José Martí, quien desde 1880 estaba radicado en Nueva York —con una breve estadía de seis meses en Venezuela (1881)—, había observado y estudiado minuciosamente el desarrollo de esa nación y había comprendido sus apetencias imperialistas y el peligro que significaba para los pueblos de la América hispana. Muchas de sus reflexiones fueron concretadas en “Nuestra América”, un documento que vio la luz hace ya 127 años. 

A finales del siglo XIX, Estados Unidos se presentaba como una potencia lista para participar en el banquete por un nuevo reparto del mundo.

El primer asentamiento de emigrantes provenientes de Inglaterra en el territorio que hoy pertenece a Estados Unidos se había producido en Jamestown (14 de mayo de 1607), una isla del río James, en el condado de James City, Virginia. Pronto crecerían hasta ser trece colonias —Nueva Hampshire, Nueva York, Massachusetts, Connecticut, Rode Island, Nueva Jersey, Pennsylvania, Maryland, Virginia, Delaware, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Georgia—, cuyo límite eran los montes Apalaches. Más allá, esas tierras estaban habitadas por sus pueblos originarios y los conflictos por la apropiación se resolverían algunas veces de modo pacífico y las más por la fuerza. Las guerras indias se desarrollaron desde antes de la Declaración de independencia (4 de julio de 1776) y finalizarían en 1890, con la masacre de Wounded Knee, cuando los indígenas fueron expulsados de sus tierras y concentrados en reservas.

Las Trece Colonias proclamaron su independencia y, con apoyo de Francia y España, enemigas de Inglaterra, combatieron, en una de esas guerras grandes, realmente revolucionarias y de liberación, hasta que en 1783 nació una nueva nación que se denominaría Estados Unidos de América. A partir de entonces comenzaría un proceso de expansión, en el cual se emplearon como métodos la guerra, el despojo y la adquisición de territorios.

En 1803, Estados Unidos compró a Francia la Louisiana, por quince millones. Entre 1810 y 1812 —Napoleón había invadido España— ocupó La Florida, hasta que España accedió a su venta (1819). En 1867, obtuvo de Rusia, por algo más de siete millones, Alaska. Texas —había pertenecido a México, pero se había convertido en estado independiente (1836)—, fue anexada (1845), y, después, mediante una guerra de rapiña (1846-1848), Estados Unidos se apropió de otro 51 % del territorio mexicano (2 400 000 km2, en total).

En 1898, mediante la intervención en la guerra que ya los cubanos le tenían ganada a España, se apoderarían también de Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam.

Las reflexiones, fruto del análisis de las guerras de independencia latinoamericanas y de la propia experiencia cubana, así como de la guerra de independencia norteamericana y la guerra de secesión, incluso de la resistencia española frente a la invasión napoleónica, así como de otros conflictos bélicos anteriores o contemporáneos a él, conformaron el pensamiento político y militar de José Martí y fueron vertidas en su colosal ensayo “Nuestra América”, que apareció por primera vez en La Revista Ilustrada de Nueva York, el 1.o de enero de 1891. Muy poco después, el 30 de enero del propio año, el trascendente documento fue reproducido en El Partido Liberal, de México.

A 127 años de su publicación, “Nuestra América” mantiene plena vigencia y nos sigue alertando de “los gigantes que llevan siete leguas en las botas y le pueden poner la bota encima”, “de la pelea de los cometas en el Cielo, que van por el aire dormidos engullendo mundos”; a la vez reclama que “Lo que quede de aldea en América ha de despertar”, porque “Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo a la cabeza, sino con las armas de almohada […] las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas valen más que trincheras de piedra”. Y añade premonitorio: “No hay proa que taje una nube de ideas. Una idea enérgica, flameada a tiempo ante el mundo, para […] un escuadrón de acorazados”.

