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COLUMNISTAS

De vikingos y otros esperpentos

El juicio político a Donald Trump se presenta enmarcado en dos vertientes opuestas de significado azaroso, pero ambas a tener muy en cuenta. Una se remite al acercamiento de los republicanos al ex mandatario para, no lo esconden, emplear el ascendiente con que cuenta dentro de un considerable sector ciudadano y sumarlo en favor de los conservadores.

En el 2022 deben realizarse elecciones parlamentarias en Estados Unidos. A ese certamen se asocia la postura asumida tras el asalto al Capitolio el 6 de enero por unos cuantos congresistas. Hasta la víspera habían respaldado las exigencias judiciales que promoviera el magnate junto con su campaña para mantenerse en el cargo, alegando fraude en las presidenciales.

Ante la magnitud de lo acontecido, salvo diez senadores, el resto pasó de un apoyo radical a desmarcarse de quien causara el traumático acontecimiento. Se dijo -y parece confirmarse- que no fue una actitud sincera de lleno, sino un enroque pragmático el de los legisladores, precisamente mirando hacia los comicios de Medio Término, cuando pudieran lograr otra vez mayoría y de ese modo influir sobre el programa de los demócratas.

Se debe tener en cuenta que Joe Biden necesita la colaboración tangencial de los republicanos porque existen diferentes proyectos que requieren de esa ayuda para tener éxito. Pero eso no basta a un sector fichado como ala ultra de ese partido, deseosos de imponer sus determinaciones. Y, por las muestras, no descartan recursos canallescos en su furor por preponderar.

En ese enfoque se ubica la visita a Trump realizada por el líder de la minoría opositora en la Cámara de Representantes, Kevin McCarthy, en su residencia en La Florida.  Los medios que reportaron el hecho no eludieron situar el íntimo significado de tan temprana prueba de praxis política mezquina.

Aprovechar la adhesión de un segmento poblacional seducido por el ahora de baja, para explotarla en pro de recobrar preeminencia parlamentaria, revela un oportunismo bastante huérfano de principios. El propio McCarthy fue uno de los que condenó la convocatoria del magnate para el asalto al Congreso. ¿Se desdice o muestra esta vez su auténtico tejemaneje?

Desde otro ángulo, el ensayo confirma que los republicanos no asimilan la lección dada por los extremismos recientes. Pareciera  interesarle solo retomar el poder, aunque ello suponga desastre. La responsabilidad inherente a todo representante público debería dirigirse a la solución de los asuntos, no a cuidar de conveniencias de grupo.

Del otro lado encontramos, y eso sí es una buena señal, aunque lamentable en su circunstancia, que una parte de los seguidores de Trump se topan con una verdad no prevista y  se sienten decepcionados.

Caso de emblemática cita resulta la del notorio individuo disfrazado de vikingo, se supone. Quien hizo las delicias de los informadores gráficos por su inusual atuendo y la dinámica corporal de su portador, no está tan convencido ahora de que participaba en una causa defendible.

QAnon Shaman, como prefería llamarse por su filiación con esa secta  de chocantes y trasnochadas creencias, o por igual Jacob Anthony Chansley, alias Jake Angeli, -los restantes apelativos conocidos del encartado-,  se siente traicionado por Trump pues pudo absolverle de cargos antes de marcharse de la Casa Blanca pero no lo hizo.

De acuerdo con los reportes publicados al efecto y según afirma el abogado a cargo de su defensa, el ahora incriminado estuvo “terriblemente enamorado” de Trump. Pensó que protegería a los participantes del allanamiento, toda vez que fue quien les convocó, pero, al cabo, no hizo el menor esfuerzo por decretar su libertad, atribución de los presidentes estadunidenses cuando concluyen mandato.

Se sintió traicionado,  expuso el jurisconsulto, aludiendo a que los reclamos y la insistente facundia mendaz sobre irregularidades masivas en los comicios hechas por el entonces presidente,  nutrieron los ánimos –no solo de su cliente- que incitaron a los disturbios, promovidos paso a paso, incluso antes de las votaciones de noviembre.

Como en febrero se inicia el segundo impeach contra Trump, es posible que este y otros encausados pudieran ser citados a testificar, aunque los republicanos, particularmente aquellos enfocados en usar el influjo de Trump,  pudieran boicotear esa peripecia. Es probable que por priorizar lo secundario,  menos decente, les sorprendan eventos fuertes que se están incubando más allá de tan limitados horizontes políticos.

Entre las facultades que tienen está el entorpecer los proyectos renovadores de los demócratas. ¿Acaso no son un poco-mucho culpables de lo descompuesto por Donald Trump?  Ni se le opusieron ni le llamaron al orden, vale considerar.

Biden y su equipo requieren de apoyos, por mínimos que fueren,  para emprender diversas reparaciones, cuando, por si no fueran suficientes el litigio interno y los riesgos desatados en la sociedad norteamericana. Hay  problemas en demasía en el planeta, en medio de una etapa excepcional de epidemia y dificultades económicas columbrándose sobre las crisis anteriores. ¿Es tan difícil percibir esa realidad y atenderla? Después pudieran continuar sus rifirrafes bochornosos por el poder.

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