explora; cuando hallan un lugar bueno, lo revisan, lo prueban, se fijan que no haya amenaza y que tengan comida cerca; eso se llama un análisis de inversión para no fallar, compañero. Y, como si fuera poco, se llevan la provisione´ de los primeros días, ¿qué le parece?

Vuelve a sonreír, lo imito; palabras y frases reiteradas en lineamientos de nuestra Política Económica y Social me hacen guiños en la memoria: “Inversiones, erradicar la espontaneidad, la improvisación, la superficialidad, garantizar la calidad del proceso inversionista y su aseguramiento oportuno para generar beneficios a corto plazo…”.

En plena faena en el rescate de un enjambre que intenta volar.

Meditaba sobre esas brújulas económicas de Cuba, cuando el entrevistado me interrumpió: “Otra cosa, dentro de la colmena hacen bellezas de construcciones, como si fueran ingenieras o artistas, no hay nada de chapucería. Los panales son miles de huequitos de seis lados, no sé cómo se hacen para que todos tengan la misma altura. ¿A que no se ha fija´o en cómo se organiza el trabajo en una colmena?

—Explíqueme usted –le digo mientras sonrío.

—Lo primero es que allí cada abejita tiene su misión clara, y todas halan parejo. Hacen guardia, limpian las celdas, y buscan el néctar para fabricar miel. La que regrese vacía no la dejan entrar, tiene que virar; ¡qué disciplina!; a ellas nadie le gana en eso de aprovechar la jornada laboral.

—Pero los zánganos holgazanean –lo provoco.

—Eso es calumnia, no lo crea del todo. La colmena no tiene ni un zángano más del que necesita; si alguno sobra tiene que irse, en esa “empresa” no se infla plantilla. La reina planifica su reproducción, por cada cien abejas produce un zángano; la misión de uno de ellos es fecundar, el resto sale como a la una y media de la tarde a recoger a las obreras para que no se pierdan al regresar a la colmena. “Esa es la misión de un zángano y la cumple bien. Los otros zánganos, los dañinos, son parásitos que ni trabajan ni vuelan, compran al por mayor y revenden a precios de abuso.

“Volviendo al tema anterior; una colmena y una empresa perfecta son lo mismo, le funciona todo: trabajan, producen, cuidan pa´ que nadie le robe, mantienen limpio el lugar de trabajo, cumplen su deber; en eso nos sacan ventaja”, recalca Marino, “Se parecen a nosotros en algunas cosas: son unidas, fíjese lo chiquita que son, pero, como trabajan juntas, ¡como hacen las 70 mil u 80 mil abejas de una colmena! Además, son nobles.

—Más bien agresiva, diría yo, sin meterme con ellas acabo de recibir una picadura.

—Usted haría lo mismo en la situación de ellas. Si ve a algún intruso merodeando su casa, incluso, si amenazan a nuestro país, si quieren robarnos lo que es de nosotros, ¿qué haríamos?, defender nuestro espacio, lo que construimos, la obra de nuestro trabajo, aunque nos cueste la vida.

“Eso es lo que hacen ellas, y también la defienden con su vida, porque cuando clavan el aguijón que llevan en el abdomen pa´ defenderse, se mueren, ¿comprende? Y sepa, así mismo educan a sus “pichones” desde temprano: primero lo ponen a limpiar celdas, cuidar y alimentar a la reina, después a hacer guardia en la entrada de la colmena y a volar distancias pequeñas, y a las 2 ó 3 semanas, a trabajar como obreras adultas”.

— Por lo visto usted para las abejas no tiene reproches.

— Tengo dos.

— ¿Cuáles?

— Primero, a los hijos que nacen con defecto físico, lo echan o lo liquidan, eso es cruel. Segundo, a los machos los llevan corriendo: cien contra uno; ellas quieren hacerlo prácticamente todo, ¿cómo se llama eso?

— ¿Feminismo quiere decir?

— ¡Uuusted lo ha dicho, mi amigo.

— Y no ha mencionado que matan al zángano que tiene la “suerte” de fecundar a la reina.

— ¡Uuusted lo ha dicho otra vez, mi amigo, amores que matan! –sonríe–. Pero no es culpa de la reina, al zángano apenas termina de copular se le desgarra el aparato reproductor y muere, está hecho así, para morir de amor –y suelta una carcajada–.

“Pero nada de lo que le he dicho le quita mérito a las abejas, se lo dice uno que las conoce bastante bien”, advierte.

Marino Hernández Reyes es un sabio. A un autodidacta como él, 76 años de vida y cerca de medio siglo manipulando enjambres, le han bastado para aprovechar las bondades de las abejas, sin maltratarla. Tiene medio centenar de colmenas, en un sitio que él mismo ha rodeado de mangos, ciruelas, y otras especies melíferas. Cada año entrega más de una tonelada de miel.

De Marino y sus abejas, tenemos que aprender todavía.

La revisión sistemática y cuidadosa de sus colmenas es hábito del apicultor.

Publicado en Venceremos

Mención en Entrevista, Concurso 26 de Julio, 2019

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