fbpx
COLUMNISTAS

Con la Campaña de Alfabetización en la memoria

Con diciembre de 2021 pasó la celebración del aniversario 60 del triunfo de la Campaña Nacional de Alfabetización, pero no pasaron los frutos de aquella proeza. A propósito del que escribió para participar en dicha conmemoración, y en el que de modo natural citó “Maestros ambulantes”, texto de José Martí, el autor del presente artículo recibió un mensaje de Araceli García Carranza.

La eminente bibliógrafa —a quien tanto se debe en lo tocante a la obra de Martí y de otros pilares, como Alejo Carpentier— lamentaba que ese texto martiano no se hubiera reproducido íntegramente por aquellos días en la prensa del país. Con el ánimo movido por esa sugerencia, se vuelve aquí sobre “Maestros ambulantes”.

Publicado en mayo de 1884, fundadamente se ha considerado un manifiesto pionero, anticipador, de la Campaña de Alfabetización anunciada en esencia en el programa del Moncada, en ciernes ya durante la guerra de liberación nacional y preparada desde que la Revolución llegó al poder con el alba de 1959. La importancia y el poder fecundante de los escritos —las ideas— de Martí no son cuestión de efemérides. Pero “Maestros ambulantes” merecería publicarse en cada celebración del triunfo de una Campaña cuya fertilidad no se agota, y que se diría prefigurada en esas páginas.

Al escribirlas, Martí expresó una convicción: “Hay un cumulo de verdades esenciales que caben en el ala de un colibrí, y son, sin embargo, la clave de la paz pública, la elevación espiritual y la grandeza patria”. Recordando antiguas misiones, ese cúmulo de luz reclamaba que se llevara por los campos —adonde no llegaban las escuelas como debían llegar— no una “cruzada para reconquistar el Santo Sepulcro”, a lo que añade consideraciones que requerirían comentarse con la holgura que la extensión razonable de estos apuntes no permite.

Debía emprenderse otra cruzada: “para revelar a los hombres su propia naturaleza, y para darles, con el conocimiento de la ciencia llana y práctica, la independencia personal que fortalece la bondad y fomenta el decoro y el orgullo de ser criatura amable y cosa viviente en el magno universo”. Partiendo de enseñar a leer y escribir, esa sería la gran tarea de la Campaña de Alfabetización librada en Cuba.

Fue obra de la Revolución que podía (puede, debe, sigue acometiéndolo) realizar ideales de Martí plasmados de distintos modos en su obra, y particularmente en el artículo citado: “He ahí, pues, lo que han de llevar los maestros por los campos. No solo explicaciones agrícolas e instrumentos mecánicos; sino la ternura, que hace tanta falta y tanto bien a los hombres”. Pensaba y escribía en términos y con espíritu que, como en todo lo que sigue, donde se lee “a los hombres” propician leer “a los seres humanos”, atendiendo justos reclamos actuales.

En lo inmediato, y por el carácter de La América, revista donde publicó el artículo —y en la cual contribuyó a la información de nuestra América sobre ciencia y tecnología—, Martí concibió la misión de los maestros ambulantes como un auxilio para la población campesina, necesitada de mejor preparación para aprovechar las bondades de la tierra. Y sus ideas hallaron profunda y esencial consumación en la Cuba de 1961, con la ternura de la obra instructiva, y sobre todo con la solidaridad y las mutuas enseñanzas de alfabetizadores y alfabetizados.

Sabía que la educación debía contar con la totalidad del pensamiento y la conducta de quienes la recibían: “quien intente mejorar al hombre no ha de prescindir de sus malas pasiones, sino contarlas como factor importantísimo, y ver de no obrar contra ellas, sino con ellas”. Son afirmaciones que dan luz sobre el siguiente juicio: “Está condenado a morir un pueblo en que no se desenvuelven por igual la afición a la riqueza y el conocimiento de la dulcedumbre, necesidad y placeres de la vida”, lo que debe leerse sabiéndolo escrito por alguien que personificó el amor al sacrificio, no el hedonismo

Sus ideales en el tema no giraban en torno a la fortuna material, sino a las virtudes de la honradez y del trabajo hecho con las propias manos: “Los hombres necesitan conocer la composición, fecundación, transformaciones y aplicaciones de los elementos materiales de cuyo laboreo les viene la saludable arrogancia del que trabaja directamente en la naturaleza, el vigor del cuerpo que resulta del contacto con las fuerzas de la tierra, y la fortuna honesta y segura que produce su cultivo”.

