El diálogo como una operación mediática
La primera premisa de estas reflexiones es categórica: el gobierno de Trump jamás ha querido dialogar con Cuba. Su propuesta de diálogo, asumida en principio por Cuba, es una finta para desamarrar el nudo gordiano de la resistencia popular y del prestigio internacional que hemos ganado en décadas de consecuencia, una fina operación política y mediática para deslegitimar la Revolución, hacia afuera y hacia adentro. Para el actual gobierno de los Estados Unidos, la única solución posible es la destrucción, la sumisión total de la isla rebelde. Enemigos y amigos (que se atienen al manual de la vieja diplomacia) piden que cese la amenaza militar sobre la isla y que el conflicto se solucione por la vía pacífica, lo que significa negociar una salida. Pero los caminos están obstruidos en tanto la salida es inaceptable. Y una parte importante de la Humanidad (los pueblos, y yo diría que muchos gobiernos afectados por la política caótica de Washington), aspira en secreto a que Cuba resista.
En la historia de los pueblos, como en la de los individuos, hay un punto de no retorno. Si un pueblo desafía los mayores poderes hasta el punto de que su propia existencia peligra (“los que van a morir te saludan”, retaba Fidel a Bush hijo, que amenazaba al país), no puede retroceder. Además del caso venezolano, me viene a la mente la traición de Syriza al pueblo griego, que después de consultarlo y recibir su respaldo para el repudio de la deuda, optó por ceder ante la presión europea. En ambos casos (Venezuela y Grecia) sus autoridades adujeron que lo hacían para impedir una masacre o una hambruna.
¿Cuáles han sido las matrices de opinión que el imperialismo ha construido para su actual campaña mediática? Hablo de una estrategia para dividir y desacreditar a la Revolución, y para deslegitimar al presidente Díaz Canel, basada en mentiras, medias verdades y hechos manipulados. Todas están enlazadas: la presentación de Cuba como Estado fallido, necesitado de apoyos externos para sobrevivir, como el de la Unión Soviética o Venezuela, y a la presentación de la actual crisis extrema como consecuencia no de las sanciones, sino de la incapacidad del gobierno para gestionar el país y el desvío de los recursos disponibles hacia la satisfacción de una elite gubernamental; la presunción de que el verdadero poder está en la “familia Castro” y su círculo, y de que Díaz Canel es solo un administrador sin capacidad de decisión. En este propósito ha jugado un papel simbólico Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nieto de Raúl y jefe de su escolta. ¿Insistieron los emisarios del imperio en que fuese uno de los interlocutores?
Como nosotros —siguiendo el comportamiento diplomático tradicional para encuentros sensibles— guardamos silencio, ellos inmediatamente filtraron y sobredimensionaron su presencia y anunciaron la realización de “negociaciones” (entrecomillo la palabra, porque negociar la paz al estilo de Trump, supone grandes concesiones que nunca haremos): “en unas semanas tomaré Cuba amistosamente”, dijo el emperador. Esa frase era suficiente para romper cualquier contacto. No ha sido la única. Cuba sin embargo apuesta a que las supuestas o reales conversaciones ofrezcan a quienes se oponen al trumpismo un argumento más para luchar por la desmovilización militar.
No obstante, pensar que las declaraciones de Trump son actos de reafirmación personal, y que existe un segmento de su gobierno, incluso del sector militar, más serio y pragmático, capaz de detenerlo, es ilusorio. El binomio Trump – Rubio controla la política hacia Cuba. Nuestras conversaciones anteriores con gobiernos estadounidenses, hasta llegar a Obama, se produjeron en contextos diferentes. Entiéndase: Fidel siempre dijo —y un video que trasmitía una y otra vez la televisión, lo recordaba— que Cuba jamás negociaría con una pistola en la sien. “No nos gusta que nos amenacen”, decía.
El Poder en Washington hoy es fascista; lo que entiende por conveniente trasciende el concepto de relaciones moderadamente hegemónicas, necesita colonias. Su modelo presidencial para América Latina tiene ya varios rostros: Milei, Kast, Noboa, Fujimori, Bolsonaro, pero ninguno de esos lacayos sería adecuado para Cuba. Tampoco una Delcy Rodríguez, opción imposible en el entramado político cubano. La traición del actual gobierno de Venezuela para con su pueblo es una herida abierta en América Latina, especialmente dolorosa para Cuba. En nuestro país, según la Ley Helms-Burton, sería necesario un gobernador al estilo de Puerto Rico y una masacre previa de revolucionarios que lo permita.
