Nuestra causa no ha variado en esencia, pero sí en dimensión

Premiación del Concurso Periodístico 26 de Julio y entrega de la Medalla Conmemorativa 55 aniversario de la Upec (Foto: Trabajadores)

Palabras de Tubal Páez Hernández, presidente de honor de la Upec, en el acto premiación del Concurso Periodístico 26 de Julio y entrega de la Medalla Conmemorativa Aniversario 55 de la Upec, efectuado en el Salón Solidaridad del Hotel Habana Libre, el 10 de julio de 2017.

Compañeras y compañeros:

Cuando Aixa Hevia en nombre de la Presidencia de la Upec me pidió que yo pronunciara las palabras finales de esta conmemoración, como siempre acepté, pero al rato sentí la enorme carga sobre mis hombros, y también sobre la memoria y el corazón.

Cuántos acontecimientos, cuántas vidas, cuánta noticia, cuántas experiencias, cuántos compañeros… Está muy bien el lema del Congreso: “La verdad necesita de nosotros”, en presente permanente, pues antes y el futuro necesitará de nosotros, como nosotros necesitamos también la verdad.

Oímos, sobre todo en las últimas horas, en boca de los jóvenes de la FEU: “Yo soy Fidel”. Eso nos conmueve, particularmente al recordar al Comandante en Jefe cuando nos dijo, entusiasmante y entusiasmado ante el futuro, aquello de yo soy ustedes, o más exactamente: “Considérenme uno de ustedes”.

Hoy celebramos la fundación de la Upec y una etapa de tiempo en la que varias generaciones de colegas han entregado una parte sustancial del valor de sus vidas a la organización, y al ejercicio de la profesión.

Obligado es, pues, recordar en primer lugar a los que encabezaron la Upec, e iniciaron una tradición de no eludir los sacrificios y el deber de trabajar para los demás, y ya no están. Me refiero al primero y menos mencionado: a Honorio Muñoz, a quien tocó arrancar sin recursos prácticamente, en medio de las tormentas políticas de aquellos años; a Ernesto Vera, un gigante de la ética y la honradez; a Julio García, de un talento tan grande como su modestia, y a Antonio Moltó, un torbellino de iniciativas permanente.

Todos brillaron como exponentes de lo mejor de la intelectualidad cubana.

No hay periodismo grande sin causa grande, reflexionó el líder de la Revolución Cubana, un día entre nosotros.
La misma causa grande a la que Martí se había entregado en silencio hasta caer en Dos Ríos; la misma del día en que Fidel se dio cuenta de su destino verdadero al ver una casa campesina bombardeada en la Sierra, o aquella de una Revolución que hicimos “más grande que nosotros mismos”.

La causa no ha variado en esencia, pero sí en dimensión. Ahora la realidad es más compleja y no vemos su verdadero rostro, si no la estudiamos con el mismo rigor y pasión de aquellos que aleccionaron a la historia con el todo es posible, si se está dispuesto a afrontar el precio que implica.

La desigualdad en el mundo se ha polarizado a extremos inimaginables. El uno por ciento de la humanidad controla más de la mitad de la riqueza del planeta, y un 20 por ciento más rico posee el 94,5 por ciento de lo creado por otros. El 80 por ciento restante debe conformarse con solo un 5,5 por ciento. Las grandes masas de marginados no pueden beneficiarse de las colosales concentraciones del capital, que se destinan ahora a la inversión en tecnología para su reproducción y al establecimiento de un Estado policial global.

Todo ello esconde las nuevas modalidades y verdaderas esencias e indecencias de la explotación. ¿No estamos de nuevo ante una causa grande? ¿Virarían la cara los periodistas cubanos y su organización ante este escenario del cual
formamos parte? ¿Dejaríamos de ser referencia y esperanza de los desesperados? Claro que no.

Poner en orden nuestras ideas, y abrirle camino al discurso del periodismo cubano como contribución indispensable para esclarecer el futuro de la Patria socialista, siempre ha sido la esencia de nuestros congresos en las distintas circunstancias en las que se han desarrollado.

Y este, seguro estoy, no será distinto. Juan Marrero nos ha dejado una base referencial de cada congreso, de quienes nos acompañaron desde el primero: el presidente Dorticós, Raúl, y por supuesto Fidel. En todos el decursar de estos 55 años se evidencia el camino de lealtad, entrega y compromiso de los periodistas revolucionarios cubanos, donde no han faltado ni el sacrificio ni la sangre de su parte, como tampoco el enfrentamiento a los que obstaculizan el ejercicio de la profesión, o atacan, mienten, tergiversan la realidad o de los que relatan las cosas desde la otra acera.

Jamás hemos ocultado las deficiencias, la superficialidad y nuestros propios errores, que han estado siempre también en cada encuentro de carácter profesional y en los procesos orgánicos. La Upec nació vestida de verde olivo, y sus afiliados reportaron desde las montañas, o el llano, en la lucha contra bandidos, en Girón, o en la Campaña de Alfabetización, y no flaquearon, y ratificaron años después sus ideas en las misiones internacionalistas militares y civiles. Su papel aglutinador de los profesionales de la prensa, cuyo desempeño y resultados es ahora mayor, no es menos trascendental. Tiene en sus filas a una masa creciente de jóvenes preparados y capaces, cuya
sangre necesita que corra también por las venas de su organización.

Los premios entregados hoy en el Concurso 26 de Julio los muestran haciendo historia de la buena. Interpreto el agradecimiento y honor de quienes hemos recibido esta tarde la placa 55 aniversario de la Upec, sabedores de que en ninguno anida la vanidad, defecto número uno de los seres humanos.

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