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COLUMNISTAS

José Martí y “lo imposible” (II y final)

En la primera parte de los presentes comentarios se anunció que esta abordaría un artículo que puede leerse tomando otro, “Crece” —central en aquella primera parte, donde se apuntó la fecha de la publicación de ambos en Patria y su ubicación en Obras completas—, como fondo para su mejor comprensión. Se trata de “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, que subraya su alcance desde el subtítulo: “El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América”.

Al entrar en su tercer año de vida la organización política fundada por él y proclamada el 10 de abril de 1892, Martí expuso claramente que la guerra necesaria que se preparaba con esa organización como fuerza estructuradora, sería relevante —en su proyecto y en las circunstancias en que se llevaría a cabo— no solo para Cuba.

Ese artículo es uno de los textos donde se aprecia el núcleo de su antimperialismo, con juicios que siempre será pertinente repasar, como este: “En el fiel de América están las Antillas”, y él observa con claro entendimiento de lo que hoy llamaríamos geopolítica, nombre nuevo de una vieja realidad: “serían, si esclavas, mero pontón de la guerra de una república imperial contra el mundo celoso y superior que se prepara ya a negarle el poder, —mero fortín de la Roma americana;—y si libres —y dignas de serlo por el orden de la libertad equitativa y trabajadora— serían en el continente la garantía del equilibrio, la de la independencia para la América española aún amenazada”.

Revolucionario de pupila universal aspiraba a que la libertad de las Antillas ayudara incluso a garantizar “el honor para la gran república del Norte, que en el desarrollo de su territorio—por desdicha, feudal ya, y repartido en secciones hostiles—hallará más segura grandeza que en la innoble conquista de sus vecinos menores, y en la pelea inhumana que con la posesión de ellas abriría contra las potencias del orbe por el predominio del mundo”. La historia se encargaría —se encarga— de darle la razón.

En otro texto llama a los Estados Unidos “vecino formidable”, empleando ese adjetivo en su prístina acepción de enorme —no en la meliorativa que le ha dado el uso—, y en el artículo que viene citándose los denomina “la gran república del Norte”. En ambos casos estaría pensando no solo en el prestigio que se le reconocía a esa nación, sino también, o más, en su tamaño y en los peligros que ella representaba: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas:—y mi honda es la de David” (IV, 168),* sostuvo en una conocida carta, sobre la cual volveremos, el día antes de morir en combate.

Había observado el rumbo y la voracidad de lo que emergía como potencia imperialista, desde años antes de escribir el citado artículo de 1894, en el cual se lee: “Nulo sería […] el espectáculo de nuestra unión, la junta de voluntades libres del Partido Revolucionario Cubano, si, aunque entendiese los problemas internos del país, y lo llagado de él y el modo con que se le cura, no se diera cuenta de la misión, aún mayor, a que lo obliga la época en que nace y su posición en el crucero universal”.

En ese “crucero” —“el fiel de América”— se hallaban Cuba y Puerto Rico, núcleos de su proyecto revolucionario: “entrarán a la libertad con composición muy diferente y en época muy distinta, y con responsabilidades mucho mayores que los demás pueblos hispanoamericanos”. La mayor diferencia radicaba en que ya el obstáculo mayor para su liberación no sería el poder de España, sino el de los Estados Unidos.

Escribió crónicas medulares acerca de las pretensiones con que el segundo de esos países orquestó el Congreso Internacional del Washington celebrado entre octubre de 1889 y abril de 1890, en “aquel invierno de angustia”, como se lee en el pórtico de sus Versos sencillos. La más abarcadora de esas crónicas la publicó en sendas partes (VI, 46-54 y 54-63, respectivamente) La Nación, de Buenos Aires, los días 19 —el mismo en que Martí pronunció el discurso “Madre América— y 20 de diciembre de 1889.

