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Marta Rojas y su proyección de futuro

Como un recordatorio de su cumpleaños 93, publicamos un fragmento de la entrevista  El dulce enigma de Marta Rojas, publicada en el periódico Juventud Rebelde el 29 de junio de 2003.

Es un desafío escoger lo que vamos a incluir en una sola página sobre el quehacer creador de Marta Rojas. Ella evoca con mayor emoción y afecto la epopeya del Moncada, distintos recorridos junto a Fidel y a la guerra de agresión yanqui contra Vietnam, país que visitó trece veces, incluyendo una entrevista con Ho Chi Minh.

Ha publicado numerosos libros y trabajos periodísticos sobre apasionantes acontecimientos revolucionarios en Cuba y en el extranjero y es autora de cuatro novelas, tres ya editadas y una a punto de salir.

Nacida en Santiago de Cuba, donde se inició su celebridad por haber participado en la Causa 37 por los sucesos del 26 de Julio de 1953, fue fundadora de la televisión cubana y conserva documentos, fotos y textos en los que vibra su aporte como periodista durante las últimas cinco décadas en diferentes publicaciones como Bohemia y Granma, donde aún labora.

– Marta, háblenos de sus primeros pasos en la vida.

– Nací en San Francisco entre San Agustín y Cuartel del Pardo, en una lomita del centro de Santiago de Cuba. Mi madre, Elvira Rodríguez, era matancera, y mi padre, Juan Rojas Feriaud, santiaguero. Se conocieron en Matanzas. Tuvieron tres hijos, un varón y dos hembras: Rolando, que ya murió; Mirta, a la que le llevo ocho años y vive desde 1950 en Nueva York, y yo.

– Espiritualmente, ¿qué tiene de sus padres?

– Me dieron su tenacidad, su carácter, su voluntad. Papá, muy estricto. Mamá, hija de español, de Vigo, don Manuel, a quien, yo, de niñita, llamaba “Mememel”.

– ¿Y su niñez?

– Me gustaba divertirme, como a toda muchachita, pero tuve una infancia de trabajo.

Mi madre me enseñó a ganarme, cosiendo, los diez centavos para pagar el cine, y a valerme por mí misma, hasta un día tener que subirme en una silla, encima de una mesa, para sustituir el bombillo fundido de mi cuarto.

Esas enseñanzas me marcaron.

– ¿Y el aprendizaje en las escuelas?

– Fui al kindergarten, hoy preescolar, y a dos escuelas privadas y baratas. Después a la Escuela Anexa a la Normal de Maestros del tercero al sexto grados. Quise entrar al Instituto de Segunda Enseñanza, entonces en Loma del Intendente, pero con once años y debía tener 13. Ingresé por examen. Mi meta era estudiar Medicina.

– ¿Cómo llegó al Periodismo?

– Siempre me gustó escribir. Hacía composiciones. Sacaba buenas notas en Lenguaje. Mi mamá era amiga de un tal Fabio, periodista de El Imparcial, de Matanzas, y le mandó composiciones patrióticas mías que publicó con mi nombre: mis primeros trabajos periodísticos. Después logré publicar otros de ese corte, sobre Maceo, por ejemplo, en el Diario de Cuba, de Santiago. Mi formación temprana fue mi hogar, y mis padres mis primeros maestros, sin olvidar a los otros.

– ¿Leía en su casa?

– Mucho, en periódicos, revistas y libros. Mi padre era amigo de un barbero muy culto y le prestaba diferentes títulos que yo me leía, como, digamos: La mujer de treinta años, de Balzac; La piel, de Malaparte; Versos Sencillos, de José Martí, y biografías como la de Fouché. El primer libro de historia que leí, aún lo conservo: Cuba y los cubanos, de 1920, de E.K. Mapes y M.F. De Velasco, con un prefacio en inglés y un vocabulario inglés- español.

– ¿Por qué Periodismo y no Medicina?

– Porque costaba mucho la matrícula y los libros. Yo estaba empezando el cuarto año de Bachillerato, estábamos comiendo en mi casa y escuché por la radio que se abriría la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling, cuya matrícula era de seis pesos, no 60 como la de Medicina. Me paré y le dije  a mis padres: ¡Voy a estudiar Periodismo!

