Yasiel Hernández Pérez
—“Llegar hasta aquí es un reconocimiento a nuestra actitud como profesionales. Quiero agradecer a nuestro claustro de profesores, a nuestros amigos y a nuestras familias”.
Esas fueron las palabras que me dijo la inteligencia artificial cuando, por primera vez, le pedí que me ayudara a escribir un discurso para estar a la altura de este momento y procurar la unión de tres carreras en unas pocas palabras. Pero hubo algo que la inteligencia artificial no supo hacer. Entre vocablos, subordinadas, construcciones gramaticales complejas, infinitivos, gerundios e interjecciones, no consiguió escribir poesía. No logró convertir en palabras aquello que hemos vivido desde 2023. O, quizá, desde mucho antes: desde el instante en que, convertidos en números unos y otros en exámenes, comenzamos a trazar el camino hacia la comunicación.
La Real Academia Española define la comunicación como la acción y efecto de comunicar o comunicarse; la transmisión de señales mediante un código común entre emisor y receptor. Pero comunicar es también el destino que, desde distintas disciplinas, elegimos para habitar este espacio terrenal, multimedial, intersensorial, informacional y socialmente complejo. Lo elegimos para intentar transformar nuestro entorno, aunque en ese mismo intento termináramos transformándonos nosotros.
…
Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil…
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.
…
Probablemente, la poetiza Gloria Fuertes, como nosotros, escogió lo difícil. Escoge lo difícil quien renuncia a un trabajo de más horas y mayor sueldo. Escogen lo difícil quienes estudian algo con menos garantías de dedicarse a ello profesionalmente. Escogen lo difícil quienes dejan su hogar a cientos de kilómetros y se enfrentan a la incertidumbre de una ciudad inmensa y desconocida.
Escoger lo difícil es llenar ese vacío gramatical que existe entre lo que somos y lo que soñamos ser. Es escribir para vivir dos veces. Es abrazar la realidad, seducirla, besarla en el cuello, sostenerla por la espalda, mirarla a los ojos… y, cuando haga falta, incomodarla.
En la primera clase de Radio, en segundo año de Periodismo, nos hicieron una pregunta aparentemente sencilla: “¿Cómo suenan ustedes?”
Quizá hoy, para entender cuál ha sido nuestro sonido durante estos años, habría que hacernos otra pregunta: ¿Quiénes somos nosotros?
Somos las tardes esperando el P2, la 176 o la 232. También las veces en que nunca llegaron. Somos las ausencias. Las desmemorias. Somos las andanzas en La Habana, perdidos entre tantos descuidos. Las noches en el Malecón, las lágrimas que en él ahogamos, el salitre sobre el rostro, el frío de la madrugada ciclónica y el calor de medianoche en F y 3.ª.
Somos la incontable cantidad de documentos Word corregidos: versión final, final definitiva, final definitiva ahora sí, final ok. Somos las entregas a deshora, las exposiciones improvisadas y las respuestas incoherentes.
Somos la Copa 16 de Cultura. El orgullo inmenso de entrelazar las manos y decirle a Owen que sí, que haríamos el mejor Festival de la Universidad de La Habana. Somos el decano sosteniendo la bandera bajo aquel aguacero, mientras nosotros, ebrios de orgullo, descubríamos que había sentimientos demasiado grandes para caber dentro del pecho. Somos “Mi amante amigo”, “País”, “Aleluya” y los ritmos sobre el tablón de ABCD.
Somos el sudor de las canchas del Seder, las fatigas, los Caribe, el maratón por San Lázaro y los golpes sobre el tabloncillo. Somos las tintas rojas, los espejuelos violetas, la puerta naranja, la sangre azul. Las discusiones interminables sobre reguetón, industrias culturales, sexualidad, feminismo y comunicación, en la presión de La cafetera. Somos también la tarde en que entendimos que había problemas que ya no podían seguir siendo ajenos y decidimos alzar la voz frente a decisiones que limitaron el acceso a la información y al conocimiento.
Somos toda esa red digital que terminó convirtiéndose en otra aula: los grupos oficiales, los no tan oficiales y los prohibidamente oficiales. Somos los archivos PDF que nunca terminaron de descargarse y que ya el tiempo tampoco permitirá descargar. Somos las canciones a las que regresamos cuando los días se pusieron grises. Somos, también, el recuerdo de quienes no llegaron hasta aquí. De quienes tuvieron que detenerse, posponer el camino o renunciar a él.
Somos la voz frente a la censura, la manipulación y la desinformación. Y quiero creer —porque todavía creo— que seremos parte del cambio comunicacional que este país necesita. Que ayudaremos a construir ese otro país que todavía no existe, pero que comienza siempre con una historia bien contada, una pregunta incómoda o una verdad dicha a tiempo. Habrá que defender, entonces, la ética, la responsabilidad y el profundo sentido público de la comunicación.
Somos, inevitablemente, parte de esos retazos azules que aprendieron a encontrarse en San Pedro, entre Avenida Independencia y Ermita: FCOM, nuestra casa. La que seguirá conectándonos, aunque dentro de unos minutos nuestros caminos comiencen a separarse.
Irnos dolerá. Como la Helena de Eduardo Galeano, tendremos que ponerle rueditas a FCOM para llevárnosla como si fuera nuestra sombra, porque FCOM está hecho, como todos nosotros, de sueños.
Nadie entenderá del todo lo que significa pronunciar “agresivísimo” a todo pulmón. Ni lo difícil que fue investigar detrás de una pantalla cuando hacía tanta falta el contrapunteo cara a cara, la conversación, la contradicción, la duda compartida; incluso la de desafiar a Sampieri y toda su metodología.
Mi deseo es que nunca dejemos de escoger lo difícil. Que no nos acostumbremos jamás al ruido cuando nuestra responsabilidad es escuchar. Que no confundamos la inmediatez con la verdad, ni la información con el conocimiento, ni la comunicación con el simple hecho de hablar.
Que sepamos contar las historias que otros prefieren callar; que aprendamos a ordenar el caos de los datos para convertirlos en memoria y en conocimiento; que construyamos puentes donde otros insistan en levantar fronteras. Nos tocará ejercer en un país complejo, contradictorio y profundamente necesitado de mejores conversaciones. Un país que necesita periodistas capaces de preguntar con honestidad; comunicadores capaces de tender puentes entre las instituciones y las personas; profesionales de la información que comprendan que preservar, organizar y democratizar el conocimiento también es una manera de defender el futuro.
Nos tocará comunicar cuando comunicar sea difícil. Haruki Murakami escribió que, cuando la tormenta de arena haya pasado, no comprenderás cómo lograste atravesarla con vida. Ni siquiera sabrás con certeza si realmente terminó. Pero habrá una verdad imposible de ignorar: la persona que salga de esa tormenta no será la misma que entró en ella.
Ojalá nosotros tampoco. Porque el país que soñamos comunicar también tendrá que ser un país que aprendamos a construir. Y si algún día la tormenta vuelve —porque volverá—, que nos encuentre haciendo aquello para lo que escogimos lo difícil.
Muchas gracias.
Yasiel Hernández Pérez, graduado de Licenciatura en Periodismo.

