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PERIODISMO PATRIMONIAL E HISTÓRICO

La última vestidura del general

Un trozo de tela, no más. Un cúmulo de hilos cosido a una banderita cubana que debió ser de seda y ahora está despintada y deshecha, de manera que casi no se le ven las franjas ni la estrella.

Es un “fragmento de la camiseta azul que traía puesta el mayor general Antonio Maceo…”, dice el documento con su letra corrida pero metódica, y su sello lacrado de notario; esto debe probar la veracidad de la reliquia. Pero, aun así, la tela no luce azul, sino roja.

¿Será el tiempo, que destiñe de forma misteriosa… quizá las costuras también rojas, derritiéndose sobre el fragmento coleccionable, o acaso la sangre noble de Maceo? ¿Será de aquel día, la sangre?

***

En la finca Purísima Concepción del barrio rural de San Pedro, residía el campamento del lugarteniente general Antonio Maceo. Cerca estaban las tierras de La Matilde, Bobadilla y La Jía. Era en La Habana, donde los bosques se convirtieron en sabanas y después en tierras fértiles que, a su vez, se dividieron una y otra vez en propiedades pequeñas como parte de un proceso agrario de los siglos XVIII y XIX.

El paisaje pronto se llenó de cercas de piedra que deslindaban unas fincas de otras: muros de un metro de ancho, y de uno y medio de alto, que servían lo mismo de trincheras a la infantería española con sus máuseres argentinos de 2 180 metros de alcance, que de obstáculos a las tácticas mambisas centradas en cargas de caballería. Para contrarrestar tal desventaja las tropas insurrectas solían abrir portillos en las cercas y así facilitaban las maniobras de los jinetes.

Los alrededores del campamento eran un reflejo fiel de esa topografía habanera, lo que derivó, al cierre del 7 de diciembre de 1896, en una fatalidad histórica de trascendencia incalculable.

A las nueve de la mañana llegó Maceo con su escolta y su Estado Mayor. El campamento lo recibió con la euforia habitual de quienes habían oído leyendas sobre el Héroe de Baraguá. Las tropas formaron por regimientos y el lugarteniente general pasó revista. “Con esas fuerzas se puede ir al cielo”, exclamó satisfecho.

Al rato, en su tienda de campaña con roles de cuartel general, leyó informes, se reunió con jefes de regimientos y firmó ascensos de oficiales. Pidió los planos de Marianao para repasar el próximo plan de ataque.

Óleo pintado por Armando García Menocal, en 1908, que recrea la caída del Titán.

A las cuatro de esa misma tarde, los coroneles Juan Delgado y Alberto Rodríguez, y el comandante Andrés Hernández, atacarían por el barrio de El Pocito; otro grupo entraría por la playa mientras que Maceo lo haría por La Lisa con el resto de los hombres. Luego seguirían todos juntos por la actual Avenida 51 hasta llegar a Tejas, en Cerro. Doblarían en Jesús del Monte y, ya en La Víbora, cogerían rumbo a las lomas de Managua, donde se encontrarían con el general José María Aguirre, jefe de la División Habana.

El objetivo principal de esta operación era, según el estratega, “dar un escándalo esa noche” y ridiculizar al capitán general de la Isla, Valeriano Weyler, quien se jactaba de tenerlo atrapado en Pinar del Río, tras la trocha de Mariel a Majana. Maceo había cruzado en bote la Bahía del Mariel, así que nadie se lo imaginaba en territorio habanero, y menos aún con Marianao entre las cejas.

Pero se oyeron disparos y el Titán de Bronce decidió al instante que Marianao no sería ese día. Lleno de cólera por la sorpresa, pidió un corneta y empezó a prepararse para la batalla.

Mientras los mambises descansaban bajo las arboledas, despreocupados y ociosos, la columna española de San Quintín –dirigida por el comandante Cirujeda y compuesta por tres compañías de infantería y tropas de caballería– había alcanzado el campamento sin ser vista por ningún explorador cubano.

Sorpresa total para ambos bandos, pues si bien los españoles sabían de movimiento insurrecto por la zona, no esperaban tropezarse con tantos enemigos: el rastro que habían descubierto en la manigua era de 60 jinetes (la escolta de Maceo que llegó en la mañana).

Casualmente, el comandante mambí Rodolfo Bergés consultaba su reloj cuando sonaron las primeras descargas de fusilería: las tres menos cinco de la tarde. A esa hora inició el combate de San Pedro.