De manera reactiva reconocimos públicamente que habíamos aceptado el ofrecimiento de diálogo, lo que ha sido una actitud de principio en la historia de la Revolución. En varias de sus intervenciones, Díaz Canel ha ratificado esa disposición. Dos maniobras del imperialismo, enlazadas en su aparente antítesis se sucedieron, para fortalecer el mensaje deslegitimador: Raúl Castro, el héroe y líder cubano, supuestamente al frente de la “negociación” (según los medios enemigos), es enjuiciado en ausencia por el “asesinato” de los pilotos del grupo terrorista Hermanos al Rescate; de la otra, una manipulada entrevista/perfil de Raúl Guillermo, que se regala con extrema ingenuidad política y muestra sus debilidades reales. Como era de esperar, esta última generó repulsa y la legítima protesta de los revolucionarios; pero también propició que los contrarrevolucionarios y los reformistas/autonomistas del siglo XXI aprovecharan ese performance para señalar la existencia de individuos que traicionan los ideales socialistas.
No se trata de marginar a los descendientes del liderazgo histórico, que deben ser ciudadanos con iguales condiciones de vida y de participación política y social; de hecho hay algunos que destacan por su aporte y modestia. Supongo que es un drama terrible, por el que transitó el hijo de Martí. Pero esas personas tienen una responsabilidad histórica en una sociedad que enarbola el paradigma de la justicia social. La idea que intentan sembrar de que en la Revolución cubana gobierna Raúl “y sus hombres”, poseedores del control económico y militar, es contraproducente. Ello conduce a la idea de que existen intereses diferentes y que incluso, alguno de esos hombres, o todos de conjunto, podrían usar a su favor o forzar según su parecer la toma de decisiones en nombre de un héroe legendario que, no hay que olvidarlo, tiene 95 años.
La persistencia del imperialismo en cercar con sanciones al conglomerado GAESA, una estructura económica exitosa creada dentro de las Fuerzas Armadas para romper el bloqueo estadounidense, que hereda su disciplina y su discreción, además de golpear a un sector vital de la economía cubana, es asociada a la matriz que sitúa a las FAR (y a su líder histórico) como el verdadero poder. Es cierto que Díaz Canel ha insistido, sin complejos, que en su gobierno se toman decisiones conjuntas y que no existen diferencias de criterio con Raúl. Pero su legitimidad, ganada a pie de pueblo, y de los sucesivos gobiernos que vendrían en el país, no puede depender del respaldo de ninguna figura histórica.
Las medidas económicas y su impacto ideológico
Quisiera detenerme en las 176 medidas recientemente adoptadas por el Partido y el gobierno cubanos. Mi análisis, lo reconozco, es ideológico, no económico. Aunque ambos planos están interrelacionados, miro la economía desde la atalaya ideológica y no al revés. Muchas de esas medidas habían sido ya discutidas y aprobadas en principio. Otras avanzaron más (algunos reformistas locales han declarado que las medidas fueron más lejos de lo que ellos habían propuesto) e introducen mecanismos económicos típicamente capitalistas. No pretendo discutir si existía o no otro camino; reconozco que las vías de financiamiento para la vida en Cuba se han obstruido al punto de provocar una parálisis general. Solo pretendo, como ya dije, valorar sus implicaciones ideológicas.
El proceso hacia la aceptación de mecanismos propios de una economía de mercado viene abriéndose paso, de manera integral, desde la aprobación de los Lineamientos (2011). Reitero: de manera integral, aunque puedan reconocerse antecedentes. Para la aceptación de ese camino convergen tres elementos infalibles: desesperación e impotencia de la población ante los efectos del bloqueo recrudecido, bombardeo mediático contrarrevolucionario y reformista/autonomista, y origen de la propuesta en el propio liderazgo de la Revolución.
