En los días posteriores al fin de la guerra de independencia, Dios se le apareció a Liborio –personaje que simboliza al pueblo cubano– mientras este cortaba caña. Exhausto, descalzo y con las manos sangrantes, Liborio le cuenta: “Ya no somos súbditos del rey de España. Ahora somos libres. […] Pero a veces me pregunto por qué la vida es tan dura todavía”. Dios le explica que “en este mundo nada puede ser perfecto, o de lo contrario nadie querría ir al Cielo. El azúcar es dulce, pero cuesta trabajo sacársela a la tierra. El océano es ancho y generoso, pero tiene tormentas súbitas y peligrosas corrientes que te arrastran y ahogan. Cuba misma es tan bella, la perla de mis criaturas, que he tenido que crear la peste, los mosquitos, los erizos de mar y las púas de marabú para que la vida aquí no sea como la del Paraíso”. Y reitera: “Nada puede ser perfecto en este mundo”. Liborio se aferra entonces a una última esperanza: “Pero la libertad no tiene manchas. La libertad sí que es perfecta, ¿no?”. “Para eso –le responde Dios– he creado a los yanquis”.
El académico y cubanólogo Louis A. Pérez, quien adaptara esa “Fábula sin ficción” (de la novela de John Sayles Los gusanos), la completa con esta otra mitad, de la cual extrae la moraleja: Dios creó a los Estados Unidos como una de las grandes naciones del mundo, dotada de un poder inimaginable y de una riqueza nunca antes vista. Pero calculó los peligros de esa suma de poder y de riqueza, y la facilidad con que la complacencia podría trocarse en arrogancia. Dios quería predicar la humildad, para subrayar que el ejercicio del poder, aun dentro de aquella escala sin precedentes, no carecía de límites. Y con el fin de despertar la codicia de los norteamericanos, Dios creó una tierra tan bella como Cuba y la situó cerca de Norteamérica, para que pareciera que el intento de poseerla contaría con el beneplácito divino. Pero Dios también concedió a los cubanos la fuerza moral y la voluntad colectiva necesarias para oponerse a esa pretensión. Los norteamericanos no lograban entender cómo ellos, que podían apoderarse casi de cualquier cosa que desearan, dondequiera que estuviera, no podían tener a Cuba. Cuanto más lo intentaban, tanto más los cubanos resistían. Esto se mantuvo durante casi dos siglos –concluye el académico–, así que el empeño norteamericano de apoderarse de Cuba y la determinación cubana de impedirlo se convirtieron en parte de la idiosincrasia de cada país y en una especie de obsesión para ambos.
He querido recordar esta fábula porque ilustra, mejor que cualquier análisis, cuál es la verdadera causa del conflicto que enfrenta a la Isla con su poderoso vecino del norte. Un año después del triunfo de la Revolución de 1959 el sociólogo estadounidense C. Wright Mills publicó un librito de éxito relampagueante tanto en inglés como en español (Listen, yankee), cuyo narrador, un cubano común y corriente que interpela a su oyente norteamericano, se pregunta: “¿Nos ayudará la elección de un nuevo presidente de los Estados Unidos para 1961?”. A lo que él mismo responde: “No parece probable. Tus dos candidatos han competido tanto en ignorancia como en beligerancia respecto de nosotros. […] ¿Qué debemos pensar cuando Mr. Nixon habla abiertamente de ponernos de rodillas y Mr. Kennedy ‘adopta una posición firme’ y nos llama ‘satélite comunista’? […] Lo único que pueden ver los Kennedy y los Nixon en el mundo es un imaginario escenario militar y ambos lo ven llenos de histeria” (Escucha, yanqui. México: FCE, 2019, p. 47).
Con altas y bajas, con mayor o menor beligerancia y matices de uno u otro tipo, ese panorama se ha mantenido desde entonces y ha forzado a los cubanos a vivir en un estado de excepcionalidad desgastante. Tras la pax obamiana, con la llegada del primer Trump, el añejo e imaginativo entramado del bloqueo estadounidense se enriqueció hasta límites impensados: durante el mandato de este las sanciones fueron sumándose unas tras otras hasta rebasar las doscientas, es decir, más de una por semana como promedio. Entre ellas estuvo la inclusión de Cuba en la lista de países patrocinadores del terrorismo, la cual implica un insaciable hostigamiento económico y financiero. Esa catarata de presiones estimuló –más que cualquiera de las demás causas, no desdeñables– una emigración que se hizo masiva, sobre todo entre los jóvenes, en los últimos años.
La orden ejecutiva firmada por el presidente norteamericano el pasado 29 de enero considerando a Cuba una “amenaza inusual y extraordinaria” contra la seguridad de los Estados Unidos intenta ser el puntillazo final a la Revolución cubana. Dicha orden (tan ridícula como perniciosa) castiga a cualquier país que exporte combustible a Cuba, lo que supone, en la práctica, apelar al estrangulamiento, impedir el más elemental funcionamiento de la sociedad, e imponer una rendición o inducir a través del hambre y la deseperación una explosión social que, en las condiciones actuales, resultaría funcional –más allá de la voluntad de cada quién– a la voluntad imperial.
Adelantándose a tales propósitos, y con similar desprecio al que en los albores del pasado siglo Teddy Roosevelt exclamara orgulloso “I took Panama!”, Trump habla con desparpajo e insolencia de “tomar Cuba” y “hacer con ella lo que quiera”. No es díficil imaginar que añore conseguir, de un modo perverso y cruel, lo que no pudieron catorce administraciones estadounideneses, incluida la suya. Seguramente sueñe también con ver en el litoral habanero grandes hoteles con su nombre estampado en refulgentes letras doradas.
