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Juan Emilio: Adiós a las desventuras

Por Róger Aguilera

Con una memoria fotográfica, Juan Emilio evoca, con punto y coma, la vez que llegó al bar Arena pregonando sus tamales, cuando un “casquito”, con tremenda borrachera, le “sopló una galleta” y lo empujó. Él terminó en el suelo por un lado, y el cubo con los tamales por otro.

“Entonces un militar, de los que aquí en la ciudad de Las Tunas llamábamos ‘guardia viejo’ ayudó a levantarme, recogió los tamales y los echó en el cubo. Y parece que por lástima me dio 1.00 peso. Era el año 1958, comenta Juan Emilio.

“Cogí mi cubo, me paré en el garaje Gascón (hoy SASA), cerca de allí, aún con la cara encendida por el galletón y le grité casquito ‘hijoeputa’, y con la misma salí corriendo por toda la calle Ángel Guardia y no paré hasta el Ferrocarril”.

A Juan Emilio Batista Cruz, un muchacho que entonces tenía 14 años de edad, le decían vendelotodo, porque la única forma de ayudar a su papá para mantener a una familia de seis hijos, era la de trabajar en lo que apareciera.

Así, cierto día, cuando pregonaba por todo el andén del Ferrocarril: “Compre aquí bocadito de cerdo asado por solo 0.10 centavos”, unos muchachos de su barrio, Casa Piedra, detrás gritaban, en broma, pero lo delataban: garganta, nariz y oído. Y hasta esa jornada llegó la venta de bocaditos.

Entonces armó un cajón de limpiabotas y comenzó a incursionar en su nuevo “negocio” por varias calles de la ciudad y en lugares públicos, menos en el bar Arena (lo dice y se ríe).

Y con el esfuerzo de su mamá, que se dedicaba a lavar ropa para también buscar ingresos, estudió mecanografía. En cierta ocasión, cuando lustraba unos calzados, su cliente le dijo a uno que acababa de llegar: “Tú lo ves así, pero es mecanógrafo”.

El recién llegado no creyó que un muchacho con las huellas de la tinta y el betún podía tener aquel oficio, porque en aquella época era un conocimiento importante y no todos podían tener ese título.

Entonces echaron una apuesta y Juan Emilio demostró sus habilidades en una máquina de escribir Remington que había en el hotel Pasaje, hoy hotel Ferroviario.

“El hombre a quien le limpiaba los zapatos ganó los 0.25 centavos apostados, pero a mí solamente me dio los 0.05 centavos que cobraba por la limpieza”.

Son muchas las anécdotas que Juan Emilio tiene que contar. Por ejemplo, de cuando desyerbaba patios por solo 0.20 centavos, y recogía arena para vender, el metro también al mismo precio. Y cuando no pudo pasar del quinto grado, porque como había que “buscársela” para poder vivir, abandonó las aulas.

A sus recuerdos vienen niños sin pupitre y descalzos, mendigos por doquier, viviendas de tabla y guano, de yagua y las construidas por el sistema conocido como el embarrado, un método que consistía en armar una especie de choza con cujes y la hierba pelo de burro, para luego forrar las paredes con fango.

Ahí se detiene y recuerda a su tía Amada: “A su hogar la gente le decía la casa de cristal, porque tenía tantas rendijas que casi todo se veía desde afuera”.

Pero con la llegada de la década del 60 del pasado siglo, Juan Emilio comienza a superarse. Desempolva el título de mecanógrafo y va a trabajar con un familiar en el tejar Simpatía, cerca del central Constancia, en Cienfuegos.

De la Perla del Sur viaja a Holguín y el periplo lo termina de regreso a su ciudad natal, Victoria de las Tunas, como administrador de una fábrica de cerámica roja.

“Desde niño -recuerda- me gustaba hacer composiciones, y luego décimas. Así me fui inclinando por las letras, hasta que colaborando con la emisora Radio Circuito, un día me emplantillaron en la Redacción, junto con Florencio Lugones.

Y seguí superándome hasta que me presenté a los exámenes de ingreso para estudiar Licenciatura en Periodismo en la Universidad de Oriente. Aprobé y me gradué en 1975.

“Después de Radio Circuito fui fundador del periódico 26 y lo representé en Angola, en el periódico Verde Olivo Internacionalista”.

A los 77 años de edad, él permanece en su casa terminando de escribir sus memorias De limpiabotas a periodista, para completar una trilogía de libros: Apuntes sobre la historia de la prensa tunera y Crónicas y anécdotas sobre béisbol, ya publicados por la editorial Sanlope.

Pero lo que más ha marcado en la vida laboral de Juan Emilio es lo de narrador y comentarista deportivo, que practicó durante 40 años, sobre todo, por su pasión en defensa de los peloteros de la localidad.

Y aún recuerda como el primer día, las atrapadas espectaculares de Ermidelio Urrutia, los jonrones de Joan Carlos Pedroso, los batazos oportunos de Dánel Castro, las curvas hacia debajo de Félix Núñez, los récords del Señor de los 400, Osmani Urrutia; la derecha demoledora de Teófilo Stévenson y de José Gómez, y la agresividad de Omar Santiesteban.

Y si bien reconoce que pasó muchas vicisitudes para convertirse en un profesional de la prensa, dice sentirse satisfecho por haberlo logrado; mas su mayor felicidad es la de tener sus dos hijos, Norge y Noide.

El primero es trovador y Noide, tras incursionar como dirigente pioneril a nivel de base y vicepresidente nacional de la FEEM, fue el más integral en su graduación en la Universidad de Ciencias Médicas de Las Tunas. Y hoy es especialista de Segundo Grado en Oncología y trabaja en el hospital Hermanos Ameijeiras, de la capital.

Ahora en su hogar, con su computadora, continúa atrapado por el deporte en tiempos de pandemia, le responde a algunos internautas, entra en polémica y defiende a los Leñadores a capa y espada.

Vuelve a navegar, le cuestionan su argumentada defensa de la realidad cubana, y le impugna a alguien en la red de redes: “Es usted de los que en situaciones difíciles solo ven las pequeñas manchas del sol”.

(Tomado de la Agencia Cubana de Noticias)

 

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