No es un dato menor el hecho de que la primera versión de la nueva Constitución (2019) prescindiera de la palabra comunismo. A pesar de que las investigaciones sociológicas ya evidenciaban un deterioro importante del consenso popular en torno al socialismo, el pueblo reclamó ese horizonte, y la palabra fue reincorporada. No importa lo lejano que pueda parecer (y estar) el horizonte comunista y lo difuso de su planteamiento, si dejamos de considerarlo, la navegación pierde sentido, el río se transforma en lago, y el capitalismo parece “perfectible”, pero no superable.
Si consideramos que el crecimiento económico fue percibido como el principal trabajo ideológico, y se abandonaron las movilizaciones y las misiones del pueblo, los discursos pedagógicos y que, por otra parte, los cambios que desde entonces vienen introduciéndose arrastran su propia estela ideológica, la situación creada, que ahora se aduce como referente de partida (cuando en realidad es referente de llegada), es la de un retroceso en el consenso alcanzado y mantenido durante décadas en torno al socialismo. Añado que la guerra ideológica pasó de ser una batalla “persona a persona” (la Batalla de Ideas y el internacionalismo médico revitalizado de Fidel, sus últimos esfuerzos por recuperar las esencias del socialismo), a ser una guerra de redes sociales, donde la supuesta victoria radicaba en la cantidad de seguidores y de retuits.
El sobredimensionamiento de la capacidad de las redes para hacer política revolucionaria (y la subestimación en la práctica, a pesar de las continuas declaraciones al respecto, de su capacidad para hacer política contrarrevolucionaria) produjo un deterioro en las posibilidades de incidencia ideológica entre los jóvenes. Las redes están diseñadas, como las corrientes marinas, para alejar a los nadadores de la costa. Por último, de la “universalización” de la enseñanza que proponía la Batalla de Ideas (Fidel hablaba de convertir a Cuba en el país más culto del mundo) se pasó a una reducción de los currículos académicos (2013 – 2018), de acuerdo con los modelos “modernos” y se suprimieron asignaturas vitales (historia, filosofía y economía política marxistas) en carreras que aparentemente no las necesitaban. Aunque insisto, la escuela de una Revolución más que en los libros o en las redes (ambos son complementos necesarios), está en la calle, en la participación del pueblo, en la pedagogía del hacer, en la práctica revolucionaria.
El movimiento revolucionario cubano, latinoamericano y mundial ha aspirado siempre a la nacionalización de las grandes empresas extranjeras y a la eliminación de los latifundios, sean productivos o no. Eso es parte también de la historia de la Revolución cubana. La pregunta más importante que debemos responder en estas condiciones, para recuperar la dignidad de aquel consenso es simple: ¿por qué no se asumieron estas medidas antes? Los reformistas (término que en la historia de Cuba se asocia a una proyección no revolucionaria, y no a la adopción de reformas) dicen que este paquete debió implementarse hace 30 años y argumentan que no se hizo por culpa del dogmatismo y del esquematismo de algunos dirigentes y funcionarios.
¿Era dogmático Fidel? Es cierto que en determinados momentos aceptó cambios que eran inevitables, pero lo hizo no sin resistencia y bajo el presupuesto de que significaban un retroceso. Si entendemos bien sus palabras, en las condiciones del Período Especial debíamos consagrarnos a la conservación de las conquistas del socialismo. Ello no significaba la renuncia a proseguir su construcción en cuanto fuese posible. La adversidad nunca lo detuvo.
Sin embargo, el concepto de “conquistas de la Revolución” ha empezado a flexibilizarse y la privatización empieza a cortejar incluso a sectores como la salud y la educación. La disculpa más socorrida para cada medida, es que lo que se acepta ya existía de manera ilegal y solo se trata de legalizarlo. Pero los revolucionarios no administramos consensos y realidades previamente conformadas; derribamos lo establecido en la práctica y en las mentes para construir nuestros propios consensos y realidades.
La comprensión de lo que entendemos por socialismo es vital para el sostenimiento de la soberanía nacional. Hablar de sentimientos patrióticos en abstracto es una estrategia burguesa: las palmas, el mar, el barrio, los amigos, la familia, el juego de dominó, incluso la música, no son la Patria, no la Patria libre, justa, internacionalista, martiana y fidelista. La Patria abstracta que ya se manifiesta sin contrapeso en las redes sociales y en un segmento del discurso oficial, funde las dos posibilidades del destino nacional: Miami y La Habana, la colonia y la independencia (y sabemos que ambas no pueden coexistir), a favor de la primera, que es donde está el dinero.