Al comienzo de la primera parte afirma: “después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es la verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”. Y precisa: “En cosas de tanto interés, la alarma falsa fuera tan culpable como el disimulo. Ni se ha de exagerar lo que se ve, ni de torcerlo, ni de callarlo. Los peligros no se han de ver cuando se les tiene encima, sino cuando se los puede evitar. Lo primero en política, es aclarar y prever”. No se limita a interpretar: “Solo una respuesta unánime y viril, para la que todavía hay tiempo sin riesgo” podía salvar a nuestra América de tales peligros.

Con todo eso en mente escribió en 1894 sobre los obstáculos que debía vencer el Partido Revolucionario Cubano para cumplir “el deber de Cuba en América”: “Es necesario tener el valor de la grandeza: y estar a sus deberes”. Aunque estaba lejos de los admiradores acríticos de Cristóbal Colón y el llamado Descubrimiento de América, empleó una anécdota que defendía el valor de la audacia: “De frailes que le niegan a Colón la posibilidad de descubrir el paso nuevo está lleno el mundo, repleto de frailes. Lo que importa no es sentarse con los frailes, sino embarcarse en las carabelas con Colón”.

Eso recuerda cómo citó en “Madre América” logros de los Estados Unidos para alcanzar su independencia. Buscaba estimular la capacidad de sacrificio para una tarea que otros estimarían imposible. En “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” relató: “Y ya se sabe del que salió con la banderuca a avisar que le tuviesen miedo a la locomotora,—que la locomotora llegó, y el de la banderuca se quedó resoplando por el camino: o hecho pulpa, si se le puso en frente. Hay que prever, y marchar con el mundo. La gloria no es de los que ven para atrás, sino para adelante”.

Como resumen de su proyecto, expresa: “Es un mundo lo que estamos equilibrando: no son solo dos islas las que vamos a libertar”. Era una “obra de previsión continental” para “evitar, en la vida libre de las Antillas prósperas, el conflicto innecesario entre un pueblo tiranizador de América y el mundo coaligado contra su ambición”.

Ante el foro de 1889-1890 anota “que a las estrellas, según dice el verso latino, no se sube por caminos llanos” (VI, 119), y en el artículo de 1894 citado afirma: “sabremos hacer escalera hasta la altura con la inmundicia de la vida. Con la mirada en lo alto, amasaremos, a sangre sana, a nuestra propia sangre, esta vida de los pueblos, hecha de la gloria de la virtud, de la rabia de los privilegios caídos, del exceso de las aspiraciones justas”. Lo que se intentaba era trascendental: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”.

De ahí que sostenga: “Con reverencia singular se ha de poner mano en problema de tanto alcance, y honor tanto. Con esa reverencia entra en su tercer año de vida, compasiva y segura, el Partido Revolucionario Cubano, convencido de que la independencia de Cuba y Puerto Rico no es solo el medio único de asegurar el bienestar decoroso del hombre libre en el trabajo justo a los habitantes de ambas islas, sino el suceso histórico indispensable para salvar la independencia amenazada de las Antillas libres, la independencia amenazada de la América libre, y la dignidad de la republica norteamericana. ¡Los flojos, respeten: los grandes, adelante! Esta es tarea de grandes”.

Tal convicción resurge en cartas nacidas al calor de la guerra preparada por él como dirigente, ideólogo y organizador. El 25 de marzo de 1895 escribió grandes despedidas, una de ellas dirigida a su amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal (IV. 110-112), al que sabía identificado con él: “Quien piensa en sí, no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por más que a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que el interés de sus representantes ponen al curso natural de los sucesos”.

Libre de egoísmo, cultivaba un pensamiento avanzadamente democrático, por lo que tomaría el rumbo que le asignara —como se aprecia en cartas y circulares escritas en campaña— la asamblea de representantes del pueblo alzado en armas. En esa asamblea, que en el escenario de la guerra debía constituir la República en Armas, y a la que la muerte le impidió llegar, piensa cuando le escribe al amigo: “De mí espere la deposición absoluta y continua”, y también: “Pero mi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador: morir callado. Para mí, ya es hora”.

