Por Meury Valle de Mesa, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.
De mi infancia recuerdo muchas cosas que nunca terminé por entender. Sobre ser madre antes que mujer, o mujer antes que madre, persiste mi inquietud. Es un sentimiento de inconformidad, de esos que, aún con la edad para comprender, te impiden aceptar una idea. Claro, cómo podría asimilar la separación entre dos aspectos disueltos en la feminidad.
Así me educó una madre; tiene dos títulos universitarios, dos trabajos y dos hijos. Todo cabe en un solo cuerpo, un único ser. No hay adentro o afuera, ni antes o después, ni mejor o peor. Su interés jamás ha sido desligar la identidad de la maternidad. En una familia no deberían existir rupturas de ese tipo y para la suya son innecesarias, basta con ella.
Primero nació su hija y poco, casi nada, recuerdo de aquel tiempo. Sin embargo, cuando contaba los diez años rondó en el hogar la idea de traer un nuevo miembro a la familia. En ese instante fue como si todo volviera a empezar.
La niña pidió un hermano, varias veces. Ignoro si sabía los alcances del deseo, seguro no. Mamá se resistió a la idea. Su primer parto había sido difícil. Casi no la cuenta. Al final cedió, pues era única hija y conocía de la soledad de quien no vive en hermandad de sangre.
De modo que participó en el cambio de pañoleta de su niña con vestido, tacones y una gran barriga. Pasaba horas ante montones de papeles a fin de mantener la economía de su trabajo y hogar. Cuando debía salir, lo hacía siempre arreglada. Sucumbía al descanso con novelas que, en realidad, valían de excusa para encontrarle un buen nombre a su retoño. Nunca dejó de ser madre, ni mujer.
Nueve meses después llegó el bebé, con su llanto, noches enteras sin dormir y necesidad de atención. Ella lo dio todo. Lloraba si el niño sufría. Sonreía cuando intentaba hablar. Un día, compró un juguete, el primero de su salario al volver a trabajar y se lo obsequió. Ahí mismo, sin perder un momento de la escena, me percaté de que seguía siendo la misma, con el doble de responsabilidad y el doble de amor.
Una vez en el barrio, su vecina le dijo que, para algunas mujeres, dar a luz es un sacrificio. Mencionó el peso de ceder una parte de sí mismas a cambio de crear vida, para ella había sido así, dejó sus estudios a raíz del embarazo. La joven madre no respondió, cargaba su niño en brazos mientras sacaba estados de cuenta y estudiaba una guía. Ella era la prueba viviente de que una mujer con el poder de elegir, solo gana.
Nunca la ví dudar. Hace diez años no lo hizo cuando yo todavía entendía poco del tema. Ahora comprendo, me enseñó con su ejemplo la fuerza necesaria para no dividirse. Ella solo se multiplicó día tras día con cada gesto de resistencia que la impulsaba a seguir.
Con el tiempo, empecé a notar que los cuerpos maternos no entienden de divisiones. Ví administradoras cambiar pañales varias veces durante una semana con las mismas manos que firmaban contratos. Escuché a mi maestra arrullar a su hija en coche antes de impartir una conferencia. Presencié cómo una doctora, al salir de una cirugía, marcaba a su casa para saber si su bebé ya había comido.
Algunos dicen por ahí que ser madre anula a la mujer. Otros piensan lo contrario. Todos buscan pérdidas: de cuerpo, tiempos y oportunidades. La vida viene sin manual para su disfrute, pero intentan asignarle uno y olvidan que a veces es mejor solo ser.
Ignoro los entresijos de la maternidad; pero con tantos ejemplos alrededor, escapa a la razón la magnitud exacta del amor tras este trabajo gratuito y complejo, ejercido solo por mujeres. Sin duda, la labor más antigua e importante del mundo es, en efecto, ser mamá.
Ayer en la noche volví a ver a esa madre que me educó. Mi hermano menor dormía plácidamente a su lado. Ella estaba sentada en el sofá mientras leía unos papeles del trabajo. Lucía igual que siempre: feliz y completa. Por supuesto, mi mamá no es dos mujeres a la par, sino una y, como cada mujer, es dos veces ella misma.

