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COLUMNISTAS

Medio Oriente: Acuerdos desacordados

La última y vistosa gira de Mike Pompeo por naciones del Medio Oriente tuvo como propósito central darle los últimos toques al acuerdo con las monarquías reunidas en los Emiratos Árabes y Bareim que, Estados Unidos mediante, separan a otros dos del colectivo árabe renuente a reconocer la legitimidad de Israel, hasta tanto no sea instaurado un estado palestino en regla. Una reparación histórica proclamada en todos los foros internacionales desde hace mucho, pero terriblemente mancillada.

Queda al descubierto que la gestión del secretario de estado norteamericano no fue inocente y mucho menos propiamente tan diplomática como sería adecuado. Ante todo porque se filtraron las presiones y actos de chantaje efectuados sobre sus interlocutores. Eso está registrado en Sudán.

Para inflar el proyecto y darle empaque a Donald Trump buscando tildarlo como “creador de paz”,  propusieron a Jartum quitarles del listado con el cual Estados Unidos acusa de ser promotores del terrorismo. A cambio, debían traicionar a los palestinos, alejando las posibilidades de justicia para ese arrinconado pueblo, esquilmado y roto desde hace 70 años.

El Egipto de Anwuar al Sadat tuvo el lamentable privilegio de ser el primer país árabe en darle reconocimiento a Israel. Fue en 1979 y movidos por el interés en  la devolución del Sinaí, ocupado por los sionistas durante la Guerra de los siete días, y obtener, además, facilidades económico-comerciales con Occidente, ofrecidas a cambio por Washington.

Algo parecido –no igual ni con el mismo peso- hizo Jordania en 1994 en pro de viabilizar sus reclamos territoriales y acuíferos. No obstante, ese reino advirtió  que podría reconsiderar sus relaciones con Israel si este insistiera en seguir anexionándose territorios palestinos. La opción de deshacer el compromiso fue reactivada cuando Tel Aviv anunció que iba a apropiarse de toda Cisjordania.

La inconformidad se expresó también, cuando acusaron a la administración de Netanyahu de escalar la problemática en la región con sus acciones unilaterales pretextadas con la propagación del coronavirus.

Los sucesos recién registrados con las dos adhesiones árabes, tienen en su trasfondo el empeñ0 de Trump en ser reelegido. Como carece de mérito en política exterior,  el presidente apuesta por obtener puntos y aumentar su pedigrí político presentando como si fueran éxitos propios la elminación del Califato Islámico por un lado  y estos convenios, incapaces de invisibilizar los privilegios a favor de Israel.

El plan incluye aumentar el predominio estadounidense en  la región a través, claro, de esa avanzadilla favorecida por el conservadurismo hebreo.

En los entresijos del caso, se supo, Israel y Bahréin mantuvieron una relación secreta durante dos décadas. Sacarlas a la luz ahora tiene trasfondo en reconocibles artimañas y pretendidos del imperio. Si los fines políticos se vinculan al proceso electoral norteamericano, el de orden económico cuenta con la bendición de su industria militar, a beneficiarse con nuevos clientes y seguros contratos para la venta de armamento. Barehin, por ejemplo, está convencido de ganar en términos de seguridad con el trato.

Asimismo, desde la óptica geoestratégica de la Casa Blanca estos movimientos están dirigidos contra Irán y Turquía, apuntalar su estancia en Siria y darle alimento a las divisiones en el bloque antisionista. Teherán y Ankara son las dos naciones islámicas con ejércitos mejor preparados y niveles de desarrollo estimables, pese a las sanciones y el ahogo al que someten a la nación persa y la malquerencia hacia Recep Tayip Erdogan, empeñado por su parte en restaurar el  antiguo rango de sus ancestros otomanos.

Estados Unidos ha explotado con ventaja las diferencias confesionales existentes entre estas naciones. Las variantes chiita y sunita que separan a los islamistas, se usan para disminuir las capacidades de Irán y -opinan algunos estudiosos- también se están moviendo para atemperar el influjo turco y su proyección regional.

Los tratados promovidos por el horrible inquilino de la Casa Blanca contradicen un principio acordado dentro de la Liga Árabe para cambiar reconocimiento por tierra. O sea, los palestinos obtienen espacio físico que le ocuparon, e Israel conseguiría a cambio, relaciones normales con los países del área.

Ese plan es bien distinto del presentado por Trump. Aunque lo tilden de encaminado a la paz,  ni ellos ni otros actos abren una nueva era de convivencia pacífica en Oriente Medio. Así lo destacan diversos politólogos que ven a través de lo aparente y llegan a la raíz de planes y sumisiones en favor de acrecentar el poder sionista y los beneficios emanantes de la pródiga comunidad judía estadounidense.

Poco o nada le dicen a Trump las masivas protestas ciudadanas demandando la dimisión de Benjamín Netanyahu, reconocidamente corrupto y violador de promesas para su gente o los demás, sobre todo si de palestinos se trata. El premier,  tan colmado por Trump, está henchido suponiendo que ese escudo lo hace invulnerable.

Dentro mismo de Israel, al contrario, se estima que el actual jefe de gobierno tiene  intereses  menos desprendidos y muy prosaicos a explotar con respecto a estos acuerdos que se les otorgan cuando anda en apuros. Viendo la manera de actuar del presidente norteamericano y el primer ministro sionista, se hace válido repetir el socorrido dime con quién andas y te diré tu nombre.

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