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Moza madura ya La Jiribilla

Cumple veinte años, y la celebración genera sensaciones encontradas. De un lado está su madurez, por la que pudiera creerse que ha existido, como quien dice, siempre; del otro, su frescura, nutrida por elementos como el nombre. Quienes rinden culto a José Lezama Lima lo atribuirán con razón —por ahí andará su origen— al ángel de la jiribilla del poeta. Pero habrá quien tenga esa imagen grabada en la memoria desde su infancia rural, cuando por estar en plena intranquilidad se ganaba que la madre le dijera: “Hijo, hoy tienes jiribilla”.

La revista no nació precisamente para sosiegos, sino para inquietudes, incluido el debate. No abundaban como era de desear las páginas que le dieran espacio, y La Jiribilla vendría a ofrecerle algo del que no tenía. Se ubicó en el terreno de la cultura artístico-literaria, pero con el tino de no reducir a esos lindes la noción de lo cultural. Lo muestran los temas tratados en ella, tanto en la edición impresa como en la digital que le ensanchó caminos y utilidad.

En estas líneas de mero alborozo celebrativo no se intenta esbozar un inventario de los textos y autores —de Cuba y de otros países— representados en la revista. Apenas se apunta que lo difundido en ella da pábulo para acometer una tarea que prolongaría la cosecha y ensancharía la gratitud del público lector. Cabe decirlo también de otras publicaciones —y algunas lo han demostrado con su desempeño—, pero aquí toca hablar de La Jiribilla, con la que podría hacerse una rica colección a base de selecciones temáticas y de firmas que le han dado vida.

Cuba está asediada, amenazada, bloqueada, calumniada por medios de información —más bien desinformación— poderosos, y La Jiribilla participa activamente en el combate contra esas campañas. En su afán de profesionalidad estriba uno de los cimientos de su logro.

Ha ratificado algo que se sabe, pero nunca está de más refrescar: la defensa de la cultura cubana, de Cuba, de su historia, de su Revolución, puede y debe hacerse con argumentos, con solidez conceptual, sin escamoteos de problemas ni realidades peliagudas, de esas que habrá dondequiera que la vida aliente.

¿Obra perfecta, válida para sentir satisfacción ante todo lo hecho? Sería poco razonable afirmarlo. Pero los aciertos serán más que bastantes para merecer respeto y ganarse el derecho a reclamar el apoyo necesario —empezando por el propio— para mantener su marcha y seguir creciendo.

Sin omisiones indeseables sería difícil mencionar a quienes han puesto cabeza y hombro, y pasión, para mantenerla viva: ya sea en su equipo editorial, en la escritura de los textos, en su diseño y sus ilustraciones, en la impresión y en la circulación digital, en la promoción de sus resultados y, razón mayor de ser, en su lectura. Todas esas personas pueden sentirse reconocidas, premiadas, en la buena marcha de la revista, que hasta de la rabia enemiga puede sacar estímulo para mantener su vitalidad, su lozanía.

Cubaperiodistas, la Unión de Periodistas de Cuba, la saluda, y el gesto no es solo plausible. Merece ser una práctica asidua entre publicaciones que, más allá de las particularidades naturales, comparten propósitos básicos. Si dentro del país tienen mucho que hacer, y lo hacen, desde el exterior les llegan arremetidas de una ofensiva que encuentra ecos internos, a veces escudados en pretextos “artísticos” y “culturales”. Pero no importa en qué se parapeten, ni que sean pocos, como son: en su enfrentamiento no fallará, no ha fallado, la revista que cumple sus primeros veinte años.

(Imagen de portada: Dary Steyners).

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, investigador y periodista cubano. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Autor de varios libros de distintos géneros. Ha ejercido la docencia universitaria y ha sido director del Centro de Estudios Martianos y subdirector de la revista Casa de las Américas. En la diplomacia se ha desempeñado como consejero cultural de la Embajada de Cuba en España. Entre otros reconocimientos ha recibido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, este último por su libro Cesto de llamas. Biografía de José Martí. (Velasco, Holguín, 1950).

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