Por otra parte, ¿qué es una conquista de la Revolución? Por ejemplo, la nacionalización de la Empresa Eléctrica yanqui, ¿fue una conquista revolucionaria? No me digan que la estatal no funciona, porque la privada de Puerto Rico, sin bloqueo, tampoco. La Reforma Agraria, ¿fue una conquista de la Revolución? En un sentido más profundo y complejo: ¿podremos sostener la mayor de las conquistas de la Revolución: el orgullo nacional, por ser el primer país libre de América, el de la victoria sobre el imperialismo en Girón, el del internacionalismo y la derrota del Apartheid en África, el de nuestros imbatibles campeones ajenos al mercado como Stevenson, Juantorena, Ana Fidelia, Mijain, las morenas del Caribe, los equipos de pelota capaces de triunfar sobre cualquier rival, profesional o amateur, las vacunas hechas en casa, más eficientes que las de grandes trasnacionales? ¿Por qué se condena como peligrosos seudomarxistas y ultraizquierdistas, a quienes expresan criterios que se oponen o que cuestionan algunas de las medidas adoptadas? Necesitamos un debate real, y si las opiniones de los revolucionarios que piensan de otra manera son consideradas “incomprensiones”, el debate se reduce a “que comprendan”.
De alguna manera, en lo económico, estamos más cerca de una concepción socialdemócrata (redistribución solidaria de la riqueza mediante impuestos y políticas sociales, en un llamado Estado de Bienestar, solo posible en países con un alto desarrollo económico) del socialismo. Con la diferencia de que pretendemos conservar el actual sistema político (partido único y dirigente de la sociedad y Poder Popular, que puede y debe profundizarse si queremos que ejerza el papel que el socialismo demanda), con la esperanza de que garantice la direccionalidad de las inversiones y de las ganancias en beneficio e interés social, según el modelo chino y vietnamita, dos países con enormes riquezas naturales, muy lejos geográficamente de los Estados Unidos, que crecieron sin bloqueo y con una emigración amistosa. La cultura del ser opuesta a la del tener, no era ciertamente una conquista, era un horizonte que por el momento se desvanece.
En esos países de cultura milenaria, los sentimientos patrióticos no dependen como en Cuba de concepciones socialistas. La nación cubana surge de una Revolución que empieza a germinar a fines del siglo XVIII e inicios del siglo XIX en un segmento privilegiado de su población y estalla en 1868, para alcanzar con los años a todos los estratos sociales en sucesivos combates antiesclavistas, anticolonialistas y antimperialistas, aferrada a un concepto cada vez más amplio y radical de justicia social. No es una nación (o si se prefiere, ajustando el concepto marxista de nación al Estado burgués, una protonación) que fue colonizada por una potencia extranjera, como las asiáticas, es una nación que el colonialismo engendró. Es Calíban, hijo de Próspero, hecho de las más diversas influencias y al mismo tiempo negador de estas. Una nación parricida. O es anticolonial y antimperialista, es decir, anticapitalista, o no es.
El debate podría extenderse incluso hasta un presupuesto extremo: ¿realmente existió el socialismo en Cuba? Tuvimos una economía estatizada, alegan algunos, pero no un verdadero control popular en cada fábrica, empresa, en cada comunidad. Nuestro concepto de socialismo estuvo lastrado por la práctica histórica y el cerco imperialista, y a pesar de ello, gracias al genio de Fidel, fue más democrático y participativo que otras experiencias. No solo ejercimos la solidaridad hacia el interior del país, también la practicamos hacia el mundo.
Es verdad que no haló parejo a sus ciudadanos: las diferencias sociales, eliminadas de las normas jurídicas y de la posesión de bienes, mantuvieron su presencia en la cultura y la economía del subdesarrollo, en las costumbres y en los diversos orígenes e identidades. Algunas zonas alejadas de los centros metropolitanos no alcanzaron los beneficios esperados. Pero el pueblo se sintió protagonista de la historia, consolidó su sentido de nación y vislumbró un horizonte común. ¿Seremos capaces de sostener y elevar el protagonismo del pueblo y del Partido, en la nueva estructura socio-clasista, en la que ya existe y en la que se avecina?
