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Mis queridos colegas

Jamás me había propuesto quedarme en La Habana, una vez graduada. Tenía muy claro que mi lugar estaba en la emisora Radio Artemisa, donde residía. Pero las cuestiones del azar me llevaron a prestar servicio social en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, junto a un grupo de colegas, que con el tiempo seríamos hermanos.
Fue precisamente, en el período 1984-85, durante un curso para corresponsales de guerra, efectuado en la Academia de las FAR, General Máximo Gómez, ─en el cual coincidimos los recién graduados de Periodismo y otros experimentados periodistas del país ─, que conocí a Juan Candelario Bacallao, periodista de la emisora Radio Reloj.Jamás me había propuesto quedarme en La Habana, una vez graduada. Tenía muy claro que mi lugar estaba en la emisora Radio Artemisa, donde residía. Pero las cuestiones del azar me llevaron a prestar servicio social en las Fuerzas Armadas Revolucionarias, junto a un grupo de colegas, que con el tiempo seríamos hermanos.

La nobleza en persona era Bacallao. Lo elegimos jefe de aula, en honor a su experiencia, pero su bondad no resistió mucho tiempo los arrebatos juveniles y los resabios de algunos de los más maduros.  Dentro de su tamañote y andar lento, Bacallao tenía algo de niño. Quizás por ello, nos aceptó con tanta facilidad. Una vez, en aquellas tardes en que el mayor Rivas nos hacía estudiando, Alberto Walón dijo que él era capaz de hacer levitar a cualquier persona.  Bacallao le respondió que eso no era posible.

―Si quieres, vamos a comprobarlo, te levanto con dos dedos ─ lo retó Walón, pequeño de estatura y con algunas libras de más.

En el acto, el hombre estuvo acostado sobre el buró del profesor. Alrededor estábamos todos nosotros.

― ¡Necesito silencio! ─ requirió Walón, quien comenzó la ceremonia, diciendo unas palabras en susurro.

―Tu cuerpo no pesa nada, tu cuerpo ya se levanta…

Sobre la mesa estaba inerte el cuerpo, en el cual sobresalía la narizota de Bacallao. Creo que hasta se quedó medio dormido. Walón levantaba las manos y las volvía a bajar, con un rostro que invitaba a la risa.

No pudimos aguantar más. Las carcajadas estremecieron el local y rápido nos tuvimos que poner más serios que una tuza porque ya estaba frente a nosotros el mayor para hacernos entrar en razón.

En las pruebas de tiro, Bacallao sorprendió a pesar de su miopía. Tenía experiencia y también maña. Fue de los pocos que dio en el blanco. Después se encargó, junto al profesor, de ayudarnos. Todos sabíamos que algunos de nosotros serían seleccionados para cumplir misión una vez terminadas las clases. Según rumoraban, iban a ser los colegas de más experiencia, pero nadie sabía quién.

Finalmente, al concluir el curso, Bacallao estuvo en el grupo de los corresponsales de guerra que partirían a Angola.  Creo que fue Baby, quien trabajaba en el periódico Avante, de la Marina de Guerra Revolucionaria, quien me llamó:La noticia me sobrecogió. Me contó tiempo después el fotorreportero Juvenal Balán. “Ni siquiera tenía que ir ese día en la caravana”, se lamentaba.― ¡Mataron a Bacallao, fue una emboscada! ―dijo con voz entrecortada.

Apenas tuvo oportunidades el bueno y noble de Juan Candelario Bacallao Padrón de reportar para la emisora Radio Reloj, que tanto quería. Murió el 19 de octubre de l985, en Chitembo, provincia de Cuando Cubango, durante una emboscada a la Caravana Che Guevara.

En abril de l987 ya sabíamos que se iba a concretar la creación del periódico Bastión, órgano de las FAR, y con ello desaparecían los periódicos de los distintos ejércitos y tipos de Fuerzas Armadas. Antes tuvimos que pasar otro curso intensivo, pero esta vez en la Casa Central de las FAR. De nuevo el grupo se reencontró, para estar juntos unos cuantos años. En el recién estrenado Combinado Poligráfico Granma se le designó a Bastión el área del quinto piso.  Fueron creadas excelentes condiciones materiales para ese momento.  Pero, como periódico nuevo, le resultaba muy difícil imponerse entre los lectores.

Con la designación como nuevo director de Frank Agüero, quien tenía una amplia experiencia en el periodismo militar pudimos cambiar la imagen. No obstante, resultaba difícil tener noticias interesantes desde nuestro perfil. El salto lo daríamos con los amplios reportajes que comenzaron a publicarse sobre los combatientes que cumplían misión en Angola. Bastión empezó a agotarse en los estanquillos. Eran los instantes más complejos de la guerra y todos querían ir: Luis Lino Hernández y Antonio Pérez estuvieron en ese primer destacamento.

Después se fue para Oriente, desde donde reportaba para las páginas del periódico. Luego oí decir que había sido designado para ir a África, hasta aquel fatídico 27 abril de l988.Antonio era militar de Academia, graduado como periodista en la otrora Unión Soviética. Era callado y a veces, tras sus espejuelos, parecía algo tímido. Recuerdo que en el curso que recibimos en la Casa Central de las FAR hicimos práctica juntos en la Agencia de Información Nacional y durante ese mes cubrió como dos noticias relacionadas con incendios. De hecho, le pusimos, “el apaga fuegos”.

Ya en los pasillos de Bastión se rumoraba que un avión había sido derribado, con un grupo de cubanos a bordo. Según decían, entre ellos iba Luis Lino. Marieta, Baby y yo lo lloramos. Sentíamos un especial cariño por Lino, amigo desde la Facultad.  Al poco rato, fuimos citados para el salón de reuniones. Muy serio, Frank rectificó la noticia: el fallecido era Antonio Pérez.

La consternación nos marcó. Había perecido, además de valiosos compañeros de los estudios fílmicos de las FAR, entre otros. Como Bacallao, Tony tampoco tuvo tiempo para escribir sus crónicas de guerra.

Según escribió el colega César Gómez Chacón en su libro Cuito Cuanavale: Viaje al centro de los héroes, esa tarde se había encontrado con Tony en la Misión Militar Cubana en Angola. Eran amigos desde los tiempos en que estudiaron la carrera de Periodismo en la entonces Unión Soviética.

Cuenta César que hablaron de todo, que Tony andaba preocupado por arreglar sus espejuelos, a los cuales se les había roto un cristal y que para él resultaban imprescindibles. Precisamente, las gafas, recordó César, partes de la cámara de Eduardito (Eduardo Bosch) y del equipo de grabación de Marcos Martínez fueron de los objetos que se pudieron rescatar, luego del accidente. Valioso grupo de queridos colegas que dejaron grabada con su sangre la historia del internacionalismo en Angola.

Ese fue un año prolifero en informaciones y buenos trabajos que narraban las odiseas de los cubanos en ese pedazo de suelo africano. Los reportajes de César Gómez, Roger Ricardo y Pastor Batista, llenaron las páginas de periódicos y revistas.

En lo particular, me contenté con escribir los testimonios de los que llegaban; pilotos, tanquistas, artilleros, exploradores, todos con una historia que contar, la cual a veces me hacía erizar de pies a cabeza. Tiempo después, tendría la oportunidad de reportar desde la tierra angolana parte de esas hazañas escritas por cubanos y angolanos.

Imagen principal: Bacallao, sentado, durante una clase en el curso de Corresponsales de Guerra (cortesía de Bárbara Avendaño)

Tomado de Bohemia

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