No hay traza suicida alguna en quien sabe lo difícil de una misión que había exigido y seguiría exigiendo de él entrega y devoción tan continuas como lúcidas. Que esté dispuesto a morir si es necesario, no significa que busque la muerte: “Pero aún puedo servir a este único corazón de nuestras repúblicas. Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.

Tan grandes son sus propósitos, y tan ingentes los obstáculos que debe vencer, que antes de decir “De mí espere la deposición absoluta y continua”, afirma: “Yo alzaré el mundo”. Con ello no expresa una egolatría que nunca tuvo, sino su permanente voluntad de combatir hasta las últimas consecuencias, al tiempo que buscaría para la República en armas la mejor orientación. De su firmeza brotan las confesiones al amigo: “Vea lo que hacemos, Vd. con sus canas juveniles,—y yo, a rastras, con mi corazón roto”. De haberse logrado sus propósitos, hoy el mundo no sería el horror que es.

Otra carta, que empezó el 18 de mayo, la convirtió en su testamento político la muerte, que le impidió terminarla. Dirigida a su amigo mexicano Manuel Mercado (IV, 167-170), expresa desde el inicio el alcance de la misión que se propone cumplir: “Ya puedo escribir, ya puedo decirle con qué ternura y agradecimiento y respeto lo quiero, y a esa casa que es mía, y orgullo y obligación; ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América”.

El líder de la guerra contra una España que aún está por derrotar, dice de su oposición a los planes estadounidenses: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”. Lo que añade merece recordarse por la transcripción de una palabra y, sobre todo, por el sentido general de esas líneas: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas han de andar ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

La transcripción concierne a logradas, que también se ha leído lograrlas; pero lo de veras relevante es lo relativo al silencio: no obedeció al propósito de ocultar su pensamiento antimperialista —que hizo público en textos como “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”—, sino a la inconveniencia de proclamar que ya él pensaba la guerra más contra los Estados Unidos que contra España.

Pregonarlo habría arreciado la hostilidad contra la independencia de Cuba por parte de la nación donde permanecía para evadir la vigilancia española. Pero sabía que allí lo vigilaban también agencias de espionaje que, aunque pagadas por España, como estadounidenses servían a su país, que en 1898 intervino para arrebatarle a Cuba la victoria contra España. Martí se proponía adelantarse a esos planes con una guerra “breve y directa como el rayo” (II, 255), lo que, por supuesto, debía mantener en el silencio explicable también por otro hecho: no todos sus seguidores compartían la misma claridad que él sobre las pretensiones de los Estados Unidos.

Tan consciente era de la inmensidad de la misión que había echado sobre sus hombros, como —ya se vio al tratar el artículo “Crece”— de que el triunfo de la revolución concebida por él podía no ser posible entonces. Pero también sabía que, si la revolución no se intentaba y no se hacía acertadamente, la dominación de nuestros pueblos por los Estados Unidos no sería un hecho posible, sino seguro. Al puertorriqueño Ramón Emeterio Betances, gran colaborador suyo en el Partido Revolucionario Cubano, se atribuye haber exclamado cuando en 1895 Cuba se alzó contra España: “¡Qué hacen los puertorriqueños que no se rebelan!”.

A la vista están hoy las diferentes consecuencias entre haber intentado la revolución y no haberlo hecho.

*Las referencias en las citas remiten a José Martí: Obras completas (La Habana 1963-1966, con varias reimpresiones). Los números romanos corresponden a los tomos; los arábigos, a las páginas. Las cartas a Henríquez y Carvajal y a Mercado se revisaron por José Martí: Epistolario (La Habana, 1993), V, 117-119 y 250-252, respectivamente.

Imagen de portada: José Martí a los 42 años de edad. Foto de Cubadebate.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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