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COLUMNISTAS

Alfabetización (y Seguimiento)

Con las celebraciones por el aniversario 60 de la Campaña Nacional de Alfabetización el autor de este artículo ha recordado su modestísimo aporte personal a esa Campaña y, sobre todo, ha pensado en lo que ella representó y sigue representando. En la euforia generada durante aquel capítulo de la historia del país no sería solo un niño de diez años quien no tuviera una idea clara de su significado.

De 1961 suele subrayarse la victoria en Girón, considerada la primera gran derrota del imperialismo en América. Pero el acertado juicio no debe opacar el que —como inicio de los reveses que desde entonces sufren la potencia imperialista y sus aliados— merece el triunfo, en 1959, de la Revolución que transformó a Cuba.

Para la Revolución era vital que el pueblo alcanzara el desarrollo instructivo que se le había negado, contrario a la dominación imperialista. No cabe divorciar de la Campaña de Alfabetización las acciones dirigidas a que fracasara la Revolución de la cual ella formó parte. Cuéntense en tales acciones las bandas de alzados que la CIA prohijó en distintos puntos de la Isla, y que asesinaron al maestro voluntario Conrado Benítez, cuyo nombre asumieron las brigadas creadas para la Campaña, en las que también hubo alfabetizadores asesinados: entre ellos, Manuel Ascunce Domenech, de dieciséis años y devenido símbolo de la gesta y sus mártires.

El alcance de la victoria de Girón explica lo que significó para la permanencia de la Revolución y el éxito de la Campaña, vía para que el pueblo, instruido, fuera más feliz y estuviera en mejores condiciones para abrazar y defender lo que le pertenecía como revolución de los humildes, con los humildes y para los humildes. Así la definió su líder el 16 de abril de 1961, al despedir el duelo de las víctimas de bombardeos con que en la víspera el gobierno estadounidense intentó destruir las defensas aéreas de Cuba para facilitar la tarea de los mercenarios en la invasión que, orquestada por la CIA, se desató el 17 siguiente y las armas del pueblo cubano aplastaron en poco más de sesenta horas.

Aquel año, que empezó con el despliegue de la Alfabetización y, poco después incluyó la victoria sobre la invasión mercenaria, lo coronó una Cuba declarada territorio libre de analfabetismo el 22 de diciembre. El valor de tal conjunción de hechos no se entiende cabalmente si ellos no se ven en su interrelación.

De ellos viene que Cuba conserve y defienda —para rabia del imperialismo y sus secuaces— la soberanía que logró en 1959 para desterrar definitivamente la herencia de 1898 y de la Enmienda Platt. Y viene el elevado desempeño del país en frentes como educación, salud, deportes y la industria biotecnológica.

El imperio procura negar esos logros y refuerza en medio de una letal pandemia el bloqueo con que durante sesenta años ha intentado asfixiar a Cuba. Pero lo que ella ha conquistado de 1959 para acá, con 1961 entre sus hitos decisivos más visibles, le ha proporcionado, entre otros frutos, vacunas efectivas cuyos nombres —Abdala, Soberana, Mambisa— tienen algo más que peso simbólico en esa historia.

Los logros cubanos cumplen y actualizan el programa del Moncada, de aquellos sucesos que la vanguardia del centenario martiano llevó a cabo para que José Martí siguiera cada vez más vivo. No moriría el héroe en quien el líder de aquella vanguardia encontró los fundamentos históricos, políticos y éticos para proclamarlo autor intelectual de dichos sucesos y, por extensión, de la obra transformadora a que ellos darían paso.

En el pensamiento de Martí se arraigó esa obra, incluso lo relativo a dotar al pueblo de vías para su enriquecimiento educacional. Se justifica por ello detenerse en algunos puntos ostensibles de la profunda continuidad, máxime tratándose de la Campaña de Alfabetización, que se diría reclamada por Martí en “Maestros ambulantes”, artículo de mayo de 1884. Para vindicar especialmente a las poblaciones campesinas, en ese texto propuso “abrir una campaña de ternura y de ciencia, y crear para ella un cuerpo, que no existe, de maestros misioneros”.

De ese artículo recibió inspiración directa la Alfabetización, que asoció cultura y libertad bajo el lema “Ser cultos para ser libres”. Pero la legitimidad de la síntesis no llama a desconocer que, en busca de agilidad, simplificó el pensamiento de Martí, más rotundo y abarcador: “Ser culto es el único modo de ser libre”.

Rebasó lo que podría verse como una reproducción más o menos mecánica del Sócrates que confiaba a la instrucción y el conocimiento el triunfo de la justicia. La cita la precede en “Maestros ambulantes” otra expresión breve a la que también le imprime contundencia su relieve de párrafo: “Ser bueno es el único modo de ser dichoso”. En la coherencia del autor, ambas conjugan lo ético y lo cognoscitivo, la libertad y la dicha.

Martí no defendía una asimilación acrítica de la cultura. Quien echó su suerte “Con los pobres de la tierra” —ideal asumido naturalmente por la Revolución de los humildes—, al comentar en 1883 el libro Cuentos de hoy y de mañana, de Rafael de Castro Palomino, había expresado: “De todos los problemas que pasan hoy por capitales, solo lo es uno: y de tan tremendo modo que todo tiempo y celo fueran pocos para conjurarlo: la ignorancia de las clases que tienen de su lado la justicia”.

Cuando reveses y repliegues de las fuerzas justicieras, y maniobras de los opresores, calzan el pragmatismo economicista y el egoísmo, vale recordar lo que en “Maestros ambulantes” añadió Martí a lo citado sobre la relación entre ética, instrucción y libertad: “Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno”.

También esa guía deben tener presente quienes dirijan colectivos humanos, en especial pueblos, en los que resulta ineludible contar con lo común. Pero Martí, que aspiraba a que todas las personas tuvieran condiciones de existencia dignas —no penurias, que pueden ser malas consejeras—, no rendía culto a la riqueza, menos aún a la mal habida.

Seres extraordinarios como él no encarnan “lo común de la naturaleza humana”. Serán conscientes de la necesidad de que el pueblo tenga una prosperidad justa y bien ganada; pero no necesitan ser materialmente prósperos para personificar la ética, el saber, la libertad y la dicha. Martí halló su mayor felicidad en el sacrificio —al que pidió “dar respeto y sentido humano y amable”, como se lee en su carta del 25 de marzo de 1895 a Federico Henríquez y Carvajal—, y especialmente en la guerra emancipadora, desde que desembarcó en Cuba y escribió en su Diario de campaña: “Dicha grande”.

En todo eso ha pensado en estos días el autor del presente artículo, con el recuerdo de su pequeño aporte a la Campaña Nacional de Alfabetización. No tuvo la dicha grande de vivir en zonas montañosas del país la épica mayor de aquella Campaña, como los brigadistas que hasta arriesgaron la vida lejos de sus familias. Alfabetizó cerca de su casa —en el Velasco holguinero— a un matrimonio formado por una baracoesa y un lugareño, a quien la ignorancia había llevado a ser casquito de la tiranía.

Era un hombre bueno, y hasta los vecinos que apoyaban la insurrección revolucionaria salieron a recibirlo, andando aún la guerra, cuando volvió de madrugada a su hogar luego de que los Rebeldes, que lo habían hecho prisionero, lo pusieran en libertad. Quien fuera un niño alfabetizador disfruta pensar que el cariño que siempre le tuvieron los integrantes de aquel humilde matrimonio creció con la gratitud nacida de que él los enseñara a leer y a escribir, a dar un paso decisivo contra la ignorancia.

Al calor del aniversario 60 de la Campaña de Alfabetización, algunos protagonistas han recordado el Seguimiento, dirigido a elevar ininterrumpidamente la escolaridad del pueblo. Ya no existe como plan con ese nombre, porque se incorporó de modo natural a la vida cotidiana. Pero cada quien debería hacerlo suyo con dos fines vinculados entre sí: marchar con la ciencia y los tiempos para no quedar sumido en nuevas formas de analfabetismo, y enfrentar acertadamente la arremetida global de falsificaciones que se tejen contra lo revolucionario y liberador.

Forma parte de ello el oscurantismo que se expande por donde menos se le imagina. En los potentes Estados Unidos y en otras naciones ha habido intereses afanados en que se ignoren los peligros de la pandemia y se rechacen medidas como la vacunación. Hasta han sostenido que el distanciamiento preventivo es invención satánica de comunistas.

Al mundo le urge una permanente campaña de amor y aprendizaje, para transformarse a fondo. No es fortuito que el ejemplo de la Campaña de Alfabetización de Cuba haya dado frutos en otros pueblos, incluso en países del llamado primer mundo. Hace algunos años el articulista fue testigo de ello en Andalucía, adonde llegó el programa Yo sí puedo, que honra al internacionalismo cubano y aún tiene mucho que aportar.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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