Nuestro Héroe Nacional no se conforma con alertar acerca del peligro imperialista y de sus intenciones de devorar la América toda, como muy poco después se confirmaría con la intervención norteamericana en la Guerra de Independencia cubana, que se convertiría en la primera guerra imperialista del mundo y tras la cual Estados Unidos se apropiaría no solo de Cuba —transformada en una neocolonia y atada por la Enmienda Platt—, sino también de los restos del que fuera el poderoso imperio español en América y Asia. En su ensayo, Martí alerta acerca de la necesaria unidad de los pueblos de América: “Los pueblos que no se conocen han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos […] Ya no podemos ser el pueblo de hojas, que vive en el aire, con la copa cargada de flor, restallando o zumbando, según la acaricie el capricho de la luz, o la tundan y talen las tempestades; ¡los árboles se han de poner en fila, para que no pase el gigante de las siete leguas! Es la hora del recuento, y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”.

Y esa unidad de América Latina debía estar sustentada en el amor y el orgullo por nuestros orígenes y por los pueblos maravillosos que poblaron estas tierras y fueron masacrados por el conquistador español: “¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan porque llevan delantal indio, de la madre que los crió […] Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios […] ¡en qué patria puede tener un hombre más orgullo que en nuestras repúblicas dolorosas de América […]!”

¿Cómo es posible que tras el elocuente verbo y la profunda reflexión del Apóstol, durante tanto tiempo hayamos soportado esa terrible ralea de gobernantes vendidos, algunos de los cuales sobreviven aún en esta América nuestra? ¿Acaso no advirtió Martí: “[…] el buen gobernante en América no es el que sabe cómo se gobierna el alemán o el francés, sino el que sabe con qué elementos está hecho su país, y cómo puede ir guiándolos en junto, para llegar, por métodos e instituciones nacidas del país mismo […]”? Y añadió al respecto: “El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser el del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”.

Al leer estas páginas, asombra el hecho de que fueran escritas hace ya tantos años, pues parece como si estuviera viendo la revolución que hoy tiene lugar en este sufrido continente: “Los políticos nacionales han de reemplazar a los políticos exóticos. Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”.

Sin embargo, el antimperialismo y el americanismo no son las únicas lecciones de “Nuestra América”; he aquí otra idea plena de vigencia: “Y como el heroísmo en la paz es más escaso, porque es menos glorioso que el de la guerra; como al hombre le es más fácil morir con honra que pensar con orden; como gobernar con los sentimientos exaltados y unánimes es más hacedero que dirigir, después de la pelea, los pensamientos diversos […]”.

¿Acaso esas palabras de Martí no nos convocan al heroísmo cotidiano, ese que ajeno a la corrupción y las indisciplinas, ha de centrarse en el desarrollo de nuestro hermoso proyecto social?

El que surge una vez conquistada la independencia definitiva es otro de los problemas de estas tierras y no precisamente el más sencillo: hallar solución a las secuelas acumuladas durante siglos de colonización y neocolonización no es tarea de un día ni de un año: el imperialismo lo sabe y está ahí, esperando el minuto justo: “El tigre, espantado del fogonazo, vuelve de noche al lugar de la presa. Muere echando llamas por los ojos y con las zarpas al aire. No se le oye venir, sino que viene con zarpas de terciopelo. Cuando la presa despierta, tiene al tigre encima”.

Sin embargo, ayer como hoy, lo mejor de América “[…] entiende que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino, de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”

Este continente está en su mejor momento de nacionalismo, de antimperialismo, de unidad… La Revolución Cubana y los distintos movimientos revolucionarios y progresistas ocurridos en la América continental, la labor de líderes de la talla de Fidel y Raúl, Chávez, Evo… son muestra de ello: “¡Porque ya suena el himno unánime; la generación actual lleva a cuestas, por el camino abonado por los padres sublimes, la América trabajadora; del Bravo a Magallanes, sentado en el lomo del cóndor, regó el Gran Semí, por las naciones románticas del continente y por las islas dolorosas del mar, la semilla de la América nueva!” Hoy esa semilla fructifica.

Notas

Todas las citas han sido tomadas de José Martí: “Nuestra América”, en Obras completas, t. 6, Centro de Estudios Martianos, colección digital, La Habana, 2007, pp. 15-23.

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