IDIOMA ESPAÑOL

Préstamos… desde siempre

Se considera que aproximadamente un 94% del vocabulario del español de uso cotidiano es de origen latino, lo que resulta muy natural y nada sorprendente teniendo en cuenta la extensión alcanzada por el imperio romano y, en función de ello, la amplia difusión del latín en Europa.

Sin embargo, como cualquier otra lengua, el español ha tomado préstamos de otros idiomas con los cuales ha coincidido durante su ya larga historia.

De las lenguas prerromanas de la península ibérica (íbero, euskera, celta o tartesio)      —influencia de la que casi nunca se habla—,  existen abundantes topónimos, algunas palabras como barro, perro, cama, gordo, abedul… y algún antropónimo aislado, como Indalecio. La invasión de los visigodos incorporó bastantes nombres propios como Enrique, Gonzalo… y sus respectivos patronímicos, que dieron lugar a los apellidos, el sufijo -engo en palabras como realengo y vocabulario referente a la guerra como yelmo y espía.

La ocupación musulmana, que duró ocho siglos, dio paso a la adopción de numerosos arabismos. Es de esta procedencia el sufijo –í, que se usa en gentilicios tales como ceutí, israelí o iraquí y un numerosísimo grupo de palabras, muchas de ellas comenzadas con a: abalorio, aceite, acelga, acémila, acíbar…

En el siglo xvi se introdujeron numerosos italianismos referidos a las artes y, en particular, a la música como contralto, fusa, mandolina, moderato, ópera, partitura, tempo… y también un gran número de palabras indígenas o americanismos, referentes a plantas, objetos o costumbres y fenómenos naturales propios de esas tierras, como papa, yuca, cacique, hamaca, huracán, tabaco, cacao, chocolate…

Ya en el siglo xviii, se incorporaron toda una serie de galicismos o palabras tomadas del francés referidos sobre todo a la moda, la cocina y la burocracia, es el caso de puré, tisú, menú, peluquín, maniquí, restorán, buró, carné, gala, collage, bricollage…

En el siglo xix, abundan los préstamos, sobre todo del inglés y el alemán, aunque también del italiano en ámbitos referentes a la música, en particular a la ópera (aria, batuta, cantata, piano, radio, sonata, soprano) y del francés y el italiano en lo que a la cocina se refiere, como: adobo, costrón, gratinar.

Durante el siglo xx y lo que va del xxi procedentes de los campos de la tecnología y las ciencias y del deporte aparecen numerosos préstamos lingüísticos: set, penalti, futbol, internet, software y tantos otros.

Sin embargo, el conjunto de las 22 Academias de la Lengua ha hecho, durante los últimos años, esfuerzos para evitar el uso de extranjerismos proponiendo alternativas más acordes con nuestra ortografía tradicional (entre otros muchos ejemplos: zum  —con u y no con doble oo, como es inglés (zoom)—, correo electrónico en lugar de e-mail, etc., muchas de las cuales han tenido una buena acogida; aunque otras, como yaz —con y, y una sola z— en lugar de jazz o ratón en vez de mouse, no han tenido acogida.

Los préstamos siempre han estado presentes y se incrementan en el mundo globalizado de hoy. Son válidos siempre que nominen una nueva realidad; pero si la palabra existe en español, ¿por qué decirla en otra lengua?

María Luisa García Moreno
Profesora de Español e Historia, Licenciada en Lengua y Literatura hispánicas. Periodista, editora y escritora.

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