Quien no rendía culto a la riqueza ni se sometía a ella, y sabía —como escribió acerca del venezolano Cecilio Acosta, a quien admiró— que, “si es honrado y se nace pobre, no hay tiempo para ser sabio y ser rico”, no ponía en el centro de su orientación lo material. Ponía la capacidad de ser útil a los demás y cultivar valores éticos: “la utilidad de la virtud” de su Ismaelillo, no la virtud de la utilidad de economicistas y pragmáticos.

Siempre esos ideales son enseñanza viva, pero tal vez nunca han sido más necesarios que hoy, ante realidades cuya elucidación desbordaría este artículo, y estará en la mente de quienes lo lean. Son realidades que propician actitudes afincadas en los desafueros de las ganancias, el egoísmo, el sálvese quien pueda, que tanto se oponen a la naturaleza justiciera de un proyecto socialista.

Quizás porque durante años no se entendiera oportuno destacarlo, hay un pasaje de “Maestros ambulantes” que a partir de determinado momento suscitó la pasión de algunas personas que entendieron necesario enarbolarlo, a menudo fuera de contexto o insuficientemente contextualizado. Pero la razón —el justo equilibrio, que nada tenía que ver en Martí con la “equidistancia” de oportunistas— no valida ocultamientos ni énfasis tendenciosos.

Tras afirmaciones que veremos, y que expresan sus mayores deseos, Martí sostiene en ese párrafo: “Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno. Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza”.

Aunque se extiende entonces sobre lecciones de la naturaleza —que “no tiene celos, como los hombres. No tiene odios, ni miedo como los hombres. No cierra el paso a nadie, porque no teme de nadie”—, volvamos al inicio del párrafo, donde el pero tiene el peso que en él tenía cada palabra. Remite a las dos concisas afirmaciones que le preceden y a las cuales dio autonomía de párrafo: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso” y “Ser culto es el único modo de ser libre”.

La primera no suele citarse con la debida frecuencia —¿se tendrá por idea menor?—, y la segunda ha sido objeto de una poda bien intencionada, pero impropia, y que la mengua: “Ser cultos para ser libres” no fue lo que él escribió, ni dice una milésima de lo planteado en el texto martiano.

Antes que referirse como hace a la la prosperidad, subraya la importancia de la ética y de la cultura, pero no pensaba en la libresca al uso. En “Maestros ambulantes”, el voraz lector, dueño de una información descomunal, que de tantas montañas de páginas bebió sin menoscabo de la médula propia, afirma: “Y en campos como en ciudades, urge sustituir al conocimiento indirecto y estéril de los libros, el conocimiento directo y fecundo de la naturaleza”.

No proponía desestimar el tesoro acumulado en libros y otras publicaciones, sino repensar el sentido y el valor de la cultura. No mucho antes de publicar “Maestros ambulantes”, en su prólogo al libro Cuentos de hoy y de mañana, de Rafael de Castro Palomino —que además reseñó en el número de octubre de 1883 de La América— había sostenido: “De todos los problemas que pasan hoy por capitales, solo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia”.

En nada cabe ubicar al extraordinario Martí en “lo común de la naturaleza humana”. Cada idea suya planteaba metas más elevadas, con la decisión de quien de veras, no como consigna y pose, echó su suerte con los pobres de la tierra. También lo planteó en torno a la prosperidad, que podía ser un fin para lo común de la naturaleza humana, y que a menudo hay quienes la asumen como aspiración mayor.

Para Martí, cuya conducta no dependía de la riqueza personal —a la que vale decir que renunció, pues talento tenía para adquirirla—, la prosperidad debía supeditarse a la bondad y a la cultura refundada sobre bases de justicia social. Siempre será fértil volver a sus palabras, a su pensamiento, procurar nutrirse de sus enseñanzas, aunque sea necesario repetir, reiterar, siempre que se haga con honradez y tino.

En cuanto a reproducir “Maestros ambulantes”, cabe recordar la reiteración como texto editorial, en Monthly Review —órgano estadounidense identificado con la búsqueda de la justicia social—, del artículo “¿Por qué el socialismo?”, de Albert Einstein. No es necesario entrar en comparaciones, que suelen ser odiosas, para apuntar que Martí no es menos vital para nuestro proyecto de justicia, equidad y cultura, que la luz de aquel gran científico para quienes en las entrañas del monstruo imperialista han tenido el coraje y la tenacidad de abrazar el socialismo, no la socialdemocracia que usurpa su nombre.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Share via
Copy link
Powered by Social Snap