Reproducimos la crónica de Javier Villuendas, de RTVE, quien estuvo en el Movistar Arena, en Madrid, donde concluyó hoy la gira por España de Silvio Rodriguez y los músicos que lo acompañan.
Como Johnny, Silvio Rodríguez cogió su fusil el pasado marzo. Si Estados Unidos atacaba Cuba, el que escribió “hoy me propongo fundar un partido de sueños, talleres donde reparar alas de colibríes” defendería su patria y “lo digo muy en serio”. No ha llegado la sangre al río, de momento, y ahora en España, en ocho ciudades, este domingo en Madrid, en el nada revolucionario Movistar Arena, con entradas agotadas para la ocasión, el cantautor ha empuñado su mejor arma, la guitarra clásica, con sus cálidos arpegios áureos, y ha disparado su emblemático lirismo con una voz aún primorosa.
En estos tiempos de autores cuestionados y obras emancipadas de sus creadores (o no, salvo que sea de los tuyos), Silvio llegó solo al escenario y se sentó circunspecto sin decir nada. Parecía que iba de incógnito, con una gorra negra en la que ponía ‘aprendiz’ que le ensombrecía el rostro, bigotón y enormes cascos de DJ, y cuando el público se percató se levantó raudo a aplaudir a la leyenda de la música cubana, y el artista correspondió y devolvió el aplauso a toda la grada y a la pista con sillas dispuestas en el pabellón para comenzar con, justamente, Historia de las sillas, en solitario.
Casi 80 años, pero en plena forma
El comprometido compositor, que cumplirá 80 años a finales de noviembre, está en muy buena forma y repasó canciones y recuerdos durante todo el show mientras introducía referencias de variado pelaje, y el público gritaba “Viva Cuba”, “Free Palestine” o “¡Guapoooo!”. Siguió la noche con José Martí y una cita de su ensayo Maestros ambulantes, en donde leyó que “ser bueno es la única manera de ser dichoso” y “ser culto es la única manera de ser libre” y se arrancó ya con la banda al completo con Alas de colibrí, que fue creciendo hasta volverse florida y volandera como un pájaro que recorre zigzagueante el cielo de las sensaciones.
Es de justicia destacar a la banda que le acompañó, con colaboradores habituales como su propia hija Malva Rodríguez (coros y piano), Rachid López (guitarra) u Oliver Valdés (batería), entre otros, hasta siete, subrayando el papel de Niurka González con la flauta, elemento central y embellecedor con arreglos en muchas de las canciones, que solían cerrar con espléndidos juegos entre los virtuosos instrumentistas. Funcionaron como un tiro (con perdón). El show, quitando alguna parte un poco reiterativa, fue una artesanía notable.
Recuerdo a Pepe Mujica
Junto a Pablo Milanés, Silvio Rodríguez es una de las grandes figuras de la Nueva Trova Cubana, la canción de autor y la canción protesta que en este concierto se hibridaron en una especie de conjunto musical de elegante folclore barroco en donde solo hubo un momento para la risa, cuando recordó en Viene la cosa a un barbero que había colocado en la Habana Vieja un cartel de «prohibido hablar de la cosa», esto es hablar de política. «Han pasado tantas cosas desde entonces que me entran ganas de decir: vino la cosa, en lugar de viene la cosa fea». Ah, y presentó una canción nueva, Virgen de occidente.
Yendo a momentos especiales, que no fueron pocos, en un concierto de continuada belleza y una acústica que acompañaba, habría que señalar el “ohh” del respetable haciendo los coros a Rodríguez en Sueño con serpientes; Nuestro después, una de las cumbres de la noche, en doble voz junto a su hija. O En cual de esos planetas, la anti-imperialista Me acosa el cara pálida y la versión de Luis Eduardo Aute La belleza, que provocó la exaltación en la grada cuando se cantó “viva la revolución” pero también la emoción en esa letanía que repite el título de la pieza. Ah, y también se acordó de Pepe Mujica, el inspirador de Más porvenir por las cosas que “tuve el privilegio de escucharle personalmente”.
Críticas a Israel
Y entonces regresó Cuba. “¡Viva Cuba!”, gritó el público. Algunas banderas de aquel país y de otros hispanoamericanos coloreaban en el recinto, y Silvio habló del revolucionario Abel Santamaría, «un joven muy joven» que murió defendiendo la libertad en su país para iniciar Canción del Elegido, una de las más esperadas de la noche. Después leyó el poema de Luis Rogelio Nogueras, Halt!, sobre Auswitch, pero antes apuntó: “La artillería israelí sigue bombardeando campamentos de refugiados palestinos…”. Tras la interpretación de la canción le colocaron un pañuelo palestino y el público coreó: “Desde el río hasta el mar, Palestina vencerá”.
Siguieron la inmensa La era está pariendo un corazón, algo confusa; El necio, sin extasiar; y luego se tocó una inesperada ristra de temas que incluyó En busca de un sueño, bonitas pero a menor escala, aunque siempre desde un marco de excelencia formal agradable como mínimo, y se propagó el susto entre el público cuando concatenaron en esta parte varias salidas y entradas del escenario amagando con que fuera el final del concierto en algún momento, como parecía lógico.
Ojalá cante Ojalá
“¿Y Ojalá? Yo he venido para eso nada más”, escuchamos decir entre risas en la tercera salida del escenario y que amenazaba con ser la definitiva. Pero volvieron y Silvio, sin la guitarra, la cantó por fin con el público en pie y en modo karaoke con su “Ojalá pase algo que te borre de pronto, una luz cegadora, un disparo de nieve…” que un trol de internet logró tergiversar diciendo que en verdad decía Nievi, que era una marca de fusil, y que era un mensaje realmente hacia Fidel Castro. Nada de eso, aclaró en su día el artista, es un himno del desgarro amoroso a lo bestia de bello y ya está.
Pero aún habría una sorpresa, puesto que no terminó aquí el concierto y Silvio interpretó la bellísima e inesperada, según los setlists de esta gira, Óleo de una mujer con sombrero… como “un cuadro del viejo Chagall, corrompiéndose al centro del miedo. Y yo, que no soy bueno, me puse a llorar… Pero entonces lloraba por mí, y ahora lloro por verla morir”.
Y vi a no pocas personas con los ojos vidriosos al término.