Entre tanto, políticos y medios influyentes de todas parte se dan a la tarea de pensar Cuba a partir de la idea de superchería histórica. Movidos por la urgencia de desmontar el sentido mismo de la Revolución, recurren a formulaciones pertenecientes al campo semántico del sinsentido y la derrota, a la idea de que no hay emancipación posible por esa vía, que la única opción es entre democracia liberal y totalitarismo. Se olvida –pongamos por caso– lo que la Revolución cubana ha significado en materia de dignificación, esperanzas y mejoras concretas para millones de personas, incluyendo su tenaz lucha de décadas por las reivindicaciones del Tercer Mundo. Se pasa por alto el hecho de que alcanzara indicadores de salud y desarrollo humano más avanzados, incluso, que los de algunos países ricos, y de que formara una población educada y a cientos de miles de profesionales y técnicos, tanto cubanos como extranjeros que estudiaron gratuitamente en la Isla. Se pretende borrar su fomento a la cultura y el acceso masivo a ella, así como el orgullo de haber sido una potencia olímpica. Se aspira a diluir en la memoria su incansable vocación solidaria, incluida la decisiva participación –que tantas vidas cubanas costó– en la independencia de Angola y Namibia, y en la derrota del apatheid en África del Sur; tanto como haber llevado personal de la salud a medio mundo, y ser capaz –gracias al desarrollo biotecnológico alcanzado– de inmunizar a sus ciudadanos contra la Covid-19 con vacunas propias.
Pese a esos ejemplos, lo cierto es que Cuba nunca pudo construir la Revolución que quiso, sino la que pudo, tanto por las presiones externas como por limitaciones propias. Y en el camino debió renunciar a buena parte de los sueños. Es fácil, en consecuencia, describir los mil y un problemas y carencias de la sociedad cubana, los vicios y demandas insatisfechas que se mezclan con tropiezos, dogmatismos y problemas estructurales, el desgaste natural y la fatiga que van aparejadas con burocracia, verticalismo y arbitrariedades de diverso tipo. Pero conviene recordar que ninguno de esos males está asociado con la rendición de la soberanía ante el capital, con la desnutrición y los desahucios, con la injusticia social y la humillación de los humildes, con el lavado de dinero y el crimen organizado; y mucho menos con torturas, desapariciones forzadas y ejecuciones extrajudiciales, tan comunes en la historia latinoamericana.
De momento Trump y su siniestro secretario de Estado creen haber encontrado la Solución Final para Cuba. No se trata esta vez de un bombardeo puntual, asesinatos selectivos y el secuestro de un presidente, como en Venezuela; tampoco de una guerra abierta, como en Irán. Para Cuba han elegido, llevada a dimensión nacional, la Fórmula Derek Chauvin, es decir, aquella puesta en práctica por el policía de Mineápolis obstinado en presionar con su rodilla el cuello de un hombre maniatado sobre el suelo. Confortable en su incómoda postura, Chauvin sabía que disponía de todo el tiempo del mundo. A George Floyd, en cambio, le bastaron 8 minutos y 46 segundos para morir asfixiado. Como a Floyd, a Cuba se le reserva la variante de privarla de cualquier entrada de oxígeno, precisamente cuando parece, una vez más, haber quedado sola. Ese es el altísimo precio que se le intenta cobrar a la Isla por haberse atrevido a desafiar el orden imperante, ofrecer una alternativa y haberle sostenido la mirada a los dueños del mundo durante casi siete décadas.
Precisamente en Cuba, en 1898, los Estados Unidos emergieron como potencia mundial. El “siglo americano” se inició con la derrota de las tropas españolas, a las que los cubanos se habían enfrentado a lo largo de treinta años solo para ver que, en una guerra relámpago, el ejército norteamericano se apoderaba del triunfo. Está por ver qué papel vuelve a tocarle al imperio, ahora declinante, en su nueva y pretendida aventura en la Isla. En cuanto a Cuba, ante el peor (aunque no imposible) de los escenarios, vale la pena recordar algo que expresaba el poeta Roberto Fernández Retamar en 1991, cuando para los cubanos el panorama, tras la desaparición de la Unión Soviética, no podía ser más sombrío. Recordaba él a muchos de los grandes derrotados de la historia y afirmaba que no había razón para creer que nuestro proyecto tenía necesariamente que ganar, y que, de hecho, “una de las cosas hermosas que tiene […] es que parece que tiene casi todas las de perder”. Pero “subirme en el carro de los yanquis porque ‘inexorablemente van a ganar’”, remataba, “es una meta repugnante que sería razón suficiente para que no me subiera a ese carro”.
Lo cierto es que el proceso cubano sobrevivió a aquel duro trance. Y aunque la historia puede depararnos un futuro inmediato no menos sombrío, ella no concluirá tras los hipotéticos 8 minutos y 46 segundos a los que quieren condenarnos. No hay que olvidar que si bien es cierto que Dios creó a los yanquis para que los cubanos conocieran los límites de la libertad, también es verdad que decidió crear a estos para que aquellos conocieran los límites de su prepotencia.
La Habana, 18 de marzo de 2026
PD. Escribo entre apagones que pueden durar, en esta privilegiada capital dentro del contexto cubano, doce horas diarias, como parte de una angustiosa cotidianidad que ha pasado a formar parte de nuestras vidas. Es más: la semana pasada, en medio de una intervención quirúrgica a la que me sometí, pude vivir el momento en el que el hospital quedó a oscuras. Los cirujanos ni se inmutaron; siguieron adelante con la poca iluminación que se filtraba a través de la puerta de cristal. El joven anestesista sacó el celular de su bolsillo y dirigió la luz a mi abdomen durante el tiempo que demoró en entrar en funcionamiento la planta de energía del hospital. Hoy tuve la primera consulta posoperatoria. El médico me encontró muy bien (Tomado de la Revista Cult).