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Plano del combate de San Pedro el 7 de diciembre de 1896.

“No conozco que algo parecido hubiera ocurrido con otros personajes cubanos: así, con certificación y todo”, asegura Alexis Placencia, especialista principal del Archivo Histórico de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana. “Claro, estas cosas fueron posibles porque ocurrieron cuando acabó la guerra. Es difícil que sucedieran, más cuando caían en manos del enemigo. Por ejemplo, hay pertenencias de Martí que se recuperaron gracias a la buena voluntad del militar español Ximénez de Sandoval, quien devolvió muchas a Cuba”.

En el propio Archivo Histórico hay un retazo de la camiseta de Maceo. Placencia conoce la existencia en el país de al menos cuatro ejemplares similares: uno lo tiene el Archivo Nacional de Cuba; otro el Museo de la Revolución; un tercero está en el Museo Simón Reyes, en Ciego de Ávila y, el último, en la Oficina.

“Deben ser todos de Salvador Cisneros Betancourt. Son igualitos. Hay dos que he llegado a confirmar (el de su archivo y el de Ciego de Ávila), pero los restantes deben tener el mismo origen”, opina. La certeza de que el artífice fuera el Marqués de Santa Lucía se debe a su firma, avalada con la letra y el cuño del notario Gaspar Varona.

“Parece que él se dedicó a hacerle regalos a personalidades y a gente cercana con pedazos de la camiseta. Todos certificados. Se volvió una pieza coleccionable”, explica el historiador y agrega: “Cada fragmento parte de un tramo más grande, con el cual hizo recortes pequeñitos. No tengo idea de cuántos recortes. Probablemente, no serían solo cuatro, sino más”.

Aparte del pequeño segmento de camiseta en la bandera de seda, el Museo de la Revolución guarda además un trozo más grande de la misma reliquia, uno que en nada se relaciona con Cisneros. Anteriormente, este se guardó en el Museo de Santiago de las Vegas y, antes de 1959, en el ayuntamiento de esa localidad.

***

La guardia de avanzada del campamento disparó en cuanto se topó con la caballería de la columna española. Esta última supo que, tras esa alerta, los refuerzos enemigos llegarían pronto; entonces cargó sin mesura hasta donde las espuelas permitieran.

Muchos cubanos huyeron a la desbandada. Otros se interpusieron entre los atacantes y la tienda del lugarteniente general. Pronto los insurrectos contraatacaron y los jinetes se retiraron hacia el flanco derecho de la infantería, que se había posicionado detrás de una cerca de piedra. Ningún corneta aparecía por todo eso.

Cráneos de Maceo (izq.) y Panchito (der.), en este último es evidente el efecto del machetazo.

Maceo intentaba subir la moral y reorganizar sus tropas con un toque “a degüello”. Daba igual, porque, una vez listo, desenvainó el machete y fue a La Matilde, donde ocurría el centro de la acción.

La contienda se había limitado a un fuego normal de posiciones. Cada bando se escudaba detrás de un muro. Los españoles, con más infantería, no iban a salir de esa posición ventajosa; además, gozaban de más municiones y mejores armamentos: de demorarse mucho la batalla, los cubanos sufrirían la peor parte. Por otro lado, a la caballería cubana le era imposible flanquear al enemigo sin recibir antes un torrente de plomazos. Estaban ante un punto muerto.

Nada más se estabilizó el combate, Maceo tuvo la posibilidad de retirarse sin ningún contratiempo. No perdería prestigio: tampoco lo hizo en otras ocasiones cuando rechazó una batalla desventajosa o inoportuna. Él realmente había venido a La Habana de paso hacia Oriente. Allá se reuniría con Máximo Gómez para tratar problemas y conspiraciones del Consejo de Gobierno. Además, para qué batirse en un combate sin importancia ni beneficios, en un terreno desfavorable para su caballería. Pero Maceo estaba enojado.

Una táctica arriesgada se necesitaba para vencer. El estratega reunió discretamente a su escolta y se dispuso a bordear un guayabal para atacar el flanco izquierdo español, al que reconocía como más débil por la intensidad de descargas de proyectiles que llegaba a sus oídos (no alcanzaba a ver la extensión de la línea enemiga, la cual medía aproximadamente un kilómetro).