Contexto internacional resumido
No puede entenderse la crisis económica y social por la que atraviesa Cuba si no se ubica en su contexto internacional. A partir del abrupto derrumbe o “desmerengamiento” del llamado sistema socialista, las fuerzas de izquierda han navegado a la deriva. No me refiero a quienes abjuraron de sus creencias y sintieron vergüenza de haber luchado alguna vez por los desposeídos, como si al caer la Unión Soviéticas y hacerse públicas sus manquedades (nadie habló más de sus éxitos), hubiesen desaparecido la pobreza y la explotación de unos hombres sobre otros y de unos pueblos sobre otros. Cuba fue la excepción en el hemisferio occidental. “No es que seamos el único país progresista, democrático y revolucionario —afirmaba Fidel en 1992—, es que somos el único país convertido en un islote de Revolución en un mundo prácticamente unipolar, a pocas millas del imperialismo hegemónico, y rodeado de capitalismo por todas partes; en un islote de Revolución entre el Atlántico y el Pacífico”.
Hablo de quienes han persistido en un ideal de justicia social. El unipolarismo de los años noventa llevó a Fidel a la convicción de que no era ya posible la lucha armada como vía para la toma del poder. El internacionalismo médico (reducido en años posteriores el simbolismo semántico de la palabra al de “colaboración”, más ajustado al lenguaje de las Naciones Unidas) revitalizado por Fidel en Centroamérica y Haití poco antes del triunfo electoral de Chávez, como una manera de construir ideología socialista también hacia lo interno, sin palabras, con hechos, fue parte de la nueva estrategia. “Ejército de batas blancas”, lo llamó. La irrupción de Chávez en Venezuela por la vía electoral abrió un nuevo camino y una nueva esperanza.
La democracia burguesa finamente tejida para sostener a la burguesía inicialmente revolucionaria en el poder e impedir la llegada a este de los grupos antisistema (de los reaccionarios y de los nuevos revolucionarios), mostraba un gran desgaste y muchos descocidos, y la voluntad popular empezaba a cobrar en las urnas los años de neoliberalismo. Aquella democracia se hizo inservible para la clase que le había dado origen. Poco a poco fue surgiendo un frente continental (Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina, Brasil, El Salvador, Uruguay, Paraguay, Honduras, más algunas islas del Caribe) progresista, que se caracterizaba sobre todo por su oposición mayor o menor al imperialismo estadounidense y su latinoamericanismo.
Por un momento todo parecía posible: la casi muerte de la OEA y el nacimiento de la CELAC, sin la presencia de los Estados Unidos y Canadá. Siempre he sostenido la idea de que cada eslabón que se rompe o se agrieta en la cadena que nos mantiene supeditados al imperialismo, aún cuando el golpe provenga de una burguesía nacionalista (que no dejará de ser explotadora hacia lo interno), es un paso para la ruptura del orden internacional que sostiene al capitalismo en su fase actual.
Cuba, desde luego, había hecho una Revolución mucho más profunda, pero la nueva fórmula fue adoptada de inmediato, no solo por las izquierdas latinoamericanas, sino por las europeas. Se produjo entonces una situación contradictoria: el imperialismo (que no es solo estadounidense) y sus súbditos empezaron a desentenderse de la democracia burguesa que ya no era funcional, mientras acusaba a los estados progresistas de haber roto con ella, porque si esta no sacaba del gobierno a la izquierda intrusa en los cuatro o cinco años siguientes, como se presuponía, evidentemente no funcionaba.
En sentido inverso, la izquierda empezó entonces a defender el funcionamiento de la democracia burguesa (sin mencionar el apellido, como si fuera la única posible), y su propuesta en esos años no sobrepasó sus marcos estrechos. Cada cierto tiempo se sometía a elecciones burguesas, donde el dinero burgués/imperialista corría como es natural a favor de la oposición entreguista. A pesar de ello, esas izquierdas ganaron sucesivas elecciones (nunca reconocidas por el imperialismo, como era natural), pero se desgastaban cada vez más en el círculo vicioso de una guerra económica y mediática. La Revolución venezolana fue la más radical en sus transformaciones, con el doble efecto de las misiones sociales y la organización de comunas populares. La alianza de Chávez y Fidel elevó la apuesta internacionalista a planos superiores, con la Operación Milagro, y la conformación del ALBA – TCP.
