fbpx
LA CRONICA

Calzada del Diez de Octubre

Desde los contrafuertes sombríos, oscurecidos por el hollín, el polvo y el tiempo, la mirada asciende hasta los capiteles de las casonas, circunda las anchurosas columnas y luego se pierde en el intenso sopor del mediodía o el azul profundo de la noche. Serpentea la vereda en el recorrido extenuante y fragoroso y su nombre, La Calzada del Diez de Octubre, suscita un sacudimiento al evocar al hacendado Carlos Manuel de Céspedes, cuando, en un ingenio del Oriente del país, declaró la guerra a España por la independencia del archipiélago con la misma vehemencia con que concedió la libertad a sus esclavos. Aquella partida de fieles que escucharon sus palabras sin comprenderlo del todo, y sin saber qué hacer sin las rutinas de la finca La Demajagua, se echaron a la manigua con la excitación y el arrebato de los libres. Los cubanos en armas ponían la piel a las balas del máuser y terminaban venciendo por la pujante decisión con que embestían, inspirados en la pasión libertaria y el desprecio a la opresión.

Pero este tramo entrañable de ciudad, que como un río de aguas profundas la recorre, la abraza, la acaricia, se detiene en sus bordes y guarda las paredes antiguas, la piedra húmeda y desgastada donde la mano reposa en el tiempo, no puede soñarse sin su denominación anterior La Calzada de Jesús del Monte, sin los inspirados versos hilados con los portales, la iglesia, las casas, la quinta, la muchacha, la tela, el negro en las imágenes, la nostalgia de la tarde y el sitio en que también se está, mientras una comadrita vacía acompasadamente en su vaivén lento, en el patio interior, pide al poeta el regocijo de la costumbre, que se alcance las cuartillas para anotar la luz y el encanto. Entre la penumbra y la claridad se escuchan sus palabras: Eliseo Diego escribe y el silencio, callado, espera a que se deslice la estructura de la maravilla:

“En la Calzada más bien enorme de Jesús del Monte/

donde la demasiada luz forma otras paredes con el polvo/

cansa mi principal costumbre de recordar un nombre,/

y ya voy figurándome que soy algún portón insomne/

que fijamente mira el ruido suave de las sombras/

alrededor de las columnas distraídas y grandes en su calma.

Cuánto abruma mi suerte, que barajan mis días estos dedos de piedra/

en el rincón oculto que orea de prisa la nostalgia/

como un soplo que nombra el espacio dichoso de la fiesta.

Al centro de la noche, centro también de la provincia,/

he sentido los astros como espuma de oro deshacerse

si en el silencio delgado penetraba (…)”.

Ilustración: Isis de Lázaro.

Foto del avatar
Katiuska Blanco Castiñeira
Katiuska Blanco Castiñeira (La Habana, 1964). Periodista y ensayista. Fue corresponsal de guerra en Angola y redactora del diario Granma durante más de diez años. Es autora de libros como Ángel, la raíz gallega de Fidel, Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, y Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap