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Que el águila no vuelva

En la visualidad auroral del acto con que nuevamente el pueblo cubano —¡el pueblo cubano!, no perversas falsificaciones de él— ratificó el pasado sábado, 17 de julio, su lealtad a la patria, y su consecuente conciencia antimperialista, el monumento a las víctimas del desastre del acorazado Maine tuvo un lugar ostensible. Ese monumento recuerda uno de los pretextos que a lo largo del tiempo el imperialismo estadounidense ha usado en sus voraces planes injerencistas.

Para estas líneas basta citar la intervención militar con que en 1898, pretextando el hundimiento del Maine, la entonces emergente potencia imperialista frustró la independencia de Cuba y sustituyó a España en el papel de metrópoli. Lo que ese hecho acarreó más allá del país entonces intervenido perdura en hechos como la colonización de Puerto Rico y la hegemonía mundial que los Estados Unidos, ya en decadencia, intentan conservar.

Los sucesos que tuvieron sus expresiones más visibles el 11 de julio en localidades cubanas podían haber sido manipulados como supuesto aval para otra intervención estadounidense, igual o más que la tragedia del Maine, de la que a estas alturas es poco relevante determinar si fue accidental o provocada. Los hechos del 11 de julio, sin embargo, se sabe que fueron provocados por agentes, dinero y manejos del imperio, con mercenarios que ya habría querido él tener en 1898.

Pero entonces el águila imperial, con todos sus ímpetus voraces, se preparaba para entrar en Cuba, mientras que desde 1959 sus maquinaciones intervencionistas se han estrellado contra la Revolución que echó del país la realidad y el símbolo del águila. De ello dan fe, más que simbólica, las dos columnas hercúleas en cuyos capiteles enlazados se colocó el ícono imperial con que el monumento se erigió a la sombra de una república intervenida.

Está bien que el monumento perdure, porque recuerda a víctimas cuya muerte el imperio utilizó con el cinismo que lo caracteriza, pero no hay por qué restituir el águila. Su presencia marcó la construcción del monumento, y el recuerdo de las víctimas, con el sello del imperio que las capitalizó, interesado en cultivar oficiosamente su memoria, y que manipuló buenas intenciones y falacias, algo en lo que es cada vez más experto.

De ahí la intuición popular del patriota que —lo testimonió Ricardo Ronquillo en un artículo de Juventud Rebelde publicado el mismo día— al terminar el acto comentó emocionado: “¡Aquí, precisamente, frente al águila destronada!”, dijo al valorar la respuesta del pueblo a sus enemigos históricos y actuales.

Desde que llegó a la fervorosa concentración patriótica, el autor del presente artículo tuvo presente otro suyo, “Cultura, historia y un águila que sí caza moscas”, de 2014 y aún localizable en la red. Si en ese texto abordó varios puntos relacionados con el tema —entre ellos irresponsables, ingenuas o tendenciosas idealizaciones del pasado neocolonial de Cuba—, hoy se ciñe en particular al que de manera directa lo motivó a escribirlo: insinuaciones, propaladas en ciertos sitios digitales, de que La Habana planeaba restituir el águila del monumento.

Claro que ya sería materialmente otra: no la derribada en 1926 por un huracán, y menos aún la echada abajo por decisión ministerial del gobierno revolucionario, y con apoyo del pueblo, el 1 de mayo de 1961. Días antes había tenido lugar la invasión mercenaria que, aplastada en Playa Girón, buscaba instalar una cabeza de playa que el imperio habría usado como hizo con el hundimiento del Maine.

Así como se había roto el dominio imperialista sobre Cuba, esa águila se rompió en pedazos al caer, y lo que de ella queda puede seguir conservándose como testimonio de una historia que sería criminal diluir en nociones asépticas de restauración, acríticas cuando menos. Sin olvidar que existen intenciones malvadas, siempre será saludable saber diferenciar entre lo sano, lo sanote y lo sanaco.

Según búsquedas hechas por el articulista, parece que aquellas insinuaciones fueron infundadas en lo que a voluntad de la nación concernía, pero podían expresar ideas aisladas y de diversa índole. Cuando —en un comentario sobre el magnífico artículo de Ronquillo antes aludido— el autor de “Cultura, historia y un águila que sí caza moscas” refirió ese texto en Facebook, Liset García apoyó que se trajera “de vuelta ahora aquella reflexión, al parecer escrita para hoy. La historia seguirá glosando nuestros días de batalla y confrontaciones de ideas, mientras el enemigo siga con su táctica de cazar a quienes se comportan como insectos”.

La periodista presenció discusiones sobre el tema, porque había quien pensara que, de levantarse el bloqueo, ya se justificaría que el águila tornara al monumento. La argumentación de tal criterio podría resumirse, algo más que casi textualmente, en los términos siguientes: “después de todo, esa es el águila de una bandera, al igual que la bandera y el escudo de México tienen la suya”.

Si las comparaciones —se ha dicho— son odiosas, esa es insostenible. Así como dos personas pueden ser muy diferentes, lo son esas dos águilas. México, agredido y saqueado por los Estados Unidos, nunca ha invadido ni bloqueado a Cuba, y no le ha costado a este país los sufrimientos y la sangre que le ha ocasionado la potencia agresora. A la par, o más, de la sumisión del gobierno neocolonial cubano al de la potencia imperialista, el monumento enclavado junto al Malecón habanero encarnó los designios y las manipulaciones de esa nación, cuyas entrañas están a la vista de quienes quieran ver.

Picasso no hizo la paloma que —según se dijo, aunque tal vez fue solo expresión de un deseo— aportaría para que se colocara, como símbolo de paz, donde estuvo el águila. Pero quue no la hiciera ha servido para que el tiempo y los hechos avalen la legitimidad de esos capiteles vacíos, como evidencia de un águila destronada, o derribada de allí revolucionariamente, para que no regrese. Es parte de la decisión de un pueblo de no volver a caer en manos de la rapaz potencia que sigue asediándolo, bloqueándolo, amenazándolo, urdiendo planes para justificar una nueva intervención militar contra él.

Sí, para que no haya dudas: intervención militar, criminal, genocida. El lenguaje porta pensamiento, y no se le debe seguir regalando al imperio “ni tantito así, ¡nada!”, y menudo no es el uso corrupto y malvado del adjetivo humanitario: en español se aplica a lo que hace bien a la humanidad, pero el gobierno de los Estados Unidos, con la OTAN y sus aliados, con una poderosa maquinaria propagandística, y con mercenarios, lo usan con éxito para justificar acciones genocidas. Ahí están las que han sufrido Serbia, Afganistán, Irak, Libia, Siria y otros pueblos. En la lista, que ni esos nombres ni esta época agotan, el imperio busca poner también a Cuba, como a la Venezuela bolivariana.

La ausencia del águila es para el monumento mencionado lo que para la restauración del Capitolio Nacional un detalle que parece pasarse por alto al hablar de ella ante la magnificencia material del edificio. En uno de los retablos de composiciones iconográficas a relieve, en metal, exhibidas en los portones de entrada, quedó sin “enmendarse” el detalle aludido, testimonio del que parece haber sido el único gesto “destructivo” de las fuerzas populares que tomaron el inmueble tras la caída de Gerardo Machado, cuyo rostro fue dignamente devastado a cincel.

Esa efigie representaba el sometimiento al imperio, y su ausencia debe mantenerse en el frontón del Capitolio, como en el monumento a las víctimas del Maine debe perpetuarse la ausencia del águila representativa del poderío imperial.

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Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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