EFEMÉRIDES

Mujeres en las guerras de independencia del siglo XIX

En las contiendas independentistas del siglo XIX  fueron muchas las cubanas que tuvieron una fuerte participación, por eso resulta difícil evocarlas a todas en apretada síntesis. Pero más lamentable  son las omisiones en voluminosos textos de la llamada historia general, con referencias fragmentadas y anecdóticas de las consideradas como las más representativas patriotas.

En entrevista concedida por la destacada investigadora Raquel Vinat de la Mataopinó que no es reiterativo recordar la arbitraria tendencia a identificar la labor femenina cubana con la obra de un exiguo grupo de heroínas, quienes sin lugar a dudas poseen una ejemplar proyección histórica.  Esto se explica porque algunos historiadores, por desconocimiento o arraigada cosmovisión androcentrista, aquilatan a estas mujeres no solo por ser las más descollantes, sino por ser una suerte de excepcionalidades.

-¿Existe un equívoco enfoque sexista en la historiografía femenina?

La enquistada descalificación sexista no aprecia a la mujer como sujeto activo en las transformaciones sociales, y esta ideología marginadora es, por lo tanto, una de las causas de que una pléyade de cubanas integrantes del movimiento independentista, sean virtualmente ignoradas.  Sostengo el término ignoradas, porque he percibido el conocimiento que existe, incluso, sobre las tan conocidas mambisas.

En nuestro patrimonio histórico tenemos el orgullo de contar con cubanas-nutrientes, semillas sin las cuales no es posible calibrar la real hondura de la identidad nacional en sus momentos de forja. Mariana Grajales, Ana Betancourt, Isabel Rubio, María Cabrales, Rosa Castellanos, Edelmira Guerra, entre otras, constituyen permanente inspiración; pero resulta paradójico que siendo personalidades femeninas cimeras, al hablar de ellas en muchos textos, se repiten una y otra vez las mismas anécdotas, similares detalles, e idénticas  frases que enaltecen, o se rememoran sólo en inevitables efemérides.

-Háblanos de ese andar femenino patriótico, menos conocido

Por razones del espacio, citaré solo algunos ejemplos, como el de la patriota tunera, Iria Mayo Martínell, casada con Charles F. Peisó, un valeroso agente del general Vicente García. En los álgidos días de 1876, Iria, que se hallaba embarazada, logró cumplir la misión de cruzar la línea de defensa española con el objetivo de hacerle llegar a Vicente García un plano de la ciudad trazado por su esposo.  Poco después Peisó se incorporó  al Ejército Libertador e Iria fue delatada y llevada a la prisión, acusada de ser la esposa y cómplice, a la vez, de un insurrecto.  En la cárcel trajo al mundo a su único hijo.

El enemigo se ensañó con la joven madre.  Luego del parto fue trasladada hacia la cárcel de Bayamo, de ahí que la obligaran a integrar la cordillera de presas que recorría a pie una gran distancia hasta la prisión.  Presintiendo en fatal desenlace de su traslado, la muchacha encomendó su recién nacido a otra encarcelada, una ex esclava, a quien le pidió que, al término de la guerra, contactara con el padre de la criatura y se la entregara.  Durante la penosa travesía, las fuerzas de Iria se agotaron debido al hambre, las hemorragias y el dolor por la separación del hijo.  Como no pudo continuar la caminata los soldados colonialistas la asesinaron a machetazos.

Otro relato impactante

Corría 1873. La campesina María Rojas había sido informada sobre el fusilamiento de un hijo, el oficial José Caridad Vargas, por el delito de alta traición  Profundamente decepcionada, se dirigió a la jefatura mambisa, donde de inmediato aclaró que su presencia nada tenía que ver con un acto de reproches. Ante el asombro de todos, la digna mujer, que se hallaba enlutada, se dirigió a ellos con estas palabras: Yo no vengo a pedir clemencia por mi hijo, si fue traidor bien muerto está y que Dios lo perdone.  Sólo vine a decir que tengo otro hijo en las tropas y, que si fuera traidor, que con él también se cumpla la justicia. Y silenciosamente se retiró del lugar de la mano de un pequeño hijo.  A poco de este impactante suceso, Carlos Manuel de Céspedes, en su condición de presidente de la República en Armas, le remitió una sentida carta donde reconocía la entereza de esta humilde cubana.

-En la Guerra Necesaria ¿qué otros nombres femeninos ameritan un tratamiento más relevante en la historiografía?

Otras páginas de gran crudeza construyen esa parte del ayer y certifican que las mujeres estuvieron lejos de ser meras acompañantes de los esposos y padres.  En 1895, muchas también supieron crecer, a pesar de las crueldades del conflicto bélico.  Esa fue la respuesta de Leonor Amoedo Arredondo, de 27 años de edad, quien al estallar la guerra animó a sus vecinas a crear una red de acopio de víveres y medicinas para la tropa donde se hallaban incorporados los esposos.  Delatadas, todas fueron enviadas a prisión y en el juicio, Leonor, con palabras sencillas y firmes, declaró: Si defender la causa por la que combate mi amado esposo, el padre de mis hijas, es delito; condenadme, que yo sabré resistir la pena. Y sufrió el encarcelamiento con sus hijas menores.