Maceo le ordenó a Baldomero Acosta y a Juan Delgado que sostuvieran el fuego en el frente de La Matilde y, sin levantar sospechas, salió a ejecutar el plan. Si hubiera continuado por el norte, a través de un palmar que estaba después del guayabal, hasta la entrada principal de Bobadilla, con su machete hubiera amputado cien almas peninsulares; pero decidió entrar por el mismo guayabal y abrir un portillo en la cerca de piedra.

Evidentemente, él y sus acompañantes desconocían el terreno, porque atravesando el boquete se encontraron con la infantería enemiga a 400 metros detrás de un muro y, en otra dirección, a 700 metros, un pelotón entero de guerrilleros. Era un fuego cruzado, la “tijera” letal que describió el coronel Juan Delgado.

Como estaban bloqueados por rocas en todas las otras direcciones, Maceo y su tropa se movieron hacia la derecha. Se dividieron en dos grupos para evitar los tiros, pero igualmente frenaron ante una cerca de alambre que usaban los campesinos para proteger las zonas cultivables del ganado vacuno.

“Corten el alambre, rápido”. Había que desmontarse del caballo y dar machetazos a púas y hierros. Tardaría pocos minutos, pero detrás aún quedaba otra cerca de piñón. Agrupados frente a la alambrada se volvieron blancos fáciles ante el calibre de un máuser. Maceo se volteó hacia José Miró Argenter y, con voz trémula, dijo: “Esto va bien”.

Fueron sus últimas palabras.

***

Panchito Gómez Toro con sus amigos, César Salas y Fritot, en Nueva York, en 1893.

Después de la guerra, el general Máximo Gómez vivió una breve estancia en la Quinta de los Molinos. Licenciaron al Ejército Libertador y destituyeron al Generalísimo, quien se mudó a Calabazar, a sufrir tormentos por la memoria de su hijo muerto.

Pero era hora de saldar deudas. Creó la Comisión Popular Restos de Maceo-Gómez y recaudó dinero para erigir un monumento en El Cacahual dedicado a ambos patriotas.

El 18 de septiembre de 1899 se organizó el velatorio en la capilla ardiente que, como muestra de agradecimiento, se montó en la mismísima casa del viejo Pedro Pérez. Al día siguiente, se repartieron dos trozos grandes de la camiseta que llevaba Maceo cuando murió en combate.

El primero, el más grande, fue para Magdalena Peñarredonda, una independentista pinareña, delegada en esa provincia del Partido Revolucionario Cubano. Al parecer, era miembro de la Comisión Popular e incluso había proyectado un futuro museo –nunca se concretó– para recordar las pérdidas de Maceo y Panchito. Posteriormente, habló con Gómez porque ella saldría del país y su reliquia pasó al Ayuntamiento de Santiago de las Vegas.

El otro tramo de camiseta fue obsequiado a Salvador Cisneros Betancourt, quien había sido presidente de la República en Armas.

El 7 de diciembre de 1899 se inauguró el primer monumento que hubo en El Cacahual.

***

El lugarteniente general enmudeció tras una bala que le desprendió su maxilar inferior derecho. Un mentón desmenuzado y un rostro pálido por la pérdida de sangre significó la muerte en menos de un minuto. La chamarreta de dril blanco parecía un trapo de carnicería mientras que Maceo, el Titán de Bronce, el Héroe de Baraguá, el de la Invasión a Occidente y la Campaña de Pinar del Río, no era más que un cadáver. Aterrados, todos lo sabían.

Pedro Pérez lideró a sus hijos en el conocido Pacto del Silencio.

Cuenta el historiador Francisco Pérez Guzmán, autor del libro La Guerra en La Habana –cuyas páginas han inspirado y documentado la mayoría de los pasajes de este texto– que el impacto de la muerte de Antonio Maceo desmoralizó al grupo que lo acompañaba: el brigadier Miró Argenter salió con el pretexto de haber sufrido una herida; el coronel Zertucha, médico personal del caído, huyó alegando que buscaría medicinas; el general Pedro Díaz negó su ayuda en el traslado del cadáver hacia una zona segura y simplemente se largó hacia La Matilde en busca de un supuesto refuerzo; pero cuando llegó, no pidió nada y solo informó que habían herido o matado a Maceo, que no estaba seguro; justo después escapó hacia la retaguardia.

Otros oficiales intentaron en vano resguardar, en medio de tiros desde todas direcciones, un cuerpo inerte de 220 libras.

Cuando al capitán “Panchito” Gómez Toro, asistente personal de Maceo, le llegó el rumor de que su superior había caído en combate, así con su brazo derecho en cabestrillo –debido a una herida sufrida en una escaramuza en Bejerano que lo había “rebajado de servicio” desde hacía cuatro días–, salió a buscar el cadáver.

