No es ocioso afirmar que el actual nubarrón bélico que se cierne sobre Irán ha transmutado de un lento goteo: ataques selectivos de Tel Aviv a objetivos persas dentro y fuera de suelo iraní, hasta una profusa catarata: conflicto explícito, clásico, Teherán – Washington.
Los acontecimientos han dado un salto desde el histórico enfrentamiento regional, siempre latente, entre Israel e Irán (donde la mayoría de los gobiernos norteamericanos jugaban un aparente rol de muro de contención a Tel Aviv y de verdugo sancionador hacia Teherán) hasta un cruento cara a cara entre Irán y la Casa Blanca, fuertemente aderezado con agresividad militar de primera línea, tal y como mostraron los bombardeos estadounidenses contra instalaciones nucleares persas en junio pasado.
En los últimos dos años, la evolución del conflicto ha sido rápida, y yo diría que un tanto inesperada sobre todo para quienes un año atrás veíamos como improbable que cazas estadounidenses intentaran perforar el corazón del programa nuclear iraní.
Guerra en Gaza, el punto de giro regional
Cuando estalló la guerra en Gaza, en pleno Gobierno de Joe Biden, hacía poco tiempo Irán y Estados Unidos habían intentado reeditar su siempre turbulento proceso de diálogo sobre el Programa Nuclear de Teherán.
Los sucesos del 7 de octubre de 2023, y el posterior genocidio perpetrado por Israel contra los palestinos en su desproporcionada respuesta militar a HAMAS, desaceleraron la posible restitución del acuerdo nuclear (Plan de Acción Integral Conjunto) de 2015, dinamitado por durante el primer mandato de Donald Trump.
Tras ese punto de giro regional, Israel comenzó a perpetrar su hoja de ruta para intentar aislar y luego atacar directamente a Teherán.
Ataque al consulado iraní en Siria: el pulso del conflicto se acelera
En abril de 2024, Tel Aviv lanzó un ataque contra el Consulado de Irán en Siria. El suceso aceleró el pulso del conflicto, al traer consigo la posterior respuesta militar de Teherán, cuando lanzó la llamada operación Verdadera Promesa l.
Fue, además, un mensaje muy bien formulado: los mísiles iraníes llegaban a los territorios ocupados por el sionismo. La latencia del conflicto pasó entonces a un segundo plano, dando lugar a una frontalidad inédita, con su punto clímax en la guerra de los 12 días, en junio pasado.
Israel lo vuelve a hacer: el asesinato de Haniyeh en Teherán
Cuando parecía que Tel Aviv, como suele decirse en los juegos de niños, “se había quedado dado” por los misiles persas en abril de 2024, la calma relativa del huracán que es Oriente Medio volvió a perturbarse.
En julio de ese año, el líder del Movimiento de Resistencia Islámica de Palestina, HAMAS, Ismail Haniyeh, acudió a la capital iraní para asistir a la toma de posesión del actual presidente Masud Pezeshkian, quien ganó las elecciones tras el trágico accidente aéreo de su predecesor, Ebraim Raisi.
En una residencia en Teherán, tras asistir al evento político, Haniyeh fue asesinado por uno de esos recurrentes “ataques selectivos” del sionismo, que continuamente vulneran la soberanía de las naciones en esa región.
Retornó así la crisis acción israelí/ respuesta iraní, gestionada en esa ocasión por la vía diplomática, que logró retrasar hasta octubre del propio año una segunda oleada de misiles lanzada por Irán, en represalia por atacar a ese líder de la resistencia palestina dentro de sus fronteras.
De tal suerte, el primero de octubre de 2024 Teherán lanzó la operación Verdadera Promesa ll, también en reacción por el asesinato en septiembre de Hasan Nasralá, líder de Hezbolá de El Líbano, otro bastión importante de la resistencia al sionismo en Oriente Medio.
La caída de Al Asad y la reelección de Trump: otro intento de jaque a Irán en el tablero geopolítico de Oriente Medio
Tras concretarse un acuerdo de alto al fuego (vulnerado hasta la saciedad por fuerzas sionistas) entre Israel y Hezbolá del Líbano, nuevamente la calma quedó en el plano de la añoranza. Siria, en ese entonces un actor regional clave en la resistencia a la ocupación israelí, vio caer a su presidente, Bashar Al Asad, en menos de quince días, durante los sucesos que conmocionaron a ese país en diciembre de 2024.
