Ver la atención que en nuestro país han recibido las personas damnificadas por el tornado que afectó la capital del país —como en otras ocasiones lo han sido los dañados por huracanes, inundaciones y otros fenómenos— me lleva a reflexionar en el hecho de que el idioma que hablamos es parte de nuestra vida y de nuestra historia.

Por eso, aunque en medios de comunicación extranjeros crece el empleo de vocablos como sintecho —ya asentado desde hace algunos años— y sinhogarismo, entre nosotros poco o nada se oye de ellos.

Sintecho es el sustantivo utilizado habitualmente para designar a aquella “persona que carece de vivienda y, generalmente, de cualquier medio de vida”. En este caso se prefiere escribirlo en una sola palabra —al estilo de sintierra, simpapeles—, aunque no es un error hacerlo en dos. Sin embargo, sin hogar y sin voz hasta el momento se ven menos aceptadas con una grafía unitaria. En cuanto al número, es habitual —y no se considera incorrecto— mantener el término invariable (los sintecho), aunque no hay razón para no emplearlo en plural (los sintechos).

Ahora, para referirse a la condición de la persona sin hogar, se escucha y se ve sinhogarismo, que está bien formada en español (sin- + hogar + -ismo).

Estas palabras, que han ido incorporándose al léxico español para reflejar a esos sectores sociales carentes de tantas cosas en el mundo de hoy, existen y tenemos que conocerlas porque en el mundo vivimos; pero —repito— poco o nada tienen que ver con nosotros. En Cuba cualquiera se queda sin techo, pero no por eso se convierte en un sintecho.

 

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