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Plattismo: el hijo bastardo

La caricatura tiene el poder de condensar, poderosamente en trazos, ideas y momentos complejos. Ese es, tal vez, el secreto mayor de su fuerza. Lo que de otra forma requeriría extensas disecciones en ella cae de golpe, de una vez, cual si se tratara de una provocación relámpago de los sentidos.

La anterior fue la reacción seguramente de muchos de quienes acudimos  a la exposición del humorístico Palante, en el Centro de Experimentación de las Artes Visuales, que integra las muestras de la 2da. Bienal Internacional de Humor Político.

Una sola de esas obras, como las de otras muestras abiertas, bastaría para darle actualidad y valor al evento, como reflejo nítido de las encrucijadas de nuestro tiempo, en Cuba y en el mundo.

Un mundo y un pueblo que deben decidir si se someten, bajo la presión y el engaño, o se rebelan contra la imposición de un totalitarismo fascista, mentiroso y arrogante, cuyas raíces provienen de una nación que llegó a su fase imperial dejando un rastro terrible de saqueo, expoliación y sangre, que el del que el pueblo cubano no es ajeno, sino víctima central desde que intentó levantarse a la justicia y la independencia.

Por ello, nunca como en estas horas de criminalidad contra Cuba, de saña genocida y castigo colectivo, debemos definir EL LUGAR DE LA BANDERA, ya no solo en nuestras manos, sino en nuestras almas y en nuestros cerebros, como condensa brillantemente una de las obras de la bienal humorística, que denuncia como se nos cuela, a veces hasta sin quererlo, en otras como deformación de las conciencias y de los ideales ese hijo bastardo del anexionismo que es en Cuba el plattismo.

No es un calificativo cualquiera o injustificado el de hijo bastardo para los que carente de fe en la fuerza y la sustancia de su patria dejan arrastrarse a la idea de la traición y el sometimiento a un poder extranjero.

El calificativo de plattista nació como una reacción emocional o despectiva ante aquellos que el Apóstol definió como que pretendían la libertad sin pagarla a su precio.

Como en su momento plantó conceptualmente el líder de la Revolución, Fidel Castro Ruz, al referirse a la Enmienda Platt, calificándola como “hijo bastardo” de la intervención estadounidense en Cuba, por haber nacido de una imposición y no de un acuerdo legítimo entre naciones soberanas. Es la misma imposición, que en tiempos diferentes, se quiere establecer con las órdenes ejecutivas yanquis, que buscan someter la voluntad y la resistencia del pueblo cubano.

La frase, el calificativo para aquellos que quieren ver a su patria sometida o humillada con la ocupación gringa, es una metáfora despectiva de la mayoría patriótica del pueblo cubano hacia la propia enmienda o hacia la relación de subordinación que impuso Estados Unidos con esta, y que hoy pretende sacar de los cementerios de la historia para lograr sus objetivos de ocupación.

El anexionismo actual es ese hijo del plattismo, porque, en parte: el anexionismo es más radical y anterior, mientras que el plattismo es su versión “pragmática” impuesta tras 1901, pero ambos comparten la sumisión a EE. UU., aunque algunos planteen que difieren del objetivo final: en una la absoluta desaparición de Cuba, en la otra una independencia vergonzosamente formal.

Por eso Fidel en múltiples discursos las vincula por su deplorable parentesco y describe el Plattismo como una herramienta o un paso intermedio para lograr el anexionismo, no como algo separado.

En una reflexión escrita en 2007, Fidel expone que el propósito real de la Enmienda Platt era preparar el camino para la anexión. Cita a su propio creador, el gobernador militar estadounidense Leonard Wood, quien en una carta confidencial señaló: “Naturalmente, a Cuba se le dejó poca o ninguna independencia con la Enmienda Platt y lo único consecuente que cabe hacer ahora es buscar la anexión”. Fidel utiliza el adjetivo “bastardo” para calificar el tutelaje o el dominio que impuso la Enmienda Platt. En la Segunda Declaración de La Habana (1962), se refiere a cómo Cuba se redimió a sí misma “del bastardo tutelaje” imperialista. El mismo tutelaje que le espera al pueblo cubano si su digna resistencia fuera doblegada.

Debemos tener clara conciencia de que el plattismo y el anexionismo son dos corrientes políticas históricas en Cuba que, desde diferentes perspectivas, abogan por la subordinación a los intereses de Estados Unidos. Aunque surgieron en el siglo XIX y principios del XX, su debate sigue vigente hoy ante las políticas de máxima presión de la administración Trump. Muchos de sus representantes son los entusiastas promotores del genocidio y de la intervención militar. Quieren que su amo del norte revuelto y brutal les resuelva lo que no han tenido el valor y la fuerza para lograr: la caída de la Revolución en Cuba.

El Plattismo surgió de la Enmienda Platt (1901). Impuesta por EE.UU. como condición para retirar sus tropas, esta enmienda limitaba la soberanía cubana, permitía intervenciones militares y cedía Guantánamo en perpetuidad. Fue una solución intermedia entre la independencia formal y el control directo.

El anexionismo es más antiguo y radical. Propone la incorporación total de Cuba como un estado más de Estados Unidos. Tuvo auge en el siglo XIX entre sectores que veían en la anexión una salida al dominio español o al caos político. El pensamiento antiimperialista de José Martí, que caló en los mayoritarios sectores patrióticos cubanos, entre estos la llama Generación del Centenario liderada por Fidel, devino en la principal antítesis de esta corriente desintegradora de la nación cubana.

Aunque el contexto es muy distinto al de 1900, estas corrientes definen dos posturas opuestas sobre cómo responder a Trump: Sectores de la extrema derecha, ahora rebautizada como trumpista, apoyan la línea asfixiar o doblegar a Cuba por la vía del genocidio para provocar una explosión social y la agresión militar directa.

Sus voceros consideran las órdenes ejecutivas de Trump (bloqueo de combustible, sanciones, designación de Cuba como estado patrocinador del terrorismo, por mencionar solo algunas) como herramientas para provocar un colapso económico y un cambio de régimen, buscando una transición que facilite la disolución de Cuba o su definitivo vasallaje. Quienes así sienten, y en consecuencia actúan, no merecen llamarse cubanos.

La administración Trump, con su nueva filosofía neofascista, les alienta, en su postura de revivir el fantasma de la Enmienda Platt. Al anunciar sanciones e indicar un camino de “negociación” bajo condiciones draconianas, EE.UU. intenta restaurar un estatus de protectorado donde Cuba ceda soberanía a cambio de alivio económico.

Frente a semejantes intensiones solo cabe la hidalguía y rectitud patriótica de figuras como Juan Gualberto Gómez, el hermano mulato de Martí, la figura más relevante y enérgica en la lucha contra la Enmienda Platt.

Elegido delegado a la Constituyente de 1902 lideró la oposición interna a la Enmienda Platt con argumentos contundentes. Denunció que violaba la soberanía cubana, calificándola como algo que equivalía a “entregarles las llaves de nuestra casa” a EE.UU. para que entraran a voluntad.

En la calle y la prensa encabezó manifestaciones populares frente a miles de personas y utilizó la prensa (como La Discusión) para alertar al pueblo. Lo anterior le valió ser calificado despectivamente como un “negrito” y un “agitador” por el gobernador militar estadounidense, General Leonard Wood.

La enmienda se impuso contra el patriotismo criollo en 1902, pero no pudo eliminar la poderosa fuerza e inmanencia de ese sentimiento en el alma cubana, esa fuerza e inmanencia que llevó al triunfo revolucionario de enero de 1959 y que lo sostiene vivo y palpitante en las mayorías cubanas frente a todas las acechanzas y tormentas actuales.

Los adictos históricos a la sumisión, los que relegan al bolsillo trasero la bandera de la Patria, para situar otra en el lugar de privilegio que, por nuestras luchas y honra le pertenece, no son más que cobardes que no tienen el valor de la libertad. Los plattistas, los hijos bastardos del anexionismo, siempre colisionaron con los eternos “agitadores” de la conciencia Patria…

Imagen de portada: Caricatura de la publicación Palante.

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Ricardo Ronquillo
Periodista cubano. Presidente de la Unión de Periodistas de Cuba.

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