Pero no bastó con el viraje de poder en Damasco: la posterior reelección de Donald Trump complicó aún más el ya tenso escenario para Irán.
Desde entonces, la política estadounidense pasó de contener a Israel (en el plano diplomático, pues en el militar siempre ha suministrado armas) a alentar la embriaguez guerrerista de Tel Aviv contra Teherán y desplegar una retórica amenazante, donde el propio Trump vociferó constantemente que bombardearía Irán si no llegaba a un acuerdo nuclear (que respondiera a los intereses de Washington).
De esas aguas emanaron los lodos de junio de 2025, cuando La Casa Blanca acompañó a Netanyahu en el ataque a instalaciones nucleares persas.
Acuerdo justo o desarme de Irán. La Balanza de Washington se inclina siempre hacia la segunda… ¿opción?
Tras la mencionada campaña de comunicación llena de intimidaciones contra Irán, y ataques militares a suelo yemení, en abril y mayo del pasado año, Estados Unidos y el país persa reeditaron otro capítulo de sus diálogos sobre el programa nuclear de Teherán. La guerra se ceñía sobre el otrora imperio persa en el primer semestre de 2025, cuando comenzó el fallido intento de negociaciones en Mascate, la capital omaní.
Una semana tras otra, representantes de Estados Unidos e Irán se toparon cara a cara, en un dramático ajedrez donde Washington no dejó de intimidar con un posible jaque mate si no se concretaban sus demandas, inviables para Irán, que siempre dibujó sobre la mesa de conversaciones la línea roja de su seguridad nacional.
Estados Unidos no pedía una reducción, sino llevar a cero el enriquecimiento de uranio, y que Teherán abandonara su programa de misiles, y se desvinculara de los movimientos de resistencia regionales.
Por su parte, Irán se aferró a su soberanía con un NO rotundo a todo cuanto la pusiera en riesgo, mientras Washington jugó su rol recurrente del enemigo que ataca por la espalda.
Tras el anuncio de una nueva sesión de las conversaciones, cuando todos apostaban por la paz momentánea que acarrea el diálogo, Washington dio luz verde a Tel Aviv para llegar a la última parada en su hoja de ruta: atacar a Teherán.
Así, en la madrugada del 13 de junio de 2025, el cronómetro del conflicto parecía llegar a su final con los ataques israelíes a suelo persa. Pero tras 12 días de encarnizados intercambios de fuego, un alto a los combates entre las partes envió la señal al binomio fatídico Netanyahu/ Trump de que con Irán las cosas no son tan simples, y sobrevino una pausa.
Meses después, cuando regía otra calma aparente en la región, las tensiones entre Teherán y Washington recobraron la temperatura de junio pasado.
El discurso estadounidense de Acuerdo Nuclear (desarme de Irán, mejor dicho) o Guerra, recobró vitalidad, y han vuelto al ruedo los intentos de negociaciones, los encuentros en Mascate, el intercambio de posturas, y sobre todo, las amenazas de Estados Unidos con portaaviones y aviones cazas en mares cercanos a territorio iraní.
La administración Trump ha intentado reactivar esa, su vieja fórmula intimidatoria: la propuesta de pactos de “paz” paralela al asedio militar, tras las multitudinarias protestas acontecidas en Teherán, por cierto, un asunto interno que solo compete y puede resolver Irán.
Otra vez la nación persa ha debido marcar posturas y, como siempre suele hacer, poner su soberanía sobre la mesa de diálogo, consciente del vasto historial de falsos acuerdos de paz impulsados por Estados Unidos, que cuando equivalen al desarme abren la puerta a Washington para que entre a “finalizar el trabajo”, y en nombre de la “paz” inicie guerras contra países que creyeron en sus “buenas intenciones”.
Libia podría ser el ejemplo más ilustrativo: firmó la “paz” en 2003 y vio morir, a manos de Estados Unidos, a su líder Muammar al Gadafi en 2011. Y eso Irán lo sabe, lo sabe muy bien.
Imagen de portada: Centrifugadoras de gas utilizadas para el enriquecimiento de uranio. Foto de TVN24.

