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COLUMNISTAS

Con vapores del incendio

Quiso el autor que este artículo no se publicara hasta que se hubiese controlado el fuego que se inició en el atardecer del pasado 5 de agosto, cuando un rayo cayó sobre uno de los enormes depósitos de combustible en la base de supertanqueros de la zona industrial aledaña a la ciudad de Matanzas. Que el fuego ya esté controlado no pone fin a la tragedia y sus consecuencias, pero es una gran noticia.

Todavía cuando se escribe este artículo fuerzas de Cuba con ayuda de México y Venezuela continúan en acción. También se han recibido o se esperan aportes de otros pueblos. No ha faltado el de África, llegado de la mano de un médico que se formó en Cuba. La siembra de amor, frutos de amor da.

De la conducta del pueblo cubano abundan ejemplos de bomberos y rescatistas, personal médico y paramédico —incluyendo estudiantes—, especialistas en otras disciplinas, combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, dirigentes y funcionarios, otros trabajadores y trabajadoras de áreas diversas. ¿Cómo mencionarlos a todos? Hasta ahora se ha reportado un muerto —ojalá no hubiera ninguno, pero no se descarte que aparezcan otros restos humanos, hasta donde la calcinación lo permita— y, entre los lesionados, un ministro, el de Energía y Minas, un dato que puede sonar raro en otras latitudes. Como tantas veces, la prensa ha estado dignamente representada.

Frente a tanta generosidad, con frecuencia heroísmo, ¿a qué pensar en quienes se pudren en su propia ignominia? Exponentes de esa estirpe abyecta, nacidos incluso en Cuba, estarán celebrando la desgracia. A la vista de las personas decentes, que abundan más, nada los condena con mayor dureza que la calaña de la cual pretenden sentirse orgullosos. Sirven a un gobierno imperialista que, de no ser por lo trágico del asunto, haría reír con la corroboración de su índole criminal frente al desastre, cuyas secuelas se sumarán a los efectos del criminal bloqueo que mantiene contra Cuba.

Algunos hasta se ilusionaron —como hicieron ante la pandemia de la COVID-19— con que la tragedia de Matanzas propiciara la intervención imperialista. Acariciaron la idea de que, si las aguas del mar entre Cuba y los Estados Unidos se contaminaran como resultado del incendio, serviría de pretexto a una operación “humanitaria” del Comando Sur, emblema de crímenes, “para controlar la situación”.

No es fortuito que se propalasen infundios como el de que en la terminal de supertanqueros había depósitos de azufre y de amoníaco. No han tenido reparo en calzar la manipulación de la ayuda técnica “anunciada” por los Estados Unidos y aceptada por Cuba, pero que por parte del vecino poderoso y cínico no pasó de llamadas telefónicas. Algunos sitios digitales que se anunciaron como radicados en Cuba, fabricaron todo tipo de mentiras en función de la propaganda contra este país y su pueblo.

Pero, aunque no se le deba desconocer, ni menospreciar su perversidad, la fauna del odio y el espanto no merece mayor atención. Lo edificante y fértil radica en apreciar las señales de la honra, desarrollarla, y hacer lo que se debe. Sin obviar detalles que puedan parecer insignificantes, pero dejados de la mano fertilizan las peores conductas.

¿Será necesario decretar duelo nacional para saber que hay momentos en que lo supuestamente festivo hiere la condición humana? La naturalización del desorden, la indisciplina y el irrespeto en la convivencia es contraria al comportamiento requerido en circunstancias especiales, máxime si estas sean luctuosas, desgarradoras.

 

En la mañana siguiente al inicio de la catástrofe, el articulista se dirigió al mercado habanero que —en la avenida rebautizada en honor de alguien tan digno como Salvador Allende— perpetúa la memoria de Carlos III, rey de la metrópoli que colonizó y esquilmó a Cuba (¿hará falta añadir calificativos?). Pero no soportó permanecer allí más de unos minutos.

 

Desde la entrada, un técnico de audio operaba un equipo mastodóntico —así habrá costado en “moneda dura”—, y todo lo inundaba una música que, fuera la que fuera, violaba por su volumen la ley y dañaba la salud auditiva y mental de los seres humanos. El testimoniante quiso preguntarle al técnico si aquello era un modo de ahuyentar clientes; pero por mucho que lo intentó no consiguió hacerse oír. Tal era el estruendo.

 

La agresiva sonoridad estaba “pensada” para animar el mercado, a lo ancho de cuyo amplio pórtico y en la acera bullía una feria comercial. Véndase en ellas lo que se venda, nuestras ferias —atendidas o reguladas, se supone, por entidades estatales, aunque participen vendedores privados— se acompañan de la música “a todo meter”. ¿Se pensará que es democrática? Mal noción de pueblo sería seguramente, enfatizada con tormentos acústicos como el de “Carlos III”, establecimiento cuyo “democratismo” le ha propiciado anunciarse como la Tienda de la Familia Cubana.

 

El articulista renunció a seguir en aquel mercado, y pensaba en algo que no es nuevo para él ni para incontables personas más: las leyes y más leyes que se dictan y solo parecen servir para incumplirlas. Una de ellas, no la única, concierne al medio ambiente y los estragos causados por los ruidos, que pueden provocar daños fisiológicos y mentales. Por eso se preguntaba: ¿Qué hace Salud Pública que no cumple su papel ni busca que otros organismos e instituciones lo cumplan?

