La inmensa mayoría de la población de Cuba —lo que se llama el pueblo cubano— apoya la soberanía de su patria. La ha defendido tenazmente a lo largo de su historia y, si fuera necesario, volvería a defenderla con las armas. Esa actitud viene de su fragua en la lucha por la independencia, con crecientes ideales de justicia social desde el rechazo al crimen de la esclavitud.
En el manuscrito final del Manifiesto de Montecristi, fechado 25 de marzo de 1895, se aprecia claramente que, ya redactado el inicio: “La revolución de independencia ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra”, José Martí introdujo una acotación para plasmar de modo más abarcador y raigal esa realidad: “La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra”.
Al señalar el carácter revolucionario de aquella contienda, enalteció el valor del crisol que la precedió: conspiraciones, actos insurreccionales, antiesclavismo, siembra de lo que se gestaba como cultura nacional, voluntad de lucha y, en consecuencia, cruel represión por parte del sistema colonial y sus fuerzas.
El autor del Manifiesto apreciaba hitos íntimamente vinculados entre sí: uno, la significación del pronunciamiento del 10 de octubre de 1868 en el ingenio Demajagua, donde —escribió en “Céspedes y Agramonte”, texto publicado en el vigésimo aniversario de aquel suceso— Carlos Manuel de Céspedes “no fue más grande cuando proclamó a su patria libre, sino cuando reunió a sus siervos, y los llamó a sus brazos como hermanos”; otro, la tradición que asumió como inicio de la contienda el combate del día siguiente, 11 de octubre, en Yara, donde las inexpertas fuerzas patrióticas se enfrentaron a tropas que las superaban en preparación y en recursos bélicos.
Militarmente desfavorable para los cubanos, aquel combate devino símbolo de la decisión de luchar y convertir los reveses en victorias. Ese camino, por el que alcanzó Cuba la victoria del 1 de enero de 1959 —base de las que seguiría cosechando desde entonces— atizó el encono de los gobernantes estadounidenses, empeñados en castigar al pueblo rebelde. Eran, son, representantes del sistema imperialista que, entonces en formación, frustró en 1898 la independencia que Cuba merecía lograr contra el colonialismo español, y le fue negada hasta el triunfo revolucionario en 1959.
La oposición de los Estados Unidos al proyecto emancipador cubano se evidenció ese mismo año, ante el viaje de Fidel Castro a Washington entre el 15 y el 28 de abril. Frente a dicha oposición, la acogida al Líder cubano en Harlem —con el hotel Theresa devenido emblema— mostró las diferencias esenciales entre el gobierno de la nación y sectores populares o discriminados que allí se identificaban con la Cuba revolucionaria.
Pronto la hostilidad anticubana del gobierno estadounidense se expresó en sucesos de índole terrorista y en el bloqueo, precedido por “sanciones económicas”, ya en julio de 1960, que dictó Dwight Eisenhower, confesamente dirigidas a provocar hambre y desesperación en el pueblo de Cuba. El presidente “republicano” aplicaba la pauta del memorando en que Lester D. Mallory, subsecretario de Estado asistente para los Asuntos Interamericanos en su equipo, el anterior 6 de abril había recomendado causar penurias al pueblo cubano para que abandonara su apoyo mayoritario al gobierno revolucionario liderado por Fidel Castro.
Estaban creadas las condiciones para que, en febrero de 1962, el presidente “demócrata” John F. Kennedy decretara formalmente el bloqueo, que se mantiene desde entonces en hombros de ambos partidos, y calzado por poderosos medios que con obstinación enfermiza despliegan propaganda anticubana. Lejos de atenuarse, el bloqueo se refuerza, como ha ocurrido especialmente bajo las dos administraciones de Donald Trump, y la de Joseph Biden entre ellas.
Aunque lo constante del bloqueo lo reconoce y rechaza el pueblo cubano, hasta cierto punto podría producirse lo que sucede en un proceso que, a fuerza de volverse rutinario, llega a resultar o parecer invisible, ayudado por maniobras publicitarias. Se trata de una urdimbre dolosa enfilada a enaltecer las supuestas bondades del capitalismo, y a devaluar cuanto se le oponga.