Desentendido de las normas que exigía, el imperialismo organizó asesinatos, fraudes, golpes judiciales, mediáticos y militares, guerras económicas, demonización de estados y de figuras claves del progresismo y cuando fue posible, su encausamiento jurídico. En Cuba estábamos pendientes de cada triunfo o derrota electoral burguesa de los candidatos progresistas, y el Noticiero Nacional de televisión declaraba jubiloso que se había producido una “victoria de la democracia” cuando era reelegido uno de ellos, como si en realidad aquella fuese la democracia. Los partidos revolucionarios, inmersos en la carrera electoral, dejaron de buscar otro tipo de democracia verdaderamente popular y desestimaron, al menos en la práctica, la posibilidad de derrotar y superar al sistema capitalista. En muchos casos, las políticas progresistas de esos gobiernos fueron asistencialistas; otros aplicaron casi las mismas medidas neoliberales que habían combatido.
Mientras el imperialismo inyectaba en la conciencia social la idea de que un buen gobierno dependía únicamente de “una buena persona”, e igualaba a todos los políticos, los de izquierda y los de derecha, definiéndolos como corruptos o no corruptos, los candidatos de la “nueva” izquierda usaban los mismos mecanismos de presentación electoral que la vieja derecha, y sus propuestas no se alejaban mucho de las de sus adversarios. Algunos, temerosos y obedientes, respetaban los límites de lo “políticamente correcto”, y trataban de distanciarse de sus homólogos más audaces o vilipendiados, como Chávez o Fidel, a pesar de lo cual los acusaban de ser chavistas o fidelistas; a nosotros, sin embargo, nos acusaban de no ser como ellos.
El capitalismo vació de su contenido revolucionario y resignificó el discurso de la izquierda, de sus consignas y sus banderas. Y el pueblo dejó de creer en los políticos, en la política y en los partidos de cualquier color. Se dice que el auge de los sentimientos fascistas y la apatía ante las elecciones reflejan el descreimiento de la gente en la democracia. Es cierto, pero solo si la adjetivamos como burguesa. Los pueblos han dejado de creer, con razón, en aquella democracia. Es necesario que sepa que existe otra democracia, la popular, y que hay que luchar por ella.
Entretanto, ocurrió una pandemia que afectó a los países ricos y a los pobres, y que evidenció el fracaso del capitalismo, incluso en los estados de mayor desarrollo económico. El sistema se tambaleó, y los grandes magnates, desnudos, se sintieron horrorizados ante la exposición pública y las posibles consecuencias. Cuba envió brigadas médicas a más de 40 países, algunos de Europa, como Italia y Andorra y creó tres candidatos vacunales muy efectivos que las grandes trasnacionales farmacéuticas bloquearon. Sin embargo, nada pasó, quiero decir, nada hizo la izquierda; inmersa en los mecanismos democráticos de la burguesía, ya había interiorizado la imposibilidad de derrotarlo. Por un instante, parecía posible que de aquel desastre emergiera un mundo nuevo, más justo. Ante la parálisis de la izquierda revolucionaria, la derecha regresó ajustando sus mecanismos de control, restringiendo aún más los derechos de los trabajadores.
La guerra económica entre las grandes potencias se intensificaba. China emergía como un poderoso centro alternativo capaz de disputar la hegemonía global a los Estados Unidos. Incluso durante la pandemia fue la única economía que creció de manera constante. En 2010 se constituyó formalmente una asociación económico–comercial alternativa al G-7, integrada por economías emergentes de enorme potencial: los BRICS (las iniciales de Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, más otro grupo de países que se han sumado con posterioridad). Esta asociación empezó a utilizar las monedas nacionales de sus respectivos países en sus transacciones comerciales, prescindiendo del dólar estadounidense. La hegemonía del imperialismo occidental estaba seriamente amenazada.
