El presidente Donald Trump probablemente sea el presidente con mayor número de conflictos graves iniciados, inducidos o conspirados simultáneamente, en un gran número de países en todos los continentes, con la idea de hacer creer que le sobra poderío para provocar incendios sin quemarse, romper el orden mundial como un cántaro contra la fuente, y mostrar músculos cuando, en realidad, esconde debilidades de un modo de producción en decadencia.
Pretende gestionarlos todos de forma exitosa y sin debilitarse, un criterio cuestionable en cuanto se trata de una cadena de hechos en curso que nadie, incluida la ONU, puede pronosticar cómo van a acabar.
La provocación de militarizar con el Comando Sur el Caribe, hundir embarcaciones y sacrificar extrajudicialmente a seres humanos tachados de narcotraficantes por él, sin aportar pruebas ni darles oportunidad de defenderse en un tribunal, secuestrar al presidente de un país sin derecho ni razón, solamente porque así lo decidió, y proponerse matar de hambre y enfermedades a un pueblo entero con un bloqueo feroz para impedir que le lleguen alimentos, medicinas y petróleo, es un crimen de lesa humanidad.
Pero no le interesa ni teme cometerlo, porque su gobierno rompió con el orden mundial y el derecho internacional, y estima que no tiene que pedir autorización, ni siquiera al Congreso de su país, pues la institucionalidad interna ya no existe para él.
Cercar con un arco de fuego a Centroamérica y el Caribe, y repetir el esquema en Sudamérica con el uso de gobiernos subalternos como Ecuador, Perú, Chile, Bolivia, Argentina, Honduras, Paraguay, Trinidad y Tobago, Guyana, Granada bajo la creencia de que puede abatir a corto plazo a sobrevivientes de izquierda como Brasil, Colombia e incluso México, y poner de rodillas a ejemplos de resistencia como Cuba, Venezuela y Nicaragua, es irracional para cualquiera, menos para la mentalidad de Trump.
Considerar que el secuestro de Nicolás Maduro y un hipotético control de PDVSA, frenará a los gobiernos que buscan desprenderse de las ataduras de un comercio condicionado, y de un dólar que los limita en su capacidad de negociación, y han buscado protección y ventajas en los países BRICS que lideran China, Rusia, Brasil, India y Sudáfrica, es una imprudencia temeraria que puede acarrear consecuencias impredecibles para Estados Unidos y el propio Trump.
Tomó esa drástica e ilegal decisión, aun cuando EE.UU. se adentra a un período definitorio para el futuro de la nación con las elecciones intermedias el próximo 3 de noviembre en las que está en juego la mayoría republicana actual en el congreso y la estabilidad o permanencia de la era trumpiana.
También se avecina otra gran contienda política, económica e ideológica en la que Trump está metido de lleno para interferirlas: las elecciones presidenciales en octubre de este año en Brasil bajo la impronta de ser el gigante del sur, el pilar latinoamericano de los BRICS y su independencia será defendida hasta con las uñas porque de los resultados comiciales dependerá que el hemisferio no se desequilibre.
Trump está haciendo lo indecible para quitar del medio a Luiz Inácio Lula da Silva, al igual que hace solapadamente en México para torpedear la Cuarta Transformación que dirige la presidenta Claudia Sheinbaum.
Trump también está con la antorcha en la mano en el caso de América del Norte intentado que Sheinbaum y su colega canadiense Mark Carney, sucumben a un tratamiento como si fuesen los estados 51 y 52 de la Unión, con lo que tanto sueña. Su idea es volar el Tratado de Libre Comercio o T-MEC y convertir la imbricación de las tres economías en una relación de sometimiento.
La intención de apropiarse de Groenlandia por la vía que sea, es también una espada de Damocles sobre la cabeza de Canadá, además de un golpe moral demoledor para Europa si logra su propósito de hacerse de “un pedazo de hielo” como dijo despectivamente, aunque todo el mundo sabe que, debajo de ese gigantesco témpano de más de dos millones de kilómetros cuadrados hay una enorme riqueza en petróleo y otros minerales.
