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La moda: una manera de pensar y vivir

Dicen que Albert Einstein usaba siempre ropas del mismo modelo y color. El autor de la Teoría de la Relatividad confesaba que no podía gastar energías pensando en qué se iba a poner. Genialidades, sin dudas, que por cierto, hemos visto en otros que, sin imitar, coinciden.

Desde la hoja de parra hasta nuestros tiempos, la moda deviene complejo sistema que refleja una época, una cultura, un modo de pensar y vivir. Los cubanos no quedan fuera de esa definición, y han sentado pautas en aquello de “lucir bien”.

La afectación a la economía desatada por el bloqueo de Estados Unidos a  Cuba, lejos de frenar la presunción, desató la inventiva popular en aras de sustituir carencias, tanto en textiles, como en calzado y accesorios.

Hasta surgió  la renovación de vestidos viejos para aprovechar telas de calidad, en una transformación “salvadora”. Lo cierto es que siempre hubo algo nuevo o recuperado, pero con óptimos efectos.

Por su parte, nuestros modistos hicieron alardes de talento con brillantes ideas. Resurgieron los bellísimos batones habaneros de blanco lienzo. Y las manos habilidosas de las tejedoras retomaron el tejido de punto con exquisitos encajes de bolillo, filtré, frivolité, y una gama de bordados que, heredados de nuestros ancestros, habían sido sepultados en el olvido.

Fue una linda etapa que vistió —con galas de lienzo— a la mujer cubana.  Y dentro de ese perfil indiscutible, el talento de los creadores ganó fama en la población que seguía las colecciones, ya bien porque el bolsillo permitía llegar a ellas, o porque alguien en la casa  (madre, abuela o tía), repetía el diseño sin que perdiera detalles del original.

De los talabarteros hay que admitir que recobraron el impulso creando sandalias increíbles con pieles recicladas; se impusieron las alpargatas tejidas, bordadas, pintadas, y hasta con envidiables incrustaciones de canutillos y cuentas.

Se puso en juego la imaginación y vencimos una dura etapa, quedando reflejadas para la historia de la cultura del vestir —en conocidas páginas de modas, revistas Mujeres y Muchachas, entre otras—, el prestigio de creadores encumbrados en las pasarelas.

Después, la avalancha de turistas y de envíos familiares comenzó a cambiar  el paisaje, y establecieron “una moda… sin modo”, un proceso que completó la apertura de las tiendas de recuperación de divisas con sus ofertas en distintos precios, y que para el bolsillo del pueblo no tenían muchas opciones. Así  inició una mezcla… de todo. La originalidad perdida en lo que el pueblo con su gracia peculiar, denominó “ropa de pacotilla”.

Ahora existe  más cordura, aunque no clasifica la oferta nacional. Nuestra economía no permite todavía excesos en esa industria. Sin embargo, se reconocen prestigiosas firmas de colecciones de ropa con precios a los que no todos pueden llegar.

El cubano, ahorra, cambia, inventa, y ciertamente  logra vestirse;  incluso,  la gran mayoría sabe hacerlo bien. Por supuesto, guiados por el nivel cultural que conforma el gusto individual.

Algunos caricaturizan la moda, modelos sofisticados y tendientes al choteo criollo. Mención aparte merece nuestra juventud, con su vestuario sencillo y liberal. De cualquier manera, el cubano “vence” cada etapa sin renunciar a la buena apariencia personal. Y teniendo siempre en casa, “algo” que ponerse para el diario, y sin que falte, al decir popular, “la ropa de salir”.

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