En el portillo de la cerca de piedra se cruzó con el comandante Juan Manuel Sánchez que le preguntaba hacia dónde iba. “A morir al lado del general”, respondió el joven de 20 años, hijo de Máximo Gómez.

En efecto, sintió dos balazos que lo hirieron gravemente. Agonizante, escribió una nota de despedida que explicaba su suicidio. Morir antes que ser prisionero, una tradición dentro del Ejército Libertador. Pero al apuñalarse el pecho le faltó precisión y fuerza para quitarse la vida.

Los mambises en la finca Bobadilla huían sin ofrecer resistencia. Los españoles no los persiguieron y se lanzaron a saquear los cadáveres en busca de botines de guerra.

El canario Juan Santana Torres encontró a dos individuos tendidos en el suelo: uno “pardo”, de más edad, y otro “blanco”, más joven y que aún respiraba. Este último le imploró: “Si eres buen español, no me mates; si eres de los míos, recógeme”. “Si soy buen español, ya lo verás”, y le soltó un machetazo en la cabeza.

Mientras, en La Matilde nadie se enteraba de nada. Al rato se desplazaron a la retaguardia. Allí recibieron la fatídica noticia. Las tropas estaban desorganizadas y sin jerarquía. Abundaba la confusión respecto al lugar exacto donde había caído Maceo. Un derrotismo generalizado.

Sin embargo, Juan Delgado decidió rescatar el cadáver y acaudilló a su gente mediante una arenga que cerraba con “el que sea cubano y tenga valor, que me siga”.

Eran las cinco y media y el combate ya había terminado. Cuando llegaron Juan Delgado y 18 hombres a caballo, los españoles seguían en el cuartón de Bobadilla. Dispararon los mambises. Los españoles respondieron. El coronel dio la orden de cargar, pero al final no fue necesaria, pues los enemigos se retiraron: no comprendían la razón de luchar en ese momento; al fin y al cabo, nunca supieron que Maceo se hallaba por esos lares.

Máximo Gómez durante la inauguración del monumento en El Cacahual.

Los insurrectos peinaron el terreno y al rato hallaron los cuerpos de Maceo y Panchito juntos, despojados de casi todas sus pertenencias. Los llevaron a la retaguardia y Juan Delgado aseguró encargarse de los difuntos.

Entonces, a las cuatro de la madrugada, le tocó la puerta a Pedro Pérez, su tío político, y le pidió que enterrara rápida y discretamente ambos cadáveres en un lugar solo conocido por él, con la promesa de que el secreto durara lo que tardara en conseguirse la independencia de Cuba.

Pedro despertó a sus tres hijos para adelantar el trabajo en los surcos. Así, cuando amaneciera, ya habrían terminado y, cuando nadie estuviera viendo o escuchando, cavarían la tumba.

Aun en medio de la reconcentración de Weyler, el viejo pasaba a cada rato a inspeccionar el área. Cuando acabara la guerra, él o su heredero del secreto buscarían al presidente de la República o al Generalísimo, para brindar la ubicación del escondite. Este episodio trascendió como el Pacto del Silencio.

***

“Pedro, ¿está seguro que es aquí donde están los cuerpos?”, cuestionó Gómez, ansioso. “Estoy segurísimo de eso. Tanto es así que va a encontrar a su hijo apoyado en el brazo derecho del general”, afirmó Pedro Pérez.

Los ayudantes siguieron cavando y finalmente se toparon con los esqueletos de Maceo y Panchito, en la posición que había augurado el campesino. Tres años después de un entierro furtivo, el 17 de septiembre de 1899, afloraban las osamentas sin rostros ni carnes por los que fueran reconocidos.

A Maceo le habían saqueado su chamarreta y otras pertenencias distintivas, pero un pedazo de lo que fue su camiseta interior seguía atado a sus huesos. A nadie le importó si la tela era roja o si estaba bañada con su sangre criolla. Era suya, y eso bastaba para inmortalizarlo.

Fotos: Cortesía de Patrimonio Documental Oficina Historiador de La Habana

Imagen de portada: Ejemplar del fragmento de la camiseta que vestía Antonio Maceo el día de su muerte, preservado en la Oficina del Historiador de La Habana.

(Tomado de Bohemia)

Dariel Pradas
Estudió en la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Es periodista en la revista Bohemia, de Cuba

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