La pandemia de Covid-19 surgida en 2020 se extendió hasta el 2023. Ya en sus últimos meses, el imperialismo, liderado por los Estados Unidos, iniciaba la contraofensiva. El fuego de la guerra se extendía rápidamente: en Ucrania, con el propósito no conseguido de debilitar a Rusia (2022) alentado y auspiciado por la OTAN; en Gaza (2023), donde el gobierno sionista de Israel perpetra impunemente un genocidio contra su población civil, con el apoyo europeo y estadounidense, que ya ha cobrado la vida de más de 73 000 seres humanos, con incursiones en Líbano y Siria; y más recientemente en Irán (2026) por fuerzas conjuntas de Israel y Estados Unidos.
Pero el regreso del convicto Donald Trump a la presidencia de los Estados Unidos en 2025 marcaría un punto de inflexión en las relaciones políticas internacionales. Si la democracia burguesa ha estado desde hace décadas enferma de muerte, la llegada de Trump ha dado el golpe final al viejo orden internacional establecido por las potencias triunfantes de la II Guerra Mundial. El imperialismo ha comprendido que solo puede sostener su hegemonía mediante la fuerza bruta, el chantaje y la extorsión, métodos nada nuevos, pero que hoy se aplican sin disfraces o convenientes excusas. Los Estados Unidos han declarado que en lo adelante no se someterán a las normas de convivencia de las Naciones Unidas y que harán valer a cómo de lugar sus intereses imperiales. El primer ministro de Canadá Mark J. Carney, fue brutalmente honesto y cínico al describir la situación creada:
“Durante décadas, países como Canadá prosperaron bajo lo que llamamos el orden internacional basado en normas. (…) Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima. Esta ficción era útil, y la hegemonía estadounidense, en particular, ayudó a proveer bienes públicos: rutas marítimas abiertas, un sistema financiero estable, seguridad colectiva y apoyo a marcos para resolver disputas”.
Y sentenciaba:
“los fuertes hacen lo que pueden, y los débiles sufren lo que deben. Este aforismo de Tucídides se presenta como inevitable: la lógica natural de las relaciones internacionales reimponiéndose”.
Pareciera que el Nuevo Orden más justo que pedíamos los países del Sur ha sido definitivamente sustituido por la ausencia de todo orden. Los países arriban a la fase vergonzante de “portarse bien”. Los pueblos reclaman cambios profundos pero no tienen un horizonte al que asirse y no confían en los políticos y en los partidos que solo piensan en sobrevivir. El fascismo en cambio propone cambios “profundos” en el peor de los sentidos, y atrae a un segmento desesperado de la población.
Pero el propio Carney advierte: “ante esa lógica, existe una fuerte tendencia de los países a adaptarse para encajar. A acomodarse. A evitar problemas. A esperar que el acatamiento compre seguridad. No lo hará”. Si Europa está postrada, ¿qué podríamos decir de los países latinoamericanos donde el fraude anunciado y la presión económica han impuesto a gobernantes títeres? Por otra parte, los BRICS, que necesitan como aliado al movimiento antimperialista, no por convicción ideológica, sino porque es una importante herramienta de presión, no se han mostrado unidos. La ausencia de una ideología común o de una actitud que no se limite al beneficio inmediato de cada miembro por separado, ha producido costosas inconsecuencias en su seno y pueden frustrar su capacidad para imponer un orden multilateral. Cuba es más que nunca una isla (un islote decía Fidel en 1992). Ha recibido apoyos importantes de China y Vietnam, así como de Rusia, pero tendrá que valerse por sí misma.
El 3 de enero de 2026 la resistencia de América Latina se fracturó en Caracas. Treinta y dos cubanos ofrendaron sus vidas por la Revolución bolivariana y latinoamericana, pero sobre todo por Cuba. No traicionaremos a esos heroicos combatientes. El imperialismo avanza cada vez más y el mundo parece retroceder, bajar la cabeza, guardar silencio. Construye una Falange internacional fascista, para supuestamente combatir el terrorismo de izquierda. Ha situado a Cuba como la capital del comunismo mundial, que ellos califican de terrorista. No habrá mucho tiempo ni pretendientes para las reformas. Si bien la lucha armada no era ya el camino, como advirtiera Fidel, es posible que el imperialismo nos obligue a retomarla. La historia de Cuba nos reclama, nos exige. En el centenario de Fidel, su consigna resuena más alto que nunca: ¡Socialismo o Muerte! Porque no siempre la muerte es una derrota, a veces es la única manera de vencer.
26 de julio de 2026

