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ESTUDIANTES REPORTEROS

La herida que crece conmigo

Por Nataly Saiz Hernández, estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

Tengo un vacío con forma de bastón y olor a colonia antigua. Es un espacio en la memoria que no se llena con recuerdos nítidos, sino con sensaciones. La muerte de mi abuelo no es una escena de hospital ni un llanto familiar en mi cabeza; es una puerta que se cerró un día, cuando yo tenía cinco años, y la certeza infantil de que alguien se fue enfermo y simplemente… no volvió.

A Pipo le debo mi nombre, Nataly. Una derivación cariñosa, un eco de aquella bisabuela Natalia que no conocí, pero que vive en mis documentos. Es una herencia silenciosa que cargo todos los días, una palabra que me nombra y que él eligió para que su madre estuviera presente en mí.

A los cinco años no se entiende la muerte, pero se entiende la ausencia. Y esa ausencia me dolía en el parque, en el círculo infantil, en la calle. Ver a otros niños correr hacia rodillas arrugadas, alzar los brazos para recibir un caramelo de manos temblorosas o escuchar cuentos de “cuando yo era chiquito”, me producía un nudo en el estómago que aún hoy, tantos años después, a veces vuelve. No era envidia; era una orfandad específica. La orfandad de los nietos que perdieron demasiado pronto el refugio de un abuelo.

Mi memoria es una trampa selectiva. No lo recuerdo caminando erguido. Mi primer recuerdo es el del bastón. Pipo estaba inválido, y para mis ojos de niña, eso no era una limitación, sino una característica más de su ser, como sus manos grandes o su risa. Él amaba mis ojos grandes y expresivos. Decía que eran dos faroles que iluminaban la habitación en sus días grises. Me miraba y me veía linda, incondicionalmente. No me veía con el pelo alborotado o el vestido manchado de helado; me veía perfecta. Eso solo lo hacen los abuelos.

Un día, en medio de esa lógica aplastante que solo tiene la infancia, me acerqué a su sillón, toqué el bastón apoyado en el reposabrazos y le hice la promesa más grande de mi vida, sin saber todavía por qué:

—Pipo, voy a buscar una máquina del tiempo. Cuando la encuentre, tú vas a volver a caminar sin eso.

Pero la vida no espera a que una niña termine de jugar. La enfermedad se lo llevó antes de que yo pudiera cumplir mi promesa. Se fue de casa con aquella imagen de fragilidad y no regresó. Y yo me quedé con el bastón como testigo mudo en la memoria y con la frustración de no haber podido devolverle los pasos.

Hoy, que ya no soy aquella niña de cinco años, me doy cuenta de que él sí me dejó una máquina del tiempo. No es de metal ni tiene luces de neón. Es mi nombre. Es el recuerdo de sus ojos reflejados en los míos. Es la certeza de que fui amada de una manera tan pura que ni la muerte pudo borrarlo.

Extrañar a Pipo ha sido, es y seguirá siendo una tarea pendiente. A veces, cuando me miro al espejo y veo esos ojos que tanto le gustaban, siento que el bastón ya no está apoyado en el sillón. Lo tengo yo. Lo llevo por dentro, como un bastón de mando sentimental, el de una nieta que aprendió a caminar por la vida sabiendo que, aunque él no está, su amor sigue siendo el suelo firme bajo mis pies.

Porque hay amores tan cortos en tiempo y tan largos en intensidad, que duran más que la vida misma. Y este, Pipo, es el nuestro.

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Nataly Saiz Hernández
Estudiante de primer año de Periodismo, Facultad de Comunicación, Universidad de La Habana.

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