 

Pensando en eso bajaba por la calzada de Infanta hacia su casa, en el octavo piso de un edificio que tiene al fondo la Cuarta Estación de Policía y, lindante con esta, una vivienda múltiple donde a cualquier hora pueden poner la “música” a volúmenes que obligan a quien esto escribe a cerrar sus ventanas para poder lo mismo trabajar que descansar. Y en el trayecto empezó a oír otro ruido “musical”, no tan grande como el del mercado “carlista”, pero también nocivo para los oídos y el sistema nervioso.

 

El ruido se oía de lejos, y al avanzar una cuadra más vio que salía de otra venta de productos, y no en cualquier sitio, sino en la Empresa de Mantenimiento y Sistemas Ingenieros del Ministerio de Salud Pública. Se halla junto al Instituto Nacional de Higiene, Epidemiología y Microbiología, subordinado asimismo a ese Ministerio.

¿Qué hacen las instituciones estatales más directamente responsabilizadas con buscar que las leyes no terminen disueltas en la burla? La prensa, aunque es quizás la que más quejas “canaliza” sobre el tema, tendrá que seguir haciendo mucho más en ese frente. Pero ¿no será que en sus propias áreas también se abusa de los decibeles como si fueran un recurso indispensable para la alegría? No opinemos sobre la música empleada. Con decibeles excesivos, el precioso y sanador Claro de luna de Beethoven puede acabar produciendo efectos comparables con los del más grotesco reguetón.

Además de ocupar el lugar que le corresponde en esa historia, la prensa debe empeñarse en alcanzar logros de los que a menudo parece distanciarse, empezando por el manejo del lenguaje, que —defiéndase la ideología que se defienda, y reinen las tecnologías que reinen— es uno de sus principales recursos. Sobre la tragedia de Matanzas, en la que ha habido y hay periodistas de ejemplar actitud, lesionados incluso en la lucha contra el fuego, duele reparar en que se ha hablado de tanques que “colisionaron”.

Tal hecho habría sido posible si se tratara de objetos o vehículos que, desplazándose en tierra, aire o mar, o en el cosmos, hubieran chocado entre sí. Eso es colisionar, que no es sinónimo de estallar, ni de incendiarse, ni de reventar, ni de explotar en el sentido que se le ha dado a ese verbo asociándolo no ya con la explotación de seres humanos o de recursos materiales, sino con la acción de estallar o explosionar.

Todos somos falibles, y la improvisación —sobre todo bajo la presión anímica de una tragedia— tiene riesgos, pero hay conocimientos que se tienen o no se tienen, y cabe exigírselos a profesionales. Cualquiera queda perplejo al oír que la tragedia de Matanzas ha significado mucho para “niños, jóvenes, ancianos… seres humanos en potencia”. Y hay expresiones tan repetidas que no parecen atribuibles a la improvisación.

¿Estará fuera de duda —no lo está para quien esto escribe— el uso, o abuso, de colapsar para tanques de combustible que se incendian? Por asociación con lo que ocurre en organismos vivos a los que la falla de órganos por enfermedad o desgaste les causa la muerte, colapsa un equipo cuyos componentes sufren un deterioro que acaba inutilizándolo. Pero si a una computadora le cae un rayo o se le da un mandarriazo, ¿colapsa? ¿No se quema o se rompe?

En la recordable Tremenda Corte un personaje dijo que un familiar suyo había fallecido por muerte natural y, al preguntársele la causa, respondió que un tren le había pasado por encima y era natural que muriera. Mucho más recientemente, en una nota —nada de chiste voluntario— donde se trató el asesinato de un general iraní por órdenes del entonces presidente estadounidense Donald Trump, se habló del “militar fallecido”.

Claro que a quien le estalle encima una bomba, difícilmente sobreviva; pero fallecer no equivale precisamente a ser asesinado. Y a la tragedia de Matanzas le queda demasiado pequeño el término incidente, que dista de su parónimo accidente por no pocos ni menguados matices que un profesional de la información no debe desconocer.

Quede para otra ocasión lo aconsejable de cuidar palabras que no deben perder su filo por obra y desgracia del abuso, como siniestro y sus derivaciones, y también lo relativo a otras formas de lenguaje, como el de la indumentaria. Informar, sobre todo si las noticias son trágicas, no es lo mismo que presentar un espectáculo de cabaret.

¿Estarán el abuso de decibeles por un lado, y de jergas grupales por otro, generando insensibilidad hacia el lenguaje incluso en quienes deben cuidarlo con particular esmero? Más bien se piensa en lo que le comentó al articulista un estudiante de Periodismo: durante esa carrera, se imparte un solo semestre de gramática y materias afines. Quizás no sería tan insuficiente como los hechos muestran que es, si lo precediera una buena formación desde la enseñanza prescolar hasta la preuniversitaria. Pero eso está por ver.

No solo lo grandioso o excepcional merece que se le ponga corazón.

Foto de portada: Ismael Francisco

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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