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PERIODISMO HISTÓRICO

Cincuenta años de la matanza de Vitoria: la impunidad de un crimen de Estado

Andoni Txasko perdió su ojo derecho en la feroz represión desatada el 3 de marzo de 1976 en Vitoria/Gasteiz contra cientos de trabajadores en huelga mientras celebraban una asamblea en la iglesia de San Francisco del barrio de Zaramaga. La policía nacional abrió fuego contra ellos sin contemplaciones. Aquello fue una encerrona mortal. Hubo palizas, miedo en las calles y sangre en las aceras. Mataron a cinco personas: Pedro María Martínez, Romualdo Barroso, Francisco Aznar, José Castillo y Bienvenido Perea. Hubo 150 heridos. En las comisarías se generalizaron las torturas, incluyendo simulacros de ejecuciones a detenidos. Las incomunicaciones indefinidas eran otra costumbre aterradora. La ciudad quedó espantada por la brutalidad ejercida por las fuerzas de seguridad franquistas. Franco llevaba muerto apenas tres meses pero comenzaba el tiempo de Martín Villa y de Fraga. Los estragos que causaron fueron profundos e irreparables. “Hay un antes y un después del 3 de marzo. Franco llevaba muerto cien días y la situación en la calle era convulsa entre quienes querían blanquear la dictadura con una Transición dirigida por ellos mismos y quienes aspirábamos a romper con todo aquello para crear un espacio de libertades, no sólo sociales y democráticas, sino también de justicia social”, explica Andoni Txasko, que ahora apuesta por seguir la senda abierta por la desclasificación de los documentos sobre el 23F y así poder desenmascarar definitivamente los crímenes perpetrados por uniformados durante la Transición. “Siempre que hemos intentado acceder a estos documentos nos los han negado. A ver si a partir de este año, que se conmemora el 50 aniversario, hay cambios”. Txasko recuerda que Rodolfo Martín Villa era el ministro de Relaciones Sindicales y Manuel Fraga, el de Gobernación. Bajo su mandato, la policía recibió instrucciones de actuar sin miramientos, incluida la de tirar a matar, contra cualquier protesta que perturbara el devenir del proceso político que se estaba diseñando.

Rodolfo Martín Villa, uno de los responsables políticos de la masacre en Vitoria. Foto: El Salto.

Hay decenas de pruebas. Por ejemplo, las grabaciones de Martín Villa reconociendo que disparar contra los obreros encerrados en la iglesia de San Francisco fue una decisión política destinada a acabar con un método de lucha inadmisible para quienes empezaban a tejer la Transición con los hilos del franquismo. Fraga, que aquel día estaba de viaje en Alemania y había delegado su responsabilidad en Adolfo Suárez, advirtió que los cinco asesinatos fueron la consecuencia de alterar el orden que había establecido el Gobierno de Carlos Arias Navarro. Un aviso de autor, como enseñanza y advertencia. El próximo martes se cumple el 50 aniversario de la matanza. Después de largos años de litigios y negociaciones, la Asociación Martxoak 3 ha logrado que el Estado al menos haya reconocido como víctimas a las cinco personas fallecidas y que, al fin, la parroquia donde se perpetró la matanza vaya a ser catalogada como lugar de memoria. Pero sigue existiendo un espacio vacío en la legalidad que nada tiene que ver con los homenajes y los recuerdos. “Hablo de la responsabilidad de aquellos sucesos. La verdadera reparación para nosotros vendrá en la asunción de la responsabilidad principal y directa del Estado en aquellos crímenes. Eso sería un reconocimiento digno para las cinco víctimas en el 50 aniversario de su muerte”, sentencia Txasko.

A Imanol Olabarria se le humedecen los ojos cuando rememora aquellos dramáticos sucesos. Su mente se traslada de una escena a otra hasta que se detiene en el punto exacto donde cayó malherido Pedro María Martínez Ocio con un balazo en las costillas. “Vi a mucha gente en el suelo delante de la iglesia. Agarré a uno de ellos y lo saqué de allí a rastras. Era un trabajador de Forjas Alavesas llamado Julio Ruiz. Estaba gravemente herido. Le habían pegado dos tiros. Sangraba abundantemente. Lo metimos en un coche y lo llevamos al hospital”, recuerda emocionado. Olabarria trabajaba en la empresa CableNor de Vitoria y formó parte de las comisiones representativas que cada fábrica tenía para negociar siguiendo los patrones impuestos desde el Sindicato Vertical para mantener dividida a la clase obrera. Pero el cerco al franquismo ya era muy estrecho.

