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Sutilezas que se esconden en los titulares    

En el “Año del Esfuerzo Decisivo”.

En 1969 celebrábamos el décimo aniversario de la victoria revolucionaria en medio de mil dificultades y el bloqueo del gobierno yanqui, que ya cumplía nueve años. Al finalizar 1968 y dársele nombre al nuevo año, Fidel nos convocaba a doce meses de esfuerzo crucial para afrontar el siguiente, -y ya próximo-, 1970, con el reto adicional de una zafra de diez millones de toneladas de azúcar. En consecuencia, se designó a 1969 “Año del Esfuerzo Decisivo”(1).

Para dar cobertura informativa a lo que se nos venía encima sobre temas  agrícolas e industriales, preparatorios de la mayor zafra de nuestra historia, se decidió enviar periodistas de los órganos de prensa nacionales a la provincia más importante del momento en el escenario azucarero: Camagüey.

Recuerden que estoy hablando de 1969; todavía existían las “Seis Lindas Cubanas” y se bailaba aquel danzón que decía: “Pinar del Río, La Habana, Matanzas y Santa Clara…, ¡me voy…!, cuando llego a Camagüey, Oriente me llama…”   

Los que han acumulado tanta o más juventud que este servidor, recordarán también que la antigua provincia de Camagüey era la segunda en extensión superficial, -la superaba Oriente-, pues incluía el territorio de la actual Ciego de Ávila, parte de Sancti Spíritus y un pedazo de Las Tunas. Vaya…, que todo quedaba lejos de la capital provincial.

De esa forma, se habilitó una casa en la “Ciudad de los Tinajones” como Centro de Información, que serviría de redacción y alojamiento para un grupo de reporteros y fotógrafos. Las llamadas de “larga distancia” se hacían a través de una operadora y había que esperar largo rato para que la conexión se lograra, aunque las nuestras eran “urgentes de prensa”(2). Internet y la telefonía móvil no existían ni en los cuentos de ciencia-ficción.

Yo informaba para el noticiero radial El Rápido de las 7 en Punto y el Noticiero Radio Progreso, y el colega Lino Betancourt(3) informaba para Radio Reloj, con veinticuatro horas en “el aire”. Para trasladarnos y dar cobertura a todas las prioridades informativas, teníamos un yipi GAZ de cuatro puertas y una destartalada furgoneta Chevrolet 57, a la que jocosamente llamábamos “la perra”, por los perros embarques que nos daba.

Dada la escasez de transporte, en ocasiones íbamos todos a cubrir lo mismo, ya fuera la marcha de algún plan agropecuario, o una visita a los agricultores pequeños destacados, o la participación de la mujer agramontina en los preparativos de la zafra venidera, etc.

 ¡¡Peligro, titulares…!!

Fue con ese sector femenino y sus actividades en Camagüey donde tomé mayor conciencia del peligro potencial que encierra la redacción de titulares y la importancia de su dominio y rigurosa revisión antes de dar por terminada la información y lanzarla “al aire”.

Por fortuna, también existía la costumbre de consultarnos entre colegas y, ¿por qué no…?, darnos a revisar los textos antes de enviarlos por teléfono a las redacciones centrales. Esta era una costumbre muy saludable entre los profesionales de la Dirección Informativa del ICR, pero ya olvidada, que en su momento logró atajar gazapos y disparates, en ocasiones camuflados e imperceptibles en el lenguaje mejor intencionado, como sucedió.

Una mañana Lino y yo regresábamos en el yipi de no recuerdo qué cobertura fuera de la ciudad, cuando este me pidió que leyera su reportaje de cuatro minutos con destino a la Revista Semanal, ya listo para enviar a Radio Reloj.

Pese a los tumbos y brincos del GAZ por aquella carretera, pude leer las cuatro pequeñas cuartillas de 13 líneas, equivalentes a un minuto cada una, según la pausada cadencia de los locutores para la Revista Semanal. Era un buen trabajo acerca de las tareas que afrontaban con todo entusiasmo las féminas de la provincia en aquel año de serio compromiso en el orden laboral.

Pero había algo chocante en el título del trabajo; algo que atentaba contra la seriedad de lo expuesto y amenazaba con levantar insospechadas suspicacias. De acuerdo con el texto, el locutor debía enunciar, literalmente, el titular: “Ejemplar dedicación de las camagüeyanas en el…”, y ahí se leía, claramente, la decena terminal del año…, ni siquiera el año completo.

Eso de mencionar el año por los dos últimos dígitos ha sido una costumbre centenaria en este país. Probablemente llegó junto con “la vara para mal medir y la sífilis del virrey”, como apuntara el insigne poeta camagüeyano Nicolás Guillén. No me sorprendería que el Gran Almirante se jactara por entonces de haber “descubierto” el Nuevo Mundo en octubre del 92”.

No había que molestar a Moreno Fraginals, -en esa época ya había publicado El Ingenio y todavía vivía en Cuba-, para que tal vez nos contara la historia detrás del significado, más o menos vernáculo, del numerito de marras, cuando hubiera sido más fácil consultar el Kama Sutra.

Pero hice bien en alertar a Lino. Este releyó todo el trabajo, en particular el título. Y se preguntaba: “¿Cómo se me pudo ir semejante disparate?”. Al final hizo lo más sensato; lo cambió por un correctísimo “Ejemplar dedicación de las camagüeyanas en el Año del Esfuerzo Decisivo.

Nos quedó claro que a los titulares hay que prestarles la mayor atención, para que no nos pase como aquellos colegas que una vez publicaron entusiasmados, al inicio de la zafra, “Rompió a moler Máximo Gómez”, y sobre el curso de la agresión yanqui en Viet Nam, “Reconoce Estados Unidos que sus bajas son altas”.

Claro que esto nunca le hubiera pasado a un licenciado en Derecho ni a un arquitecto. Mucho se ha insistido en que los errores de los abogados se encierran y los de los arquitectos se derrumban, pero…, los de los periodistas… se publican.

Años después, cuando por casualidad me encontraba con Lino en la UNEAC o en la UPEC nos reíamos del incidente del titular que nunca lo fue. Por eso, colegas, ¡¡ojo con los titulares…!! Los alerto ahora…, antes que se me olvide.

 (1) Mil 969 era un año de la mayor importancia para la preparación de la siguiente zafra. Antecedía a 1970, el año destinado a poner a prueba la industria azucarera con una meta de producción de diez millones de toneladas de azúcar. Se alcanzaron ocho millones ochocientas mil toneladas y quedó para la historia como la mayor zafra azucarera lograda en Cuba hasta la fecha.

(2) Hubo hasta quien se enamoró durante su gestión informativa por teléfono y terminó casado con una operadora. No tuvo que esperar a que llegara Facebook.

(3) Lino Betancourt Molina. Experimentado y laborioso publicista, periodista y musicógrafo, ya fallecido. Se especializó en la Trova Cubana, a cuyos autores y obras dedicó gran parte de su vida profesional, desde la radio y sus propios ensayos, por los que fue merecedor de numerosos premios y condecoraciones.

Habana del Este, 1 de septiembre, 2020.

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