-¿Qué pasó después con esta mujer?

Una vez liberada, su miseria se acrecentó, jamás logró un empleo pues sobre ella pesaba su actitud patriótica.  La situación se tornó aún más espinosa cuando un huracán inundó su maltrecha vivienda y, para que las niñas no perecieran ahogadas, Leonor las sostuvo en los brazos por largas horas, hasta que fue auxiliada por los vecinos.  Desde entonces la salud de esta valiente cubana quedó afectada.  Ejemplo como el suyo demuestra cómo las mujeres también enfrentaron, junto a la feroz lucha contra las autoridades españoles, el hambre y otras adversidades.

Se aprecian en sus relatos de cómo las mujeres y los niños sufrieron la venganza del enemigo y de manera muy cruel…

Claro, esa era una de las formas del enemigo de humillar al Ejército Libertador.  Al periódico Patria le debemos que no hayan caído en el olvido algunas de estas historias.  En uno de sus números publicados en 1897, relató con ira lo ocurrido a una cubana, quien tras la caída del esposo en combate, se refugió en un hospital de sangre con sus tres menores hijos.  Cierto día, el puesto médico fue atacado por una partida de matones que asesinaron a todos los enfermos y heridos.  A ella la separaron de sus hijos y la enviaron con otras mujeres a la Casa de Recogidas en espera del juicio sumario.

No satisfechos los sádicos agresores tomaron a la hija mayor, una adolescente de 12 años, y la vendieron en una subasta pública. El mejor postor fue un capitán que después de violarla, entregó la niña a su tropa para que los soldados repitieran tal vileza.  Resulta muy doloroso imaginar la angustia y desesperación de aquella madre cuando supo la brutalidad aplicada contra su hija, unida a que nunca logró conocer sobre la suerte que corrieron sus otros dos pequeños.

-¿Cómo fue la participación de la mujer en el exilio?

Fue enorme el sacrificio de estas independentistas en el exilio.  A muchas no les bastó ofrecer parte de sus míseros jornales para cumplir con el Día de la Patria, o entregar las escasas pertenencias de valor que llevaron consigo al extranjero, o confeccionar en el sigilo de la discreción los uniformes para el Ejército Libertador.  Tampoco vacilaron en dar lo más preciado y, en ocasiones, lo único que les quedaba por ofrecer: los hijos.

Es así como en una conmovedora carta, la despalilladora Elvira A. de Trujillo, desde Cayo Hueso se dirigió en 1896 a Tomás Estrada Palma, entonces Delegado del Partido Revolucionario Cubano, para comunicarle que ya había dado autorización a Indalecio, su joven hijo, ´para la incorporación a  los campos de Cuba, donde murió peleando su padre y también murió el mío´.

De una culta patriota espirituana, Trinidad Lagomasino, la investigadora relata:

Casada con el Cónsul de los Estados Unidos en esa ciudad, e impregnada de los enraizados sentimientos patrióticos de su familia, pudo canalizarlos a través de una eficaz e ingeniosa cobertura.  Aprovechó la supuesta apatía política que le otorgaba su privilegiado status social. La Solitaria –sobrenombre que aludía a la forma en que actuaba- , devino agradable anfitriona de veladas y reuniones, las cuales aprovechaba para escuchar los comentarios y conversaciones de sus invitados: funcionarios del gobierno y del ejército español.

Aquellas informaciones Trinidad las hacía llegar al alto mando militar cubano y la dirección del Partido Revolucionario Cubano, contenidas en un sobre lacrado con el sello (un águila) que identificaba la valija personal y diplomática del esposo.  Por otra parte, estableció contactos con los activos clubes patrióticos de la región central del país, a los cuales solía enviar dinero para la adquisición de armamentos y medicinas, y para ayudar económicamente a viudas y huérfanos de los caídos, así como a familiares de presos y emigrados  a quienes el gobierno les había embargado los bienes. Con la sagacidad y prudencia que requería su misión, logró que a hijos de algunos compatriotas se les conmutara la pena de muerte por la deportación.

Finalmente, Raquel Vinat de la Mata resume el recuento de estos estremecedores relatos, hilvanados en la premura de una entrevista que no se detiene en precisiones cronológicas o regionales:

Si en una veloz ráfaga de preguntas, me pidieras una palabra con la que pueda compactar mis reflexiones sobre aquel pasado tremendo y contradictorio, pero definidor y glorioso, no vacilaría en decir: amor.  Sólo con mucho amor a la patria, a la familia, los hijos, la vida y a sí mismas, es que ellas y ellos pudieron vencer tantos dolores y barreras ideológicas que, por siglos, reprimieron los sentimientos, la inteligencia y sobre todo, las convicciones, aún en ciernes para algunas cubanas.

(Esta entrevista fue publicada en Bohemia el 14-5-2004)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *