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COLUMNISTAS

José Martí y “lo imposible” (I)

Solo doce días median entre dos textos de José Martí publicados en Patria que podrían leerse como pasos vinculados en la exposición de sus ideas políticas fundamentales. Pero mientras el primero de ellos, “Crece”, del 5 de abril de 1894, parece lejos de haber recibido la debida atención, el otro, “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, del 17 del mismo mes, sí la ha tenido (III, 117-121 y 138-143, respectivamente).* Aunque ambos, como la generalidad de su obra, deben atenderse y ser “redescubiertos” por las sucesivas generaciones de lectores.

Que el segundo haya sido más visitado lo explica en gran medida el que sea central en el pensamiento político explícito de Martí, y trate el peligro encarnado en los Estados Unidos y la necesidad de enfrentarlo. Antes de ahondar tanto en él como en “Crece”, vale recordar textos anteriores, entre ellos “Madre América” (VI. 131-140) , discurso del 19 de diciembre de 1889, que traza un contrapunto entre dos caminos históricos: el de los Estados Unidos, país que históricamente ha querido adueñarse del nombre América, pero era y es, como lo vio Martí, la otra América, la ajena, y el de la que sistemática y afectivamente él llamó nuestra América, y ya en 1875 había definido como “la virgen madre América” (VI, 387).

Frente a posibles deslumbrados por los Estados Unidos que lo oirían, expresó en el discurso: “Pero por grande que esta tierra sea, y por ungida que esté para los hombres libres la América en que nació Lincoln, para nosotros, en el secreto de nuestro pecho, sin que nadie ose tachárnoslo ni nos lo pueda tener a mal, es más grande, porque es la nuestra y porque ha sido más infeliz, la América en que nació Juárez”. Y abundó sobre “aquella América enconada y turbia, que brotó con las espinas en la frente con Bolívar de un brazo y Herbert Spencer de otro”.

La imagen no es fortuita. Martí acumulaba experiencia para la organización de una guerra necesaria que desde los preparativos tropezaría con hechos que se vinculaban entre sí: los peligros encarnados en los Estados Unidos, y el pensamiento de quienes la estimarían imposible. Se sabe que un escritor cubano intentó convencerlo de que no debía arriesgar su vida por una revolución para la cual en Cuba no había atmósfera, y su respuesta puede resumirse de este modo: “Usted ve la atmósfera, y yo el subsuelo”.

Ese subsuelo lo abonaba el ejemplo raigal de Bolívar, el héroe autóctono que desafió lo que otros consideraban imposible, y mereció con sus actos el título de El Libertador. Y frente a Bolívar situaba Martí a Herbert Spencer, pensador positivista británico de quien había discrepado en textos de 1884 que a menudo son objeto de lo que diez años más tarde, tratando un tema en cierto modo afín, el propio Martí calificó de “lecturas extranjerizas, confusas e incompletas” (III, 168).

Spencer, de pensamiento aristocrático en el que hoy hallaría pábulo el neoliberalismo, consideraba un error del Estado intervenir en la sociedad con políticas favorables para los más pobres, y Martí, que echaba su suerte con ellos, sostenía: “Nosotros diríamos a la política: “¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra” (XV, 392). El positivismo y el pragmatismo daban asidero ideológico precisamente a quienes en Cuba estimaban inviable la revolución, en particular los autonomistas y los anexionistas. El independentismo debía tener por raíz, y en Martí la tenía, el pensamiento del Bolívar vencedor de imposibles.

Cuando pronunció “Madre América” ¿ya se le había atribuido a Bolívar haber dicho que había “arado en el mar y sembrado en el viento”, atribución que se ha negado? Es significativo que en el discurso Martí subvierta la expresión arar en el mar para referirse a la fertilidad del sacrificio: “Se ha arado en la mar”, dice con orgullo. Podía pensar en el Bolívar que vencía imposibles, y en lo que faltaba para completar su obra: independizar de España a Cuba y Puerto Rico, un paso para asegurar la segunda independencia de toda nuestra América frente a la voracidad de los Estados Unidos.

A esa luz cabe leer “Crece”, que empieza así: “La revolución se salva. Le faltaba tesis y orden, y ya tiene una y otro. Se conoce, y obra. Lo primero es conocerse; porque sin fin fijo y viable, y sin medios correspondientes a él, solo se echan a andar los ambiciosos, esos grandes criminales,—y los locos. Era ambiente la revolución, y hoy es plan”. La necesidad de conocerse para obrar rectamente recorre el texto.

Entre las certezas de Martí se halla esta: “¡Solo perdura, y es para bien, la riqueza que se crea, y la libertad que se conquista, con las propias manos!”, y repasa ejemplos que en el mundo abonan la actitud que se debe tener ante obstáculos que pudieran parecer invencibles. Pero traza su obra sobre ideas claras y no avala impulsos irracionales.

Los autonomistas se acomodaban al pragmatismo, a los dictámenes positivistas. En 1905, cuando ya los Estados Unidos habían frustrado la independencia de Cuba —tragedia que Martí había tratado de impedir—, un venerado Enrique José Varona publicaba la conferencia que puede leerse a las sombras de tal acomodamiento: El imperialismo a la luz de la sociología, básicamente una explicación o justificación del imperialismo visto con el prisma de una sociología fundada sobre cimientos positivistas.

Martí braceaba con pasión y lucidez en las lecciones históricas y morales que cimentaban su prédica. Las hallaba en la propia historia de Cuba: desde el fundador 10 de Octubre y su “preparación gloriosa y cruenta” (IV-93), pasando por la Protesta de Baraguá y su valor frente al Pacto del Zanjón, y por cuanto los patriotas seguían haciendo en pos de la nueva gesta, que, preparada por él, estalló el 24 de Febrero de 1895 y tuvo su primer programa público en el Manifiesto de Montecristi, al que pertenece la cita anterior.

De “Crece” es esta afirmación: “Era ambiente la revolución, y hoy es plan. Era un sentimiento inútil y cómodo: como corona de adelfas era, y de laurel, que no hay derecho a arrancarse de la frente para sazonar, con sus hojas ensangrentadas, la olla de la comodidad: ¡infeliz, en la memoria de los hombres, quien eche el laurel en la olla! El sentimiento ineficaz es hoy trabajo ordenado y asiduo, que han de malmirar naturalmente todos los que quieren escapar a sus obligaciones”.

En favor del cumplimiento de esas obligaciones escruta el mundo. “Del árabe se han de tomar dos cosas a lo menos: su oración de todos los días, en que pide a Allah que le haga ir por el camino recto,—y el proverbio aquel que dice que no llegará al final de su jornada el que vuelva la cabeza a los perros que le salgan al camino”. Más adelante se refiere a Hungría y su héroe Lajos Kossuth, y a su relación con el “intruso austríaco”.

Que en esas líneas y en toda su obra se guía por la ética lo evidencia lo que añade: “Solo se salva la justicia. Es inútil esquivar los deberes de la equidad, y los de la fundación”. Valoraba incluso señales del terreno histórico opuesto a su pensamiento revolucionario. Si en “Madre América” acudió a la independencia de los Estados Unidos para llegar a las entrañas de esa nación y estimular el patriotismo en quienes se sintieran deslumbrados por ella, en otras páginas citó ejemplos tomados de la historia de España.

En “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano” empleó la anécdota de los frailes que habían puesto en duda la factibilidad de los viajes de Colón, y en “Crece” va al fondo de la historia de la metrópoli para resumir una realidad de implicaciones que hoy perduran: “España misma, si tiene ahora esperanza vaga de renacer, tiénela por sus nacionalidades, estancadas durante tres siglos”.

En todo caso lo guiaba una verdad esencial: “Las sociedades mueren o viven conforme a su composición y a sus antecedentes: si se salen de ellas, si viven siglos enteros fuera de su armonía natural, y de la obra ineludible, por penosa que sea, de su propio desarrollo, al cabo de siglos reaparecen, cuando se pudre el cuerpo ajeno que viciaron, y recomienzan la labor interrumpida. Ni hombres ni pueblos pueden rehuir la obra de desarrollarse por sí,—de costearse el paso por el mundo. En este mundo, todos, pueblos y hombres, hemos de pagar el pasaje”.