Señales de esa realidad rinden tributo al “magisterio” goebbeliano, con recursos como tildar a Cuba de estado fallido y régimen dictatorial. Frente a tales falacias la misma maquinaria difunde otras: entre ellas, que los Estados Unidos —que tanta barbarie y piratería han capitalizado y siguen capitalizando en el mundo— son el modelo de la eficiencia y la democracia. Sería iluso esperar que tan pertinaz campaña pasara sin anotarse logros no solo en el plano material, incluido el deterioro económico de Cuba.
En conversaciones cotidianas con integrantes del pueblo cubano es posible apreciar la combinación de elementos variopintos. Junto con la firme decisión de defender a la patria —actualmente bajo renovadas amenazas del gobierno de los Estados Unidos—, afloran sentimientos de frustración asociada a la persistencia de carencias que pueden acabar pareciendo insolubles, o percibirse como ajenas al bloqueo.
Que los espejismos se manifiesten no solo entre emigrados capaces de pedir la agresión militar contra su patria, resulta significativo y alarmante. Pero incluso entre quienes viven en Cuba y están resueltos a seguir bregando por ella, pueden surgir alucinaciones como suponer que las penurias se deben solo a errores entera o básicamente internos.
En eso urge hacer deslindes fundamentales y erradicar todos los escollos e insolvencias que esté a nuestro alcance eliminar —para lo que sería letal esperar por el levantamiento del bloqueo—, y poner en tención la lucidez necesaria en pos de los esclarecimientos que se requieran. Es insoslayable que la población en general esté lo mejor informada posible, y en condiciones de diferenciar con precisión los males o porciones de ellos que dependan del propio país, y lo impuesto por el bloqueo.
Cuando hay fuerzas que escapan a nuestro control y pueden provocar males que nos desangran, el instinto de conservación puede hacer que algunos —aunque sean pocos resultan indicadores— solo aprecien los escollos que pueden estimarse vencibles con los esfuerzos internos. Mucho tiene que hacer nuestra política comunicacional, que, al parecer, no acaba de alcanzar la plena efectividad necesaria.
Entre los escollos que suelen tenerse en cuenta al analizar nuestros problemas figura la corrupción, o el peligro de que aparezca, y está bien tenerlo presente: es el enemigo interno por el que Fidel Castro advirtió que este país podríamos destruirlo nosotros mismos, no los imperialistas, con todo su poderío y lo mucho que nos odian.
Quien escribe este artículo es testigo de que, en conversaciones con otros integrantes comunes de nuestro pueblo, no con voceros de la contrarrevolución o afines a ella, existe la idea de que aquí la corrupción no solo está arraigada y extendida. También se le supone tan influyente que prospera, y se aduce que hay corruptos condenados sobre los cuales no acaba de dársele al pueblo toda la información que debe recibir, porque la merece, y para que tenga la seguridad de que la corrupción se combate y se condena. Siempre vale recordar el llamamiento que un gran revolucionario hizo a tener el oído pegado a la tierra, y a combatir la corrupción, caiga quien caiga.
Una nueva agresión armada de los Estados Unidos a Cuba sería harto indeseable, por el costo en vidas y en recursos materiales que tendría; pero descartar esa posibilidad sería altamente peligroso, aunque se sabe que recibiría la decidida respuesta del pueblo. No solo dentro del país, sino también fuera de él —como recientemente en Venezuela—, este pueblo ha probado su fidelidad a la patria y sus tradiciones revolucionarias.
Esas tradiciones cimientan la resistencia contra enemigos de toda índole: desde el poderoso imperialismo estadounidense y sus cómplices y cipayos, hasta lacras que existan entre nosotros. El valor de esa actitud crece al ratificarse en medio de penurias concebidas y provocadas para aniquilarla. Muchas y sólidas razones avalan la convicción de que el resistente pueblo cubano merece no solo reconocimiento, sino también respeto, empezando por nosotros mismos.
Imagen de portada: Foto de Roberto Chile.