México no ha cedido a las presiones y hace malabares para esquivarlas y, para dolor de Trump, con una mujer de presidenta que lo ha consolidado como la 13 economía más grande del mundo, superando a naciones como Australia y Corea del Sur, y los especialistas no dudan de que, al término de su sexenio, Sheinbaum lo puede llevar al décimo puesto.
En Europa, tanto oriental como occidental, la antorcha de Trump sigue buscando paja seca en países del desaparecido campo socialista para fortalecer el enfrentamiento con la Rusia de Putin a pesar de supuestas y poco creíbles simpatías hacia el jefe del Kremlin, y al igual hace con aliados occidentales a los que denigra y minimiza, en particular Francia y Alemania, que tiemblan por el desdén inédito de EE.UU. hacia la OTAN.
Ucrania, cuya operación especial inició Putin es, sin embargo, una guerra inducida por Joe Biden para posesionarse de sus riquezas naturales y cercar a Moscú, incumplir los acuerdos de Minsk sobre el Donbas y abrir el camino a la OTAN hacia el este. Trump se ha adueñado del conflicto para usarlo como pieza de recambio o negociación en su difícil ajedrez con Rusia, y arma perfecta de chantaje a sus antiguos aliados.
Kiev y la OTAN son dos de los fuegos más peligrosos de los que Trump tiene prendidos en el mundo, y está por ver qué pasará con la alianza atlántica en la cumbre de Ankara de julio de este año.
África tampoco escapa de la antorcha trumpiana. En esa región hay reportados numerosos conflictos militares de los que casi no se habla, una buena parte de ellos incitados por Estados Unidos, aunque otros muchos son de vieja data, pero, igual, Trump los incorpora a su juego, en especial Nigeria, primer productor de petróleo del continente y líder en tierras raras.
En Asia, el centro de la diana al que apuntan los dardos incendiarios de Trump es China. El presidente estadounidense concentra sus provocaciones en el estrecho de Taiwán y en agresiones arancelarias, motivado principalmente por el miedo a que Beijing —como uno de los mayores tenedores de dólares— avance demasiado rápido en la desdolarización que encabeza junto a la India y Rusia.
El temor es que el billete verde deje de ser la moneda internacional en un plazo corto o medio, lo que no daría tiempo a un cambio del sistema monetario y terminaría borrando del mapa financiero al Fondo Monetario y al Banco Mundial. Además, el petrodólar ha desaparecido virtualmente, haciendo innecesaria la comercialización (del petróleo) en esa divisa.
Entre otras muchas razones, esto explica la obsesión de Trump por apropiarse del petróleo donde quiera que pueda, atacar a productores como Irán e intentar recuperar el control sobre Arabia Saudita. El objetivo es recuperar el antiguo dominio de la distribución, transporte, comercialización y refinación del crudo, así como preservar el dólar sobre la base de ese control.
Pero la fase del reinado del petrodólar ya terminó, y ahora busca retomar la hegemonía mediante la fuerza, tal como George Bush hizo con Iraq, y como Trump trata de hacer con Siria, Venezuela, Irán, Nigeria y Groenlandia, entre otros.
Ese pensamiento explica en parte su decisión de compartir el genocidio en Gaza con Israel, la fuerte amenaza a Irán, los ataques a Líbano, la ocupación de Cisjordania, la guerra en Yemen, y otros conflictos creados en la ruta mesoriental del petróleo.
Se dice que en estos momentos hay 55 conflictos militares de alta, media y baja intensidad en el planeta, más allá de los comerciales y financieros. ¿Quién amenaza, mete miedo, rompe normas, reglas, viola derechos y desguaza el orden mundial? ¿Quién propugna cortar el mundo en dos mitades, separar los hemisferios para controlarlos mejor? ¿Quién provoca y dirige las guerras? Estados Unidos, todos. China, ninguno.
¿Quién tiene las mayores posibilidades de quedarse solo, aislado? ¿Quién está reduciendo a la ruina institucional, democrática, moral y ética a un gran país que debería ser un constructor del futuro y no un destructor que podría transformar a Estados Unidos en restos arqueológicos como los pretéritos imperios degollados a sí mismos por su expansionismo? La respuesta es innecesaria (Tomado de Mundo Obrero).
Imagen de portada: Foto de France 24.