Enaltece el valor del sacrificio, y subraya la necesidad de conocer bien la sociedad en que se actúa, para hacerlo bien. No basaba su prédica en el mero entusiasmo. Sobre la sociedad tenía una lucidez científica opuesta al positivismo colonizado: “La ciencia, en las cosas de los pueblos, no es el ahitar el cañón de la pluma de digestos extraños, y remedios de otras sociedades y países, sino estudiar, a pecho de hombre, los elementos, ásperos o lisos, del país, y acomodar al fin humano del bienestar en el decoro los elementos peculiares de la patria, por métodos que convengan a su estado, y puedan fungir sin choque dentro de él. Lo demás es yerba seca y pedantería”.

Y añadió: “De esta ciencia, estricta e implacable—y menos socorrida por más difícil—de esta ciencia pobre y dolorosa, menos brillante y asequible que la copiadiza e imitada, surge en Cuba, por la hostilidad incurable y creciente de sus elementos, y la opresión del elemento propio y apto por el elemento extraño e inepto, la revolución. Así lo saben todos, y lo confiesan”.

Era consciente de la seriedad de los retos que urgía enfrentar: “En lo que cabe duda es en la posibilidad de la revolución”, y frente a ello expresaba: “Eso es lo de hombres: hacerla posible. Eso es el deber patrio de hoy, y el verdadero y único deber científico en la sociedad cubana”. La revolución exigía la mayor responsabilidad, y él no confundía voluntad con voluntarismo: “Si se intenta honradamente, y no se puede, bien está, aunque ruede por tierra el corazón desengañado: pero rodaría contento, porque así tendría esa raíz más la revolución inevitable de mañana”.

No contaba con que la victoria fuera inevitable, sino con que era necesario hacer la revolución lo más acertadamente posible, para que, de ser derrotada, sirviera de base y ejemplo a la revolución que habría que hacer en el futuro. Pero era vital preparar y hacer la guerra, y no reitera en ese texto, ni en otros, la idea de la posible derrota.

Como confiaba en su pueblo —“y mejor mientras más pobre” (III, 167)—, afirmó: “En Cuba son más los montes que los abismos: más los que aman que los que odian; más los de campo claro que los de encrucijada; más la grandeza que la ralea. Lo que odia, es ralea. La ralea de un pueblo es la gente incapaz de amar. La soberbia: ésa es la canalla. Vamos ensanchando: vamos componiendo: vamos fundando: vamos amando”.

Pero la cita muestra su conocimiento de que en Cuba había abismos, odiadores, encrucijadas, ralea, canalla. Es erróneo idealizar el con todos que, frecuente en textos suyos, es el lema final de su discurso del 26 de noviembre de 1891: “pongamos alrededor de la estrella, en la bandera nueva, esta fórmula del amor triunfante: ‘Con todos, y para el bien de todos’” (IV, 279). En el mismo discurso identifica fuerzas y actitudes que se autoexcluían de esa totalidad.

“Crece” empieza afirmando que “la revolución se salva”, y al final describe la realidad en que debe salvarse: “¿Qué ha de salir de aquella sociedad deforme sino gritos descompuestos: del vicio lastimado, y de la comodidad que no quiere que la turben, y de las pasiones enfermizas y exacerbadas en la moral agonía,—o voces secretas, que inundan el corazón de orgullo y de esperanza? Amemos la herida que nos viene de los nuestros. Y fundemos, sin la ira del sectario, ni la vanidad del ambicioso. La revolución crece”.

Si la revolución no se intentaba, un mal sería no posible, sino seguro: los Estados Unidos se apoderarían de Cuba, y él, el día antes de morir en combate, escribió que todo cuanto había hecho, y haría, era para hacer lo que otros estimarían imposible: impedir esa desgracia. Así trazó el camino para que una revolución futura librase a Cuba de la dominación estadounidense. En ese camino se ubica “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, tema de la segunda parte de los presentes comentarios.

* Las referencias en las citas remiten a José Martí: Obras completas (La Habana 1963-1966, con varias reimpresiones). Los números romanos corresponden a los tomos; los arábigos, a las páginas.

Imagen de portada: Servando Cabrera, Martí, 1972. Tinta sobre papel. Colección Memorial José Martí.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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