Pudiera parecer una curiosa coincidencia. Tratándose, sin embargo, de Marta Rojas Rodríguez y de Juan Antonio Borrego Díaz, dos paradigmas del periodismo cubano, se me antoja pensar que fue el modo más sublime que halló la vida en ellos –o ellos al final de su vida física- para seguir tan aferrados como siempre a una profesión por la que jamás escatimaron tiempo, energías, inteligencia, dedicación y hasta salud.
Orgullo enorme para las viejas, actuales y futuras generaciones de periodistas, fotógrafos, correctores, webmasters, editores, directivos… haber tenido –y seguir teniendo- entre nosotros a la mujer que desafiando los reales y enormes peligros de aquel momento histórico (año 1953), a riesgo permanente de su vida, se convirtió en la cronista de la generación del centenario y de los sucesos posteriores al asalto al cuartel Moncada, incluida la cobertura de la magistral autodefensa realizada por Fidel.
Como tuve el privilegio de verla, de sentir su cálido, familiar y muy sincero abrazo; de percibir la candidez de su rostro, la ternura de su sonrisa, me siento con derecho a subrayar cómo el protagonismo histórico de aquel año 1953, o el que significa haber sido la primera mujer latinoamericana corresponsal de guerra en Indochina, jamás le subieron los humos a la proverbial modestia con que transcurrió toda su vida.
Su fino olfato periodístico dejó huella en el antiguo Canal 11 de la TV. Después del triunfo, integró el equipo de periodistas del diario Revolución, fue fundadora de la revista Verde Olivo, laboró en la revista Trabajo y, sobre todo, se mantuvo vinculada todo el tiempo a nuestro periódico Granma, desde su creación en 1965.
No por casualidad, Alejo Carpentier, al prologar una de las ediciones de El juicio del Moncada, escribió: «Ágil y talentosa escritora, de profunda vocación periodística, mirada sagaz, estilo directo y preciso, novelista por instinto, que tiene el don de mostrar muchas cosas con pocas palabras».
Lejos, muy lejos de imaginar que partirían rumbo a la eternidad un mismo día del calendario, Juan Antonio Borrego Díaz, a la sazón corresponsal de nuestro órgano en la provincia de Sancti Spíritus y director del periódico Escambray, me comentó que éramos afortunados, «por tener con nosotros, en Granma, a una de las más grandes periodistas cubanas de todos los tiempos».
Tan modesto como ella, remontaba ya, sin la menor pretensión, la estatura de grande.
Con un estilo directo y claro para contenidos informativos, y de alto vuelo literario para otros géneros, los correctores casi nada tenían que hacerle a sus textos.
A menudo recuerdo un magistral párrafo de su trabajo Fidel, de crecida en crecida, donde atrapa sin compasión al lector desde que escribe: «Cuando Fidel Castro se paró sobre el lomo de aquel anfibio, que en medio de la crecida parecía más una hoja de guásima que un vehículo militar, lo que realmente creyó tener frente a sus ojos fue el mismísimo río Amazonas, que se desbocaba hacia el golfo de Guacanayabo».
Igual conservaré pinceladas, como la que nos obsequió en el reportaje Una maldición en la Zaza, al decirnos: «Con 30 grados centígrados de temperatura al amanecer, millones de peces disputándose el oxígeno y los alimentos, y un sol que amenaza con la deshidratación total, la más importante presa de Cuba semeja por estos días, poco menos que una palangana con agua a punto de hervir».
De poco hablar, Borrego tenía, en cambio, la particularidad de calar y sacudir a quienes lo escuchaban. En tres minutos transmitía más de lo acumulado durante horas por quienes pedían la palabra 15 veces más que él en nuestras reuniones. Y con esa mirada penetrante, fija, estudiosa, a menudo pícara, podía decirlo todo sin tener que abrir la boca.
Por ello, Yoleisi Pérez Molinet, una de sus periodistas en Escambray escribiría: «El gran mérito de Borrego fue hacerlo todo de manera natural, como si no estuviera conquistando nada y estaba conquistando el cielo. Convirtió a este periódico pequeño, anónimo, en uno de los mejores de Cuba. Él fue el padre de todos nosotros; nos queda recordarlo trabajando».
Como sé que ni a Marta ni a Borrego les gustaban los elogios, … concluiré afirmando que, para quienes continuamos junto a ellos, sobre la cubierta del Yate, constituye un honor tremendo saber a Marta acreedora de la Réplica del Machete de Máximo Gómez, Premio Nacional de Periodismo José Martí por la obra de su vida y Héroe Nacional del Trabajo de la República de Cuba, mientras al Borre lo sigue extrañando el Parlamento Cubano, que integró en varias legislaturas como diputado, el gremio espirituano que le concedió igualmente el Premio por la obra de la vida, mientras la Universidad José Martí, de Sancti Spíritus, se honra con una cátedra que trasciende fronteras con el humilde nombre de Juan Antonio Borrego Díaz.