El 9 de enero de 1976 representantes de compañías punteras como Forjas Alavesas decidieron comenzar una serie de huelgas para reclamar 40 horas de trabajo semanales y una subida salarial de 4.000 pesetas para todos los operarios del país. Cada fábrica que detenía la cadena de producción era ocupada inmediatamente por sus obreros durante los tres o cuatro días para coordinar los pasos a seguir en aquel momento crucial. “Aquellas asambleas se convirtieron en una escuela para todos nosotros. Allí descubrimos nuestra fuerza, la libertad para hablar de nosotros mismos. Claro que nos advirtieron de que lo que estábamos haciendo era ilegal pero ya no bajamos la cabeza”, añade Olabarria que a sus 88 años mantiene su privilegiada mente en plena forma.

En aquel clima se orquestaron los acuerdos intersectoriales para convocar una gran huelga general, la primera desde la República, para el 3 de marzo. Ese día 4.000 trabajadores de distintas empresas vitorianas acudieron a la asamblea informativa convocada en la iglesia de San Francisco. Contaron con el apoyo de un puñado de curas de barrio a los que la reaccionaria jerarquía católica llamaba “rojos”. Hubo disparos y heridos desde primeras horas de la mañana, pero fue a las cinco de la tarde cuando se desató una lluvia de fuego.

Un bullicio de gritos reveló a los huelguistas que la parroquia había sido acordonada “por decenas de grises fusil en mano” dispuestos a disolver aquel imaginario ‘soviet’ que conspiraba para derrocar a un Estado desfallecido que acababa de perder a su dictador. Y arremetieron con todo. Primero gasearon el interior del recinto. La gente, huyendo de aquel humo asfixiante, trató de alcanzar la calle por la puerta trasera. La encerrona preparada apenas había comenzado. En el exterior aguardaban varias decenas de agentes armados. Más golpes y nuevos disparos. Tres trabajadores caen abatidos por las balas. Otros dos fallecen poco después con heridas letales en el vientre y en el costado. El pánico se extendió como el humo de los tóxicos gases por Vitoria. La hermana de una de las víctimas, la de Pedro María Martínez Ocio, recuerda el terrible momento en el que su familia conoció la noticia: “Mi madre cayó en un estado de shock entre llantos y gritos. A partir de ahí, la vida fue totalmente diferente a la que teníamos. Era la oscuridad, la tristeza, la pena, el sufrimiento y el dolor. Todo junto”.

Manuel Fraga. “Que este triste ejemplo sirva de lección a todo el país en los próximos meses”.

Al día siguiente, Vitoria fue incapaz de despertar del mazazo recibido. Toda actividad comercial, estudiantil, laboral o comunicativa permaneció cerrada a cal y canto. Las calles quedaron inusitadamente vacías bajo la atenta vigilancia de policías, reforzados por patrullas de la Guardia Civil. Al mediodía, apareció Manuel Fraga en la televisión. Con su voz atropellada, su inflamada retórica y sus insinuaciones beligerantes declaró: “Que este triste ejemplo sirva de lección para todo el país en los próximos meses”. En ese preciso momento, Andoni Txasko estaba siendo golpeado por un grupo de antidisturbios en una esquina cercana a la iglesia de San Francisco. “Fui con tres compañeros para ver cómo habían quedado los alrededores tras los graves disturbios del día anterior. Todo estaba desierto. De repente, vimos  una furgoneta de la policía aproximarse hacia nosotros. Recelamos cuando varios agentes bajaron de los vehículos. Empezamos a correr en sentido contrario. Cuatro jeeps nos cerraron el paso. A mí me tiraron contra una pared y comenzaron a golpearme. Me cubrí la cabeza hasta que ya no pude más y les pedí que pararan porque tenía un problema en el ojo izquierdo. Entonces, me levantaron del suelo, me agarraron de los brazos para que no pudiera taparme y empezaron a pegarme en el rostro”. Txasko perdió un ojo aquel día y hoy sólo conserva un 2% de la visión.