“Me preguntaron por la Medicina y les dije que ser periodista era más barato. Me preparé. Un reportero del Diario de Cuba, santiaguero me dio una carta de moralidad y buena conducta, como se le llamaba entonces, me presenté y aprobé. Tanto Medicina como Periodismo se estudiaban cuando aquello en La Habana, pero no me desvinculé  de los amigos  míos, orientales, que cursaban Medicina.

Fui a algunas clases de anatomía que me sirvieron después para no sentir temor a la sangre cuando estuve como corresponsal  de guerra en Vietnam.

– ¿Tuvo una juventud alegre?

– Sí, me gustaban las fiestas y la música.

Yo no fui estudiante de Periodismo de cien puntos, filomática (hoy le dicen “filtro” o “taco”) y prefería ir al Alí Mar a oír a Benny Moré, o La Tropical a escuchar al flautista Richard Egües, de la orquesta Aragón.

– ¿Alguna faceta curiosa suya?

– Mi paso por la televisión, cuando hice la pasantía en tercero y cuarto años de Periodismo en el Canal 4 de Gaspar Pumarejo, en unión de una compañera llamada Lucy. Cubrimos deportes, pero también hice con ella un documental sobre Martí en la Fragua Martiana, en 1951. En el Boletín de Patria  de dicha institución, Gonzalo de Quesada y Miranda mencionó ese material fílmico nuestro. Poco después me examinaron en la televisión  y salí bien en la prueba de locución y de expresión ante las cámaras. Por eso la televisión me considera y cuenta conmigo como una de sus fundadoras.

– Entonces usted empezó el Periodismo primero con Maceo y Martí y después con Fidel, ¿no?

– Así es. De ahí me fui para Santiago en julio, de vacaciones, en 1953, en tren. Surge entonces toda la historia ya bastante conocida de mí participación en los carnavales, en unión del fotógrafo de Bohemia Panchito Cano, de los disparos del asalto al cuartel Moncada, de las fotos tomadas por Panchito a los asaltantes asesinados, de la conferencia de prensa mentirosa del Coronel Del Río Chaviano y de cuando yo veo a Haydeé Santamaría y a Melba Hernández prisioneras en esa fortaleza militar santiaguera. Todo eso y el proceso de autodefensa de Fidel, puede leerse, por ejemplo, en mi libro La Generación del Centenario, que hoy ya tiene cinco ediciones, por la editorial Ciencias Sociales, pero con el título más breve: El juicio del Moncada.

– Estuve cubriendo la Causa 37 sin ser aún graduada de Periodismo, pero anoté  minuciosamente todo lo que vi oí en once vistas orales del juicio, desde el 21 de septiembre hasta el 16 de octubre, en tres lugares: el Palacio de Justicia, la salita de la clínica La Colonia Española y la Sala de Enfermería del hospital Saturnino Lora, donde Fidel asumió su propia defensa, convirtiéndose de acusado en acusador, en genial alegato de abogado veinteañero firme en sus principios y convicciones.

– No pudo publicarlo todo entonces…

– No, solo 1 110 líneas, de las 6 300 que escribí. La censura no lo permitió. Salió entonces en la sección En Cuba, de Bohemia, sin mi firma. Luego de 1959 se publicaron las 210 páginas que hice en una serie de reportajes de donde más tarde surgió el principal de mis libros moncadistas.

-Por cierto, su texto La Generación del Centenario lleva dos prólogos; uno de Alejo Carpentier y el otro firmado por Haydée Santamaría y Melba Hernández.

-Carpentier dijo entre otras cosas: “Quien en el futuro, quiera informarse acerca del histórico juicio del Moncada, tendrá que acudir, por fuerza, a la crónica de Marta Rojas, testimonio elocuente y fidedigno de un trascendental acontecimiento”.

Haydée y Melba expresaron, en una parte de ese prólogo: “Desde el primer instante, la autora tuvo una proyección de futuro y no tomó las notas como una función a cumplir, sino fue atenta y celosa observadora de todo lo que estaba sucediendo entre las bayonetas que invadían el local donde se celebraban las vistas de aquel juicio”.

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