También Imanol Olabarria sufrió su calvario. Fue detenido al día siguiente de la matanza por dos sujetos de paisano que le estaban esperando. Le introdujeron en un coche camuflado y le enviaron a la comisaría central de Vitoria, primero, y a la Dirección General de Seguridad de Madrid, a la Real Casa de Correos de la Puerta del Sol, unas horas más tarde. Tras un breve interrogatorio y varios puñetazos después, le trasladaron a la cárcel de Carabanchel donde permaneció en la galería de menores durante dos meses. Olabarria admite que nunca imaginó que se encontraría ante nada semejante. Allí compartió largas conversaciones con un joven trotskista madrileño y un grupo de pacifistas que acababan de ser detenidos. “El 3 de marzo me ha dejado un sabor agridulce. La amargura es porque un crimen de aquellas proporciones, con cinco muertos y más de cien heridos, y que está tan documentado, siga impune. Nadie ha sido procesado por ello ni siquiera abrieron un expediente sobre la matanza. Nada. Lo gratificante es que rompimos con el individualismo, tomamos conciencia de clase y acabamos con la sumisión que pedía Fraga”, concluye Olabarria.

Desde entonces, la Asociación de Víctimas Martxoak 3, y Memoria Gara, han avanzado en la recuperación de un monumento de memoria sobre la Iglesia de San Francisco. Un templo desacralizado que hoy amenaza ruina, desmoronado por el abandono, y quizá herido en su propia estima arquitectónica. No tiene la planta cruciforme tradicional de otras iglesias. Es bastante transgresora, levantada con hierro y pizarra fue concebida como un ágora para el encuentro. Un lugar excelente para celebrar reuniones. Las monjas dominicas la utilizaron durante muchos años para exhibir belenes. “Nosotros hemos propuesto que el proyecto de restauración nazca de la participación ciudadana. No queremos que sea un memorial destinado a mostrar las bondades de la transición democrática, algo que para nosotros constituye una visión cuando menos parcial y discutible que sólo conduce a la división en lugar de al consenso. Nos gustaría que tenga en cuenta las luchas que desembocaron en la masacre del 3 de marzo de 1976 como parte de un impulso popular hacia la democracia”, apunta el historiador Julen Díaz de Argote que colabora con ambas asociaciones memorialistas cuando su trabajo se lo permite.

Funeral por las cinco víctimas de la matanza del 3 de marzo de 1976 en Vitoria-Gasteiz. Foto: CTXT.

Frente a la iglesia han erigido un monolito. Está en el punto exacto donde murió Pedro María Martínez Ocio. En medio del caos alguien dejó escrito con sangre la palabra “Justicia”. Ahí hincaron la simbólica escultura. Fueron los compañeros de Martínez Ocio en la empresa Forjas Alavesas quienes en 1984 decidieron construir una peana con forma de puño sujetando cinco barras de hierro, una por cada asesinado el 3 de marzo de 1976. Desde entonces, ha sido el origen de fuertes tensiones. El memorial nunca ha sido institucionalmente reconocido. “En tiempos de Felipe González, diez años después de los sucesos, enviaban a la policía y retiraban el monolito pero al día siguiente volvían a reponerlo con el apoyo de la gente del barrio”, recuerda Díaz de Argote. Pero la vida sigue y se producen cambios. Todos los años se celebra aquí la tradicional ceremonia en recuerdo de las víctimas y las autoridades se las ingenian para pastorear las angustias inolvidables de aquellos días funestos. Nada de arrepentimientos. Nada de compasión ni de críticas a los responsables de la transición que provocaron la matanza. “Negándose a reconocer que aquello fue un crimen de Estado, mantienen la impunidad de aquellos actos y de gente como Fraga o Martín Villa”, añade Andoni Txasko. “Que nadie olvide que el 3 de marzo fue una lucha común obrera, al principio contra unas condiciones laborales indignas, y luego por nuestros derechos a la reunión, a la expresión y a la manifestación”, concluye Imanol Olabarria. En el homenaje de este año se espera la presencia de una multitud. Se escuchará poesía, música y recuerdos. Y se vertirán tantas lágrimas que ni siquiera un aguacero logrará disimularlas (Tomado de CTXT).

Imagen de portada: Víctimas de la masacre del 3 de marzo en Vitoria. Foto de Público.

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Gorka Castillo
Reportero de CTXT y otros medios.

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