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El sentido de la estrategia

La vacuna que se espera obtener del candidato vacunal cubano más avanzado llevará el nombre de Soberana01. Todo un símbolo.

En medio de una situación económica muy difícil, cuando los esfuerzos principales se dirigen con apremio a la producción de alimentos, cuando se visualiza en el horizonte el camino a la solución del ya urgente problema de la unificación monetaria y se reavivan los criterios acerca de la organización del metabolismo socioeconómico del país, la ciencia cubana se suma a la vanguardia mundial que puede comenzar a producir una vacuna contra la COVID19. Y justamente la vacuna que empezó los ensayos clínicos en medio de los azotes de la tormenta tropical Laura llevará el apelativo de Soberana, un mensaje de reafirmación que envió nuestro presidente y que bien interpretaron nuestros científicos.

La posición ante el mercado

Para discutir acerca del mejor camino socioeconómico para Cuba, primero que todo hay que tener presente la salvaguarda de la independencia y la soberanía nacional. Ninguna propuesta, por reconocida teóricamente por personas o grupos, si no argumenta una garantía clara y confiable de la preservación en el presente y el futuro de estos dos elementos fundamentales es aceptable, ya que hacerlo significaría la pérdida de la posibilidad de definir los cubanos la estrategia, o sea, desarmarnos.

Las circunstancias han cambiado rápidamente

La situación ha cambiado no solo como resultado del bloqueo económico, recrudecido sistemáticamente en los últimos años incluyendo medidas muy recientes, sino también por el cambio de situación que implica la pandemia de la COVID-19, un hecho inesperado que probablemente no fue incluido en el pensamiento sobre los posibles escenarios a mediano y largo plazo que se hayan construido.

El país, en consecuencia, debe agilizar sin demora las medidas que han sido debatidas previamente por nuestra ciudadanía, ya sea en los “Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución para el período 2016-2021”, en el debate sobre la “Conceptualización del Modelo Económico y Social Cubano de Desarrollo Socialista” y sobre el “Plan Nacional de Desarrollo Económico y Social hasta 2030: Propuesta de Visión de la Nación, Ejes y Sectores Estratégicos”.

Los contenidos de estos documentos, que tienen el extraordinario valor de recoger los puntos de vista de la ciudadanía y no pueden quedar en letra muerta, deben ahora adaptarse a las nuevas circunstancias, pero en esencia si se actúa ágilmente impulsando con energía mucho de lo que ya está aprobado con amplio consenso nacional podremos avanzar un buen trecho.

Hacer y pensar

Esa realidad no evita, sin embargo, que se sucedan las más disímiles propuestas de soluciones económicas para la nación con mayor o menor rigor en su argumentación. Interpretaciones, propuestas, puntos de vista que pueden ser analizados y discutidos, mientras se avanza con las medidas urgentes sobre las bases constitucionales y el consenso alcanzado. En el fondo de estos debates está el posicionamiento hacia el mercado.

El agravamiento de la situación económica tiene lugar cuando se impulsan los cambios en la sociedad cubana encaminados a un mayor espacio a las relaciones mercantiles, lo que recrea el sustrato económico para el resurgimiento de los conceptos y argumentos afines al liberalismo, con lo cual se produce en algunos la ilusión de que la dirección es simplemente incrementar la propiedad y la iniciativa privadas para generar riquezas –por más que eso es necesario- o, peor aún, el criterio de que “antes” eran mejor las cosas. Como si una libre ampliación de las relaciones mercantiles fuese a resolver el problema del desarrollo y el bienestar en un mundo dominado por las transnacionales y los países capitalistas más desarrollados que emplean mecanismos monopólicos y extra-mercantiles para imponer su dominación.

A lo anterior hay que añadir una realidad: con el crecimiento de los emprendimientos privados, ya sean más o menos exitosos, pero necesarios como elemento del sistema económico, todos los participantes en ellos, líderes, familiares, trabajadores, aunque estarán en iguales condiciones que los demás ciudadanos en cuanto a las políticas sociales de educación, salud pública, diferentes subsidios, etc. vivirán una cotidianidad en la cual sus planes de vida dependerán más de las relaciones mercantiles en las que participan, lo cual los puede distanciar respecto de los objetivos sociales generales del país, generándose una tendencia a instalarse en su psicología social un alejamiento de la visión y misión del Estado socialista encargado de consensuar los intereses de las mayorías y de sus propios planes y aspiraciones.

Están también los que afirman que cualquier cosa que confirme el principio claro del predominio de la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción y servicios, de la planificación nacional y del papel del Estado socialista encargado de articular y preservar el metabolismo socioeconómico del país, es un constructo ideologizado y huele a burocratismo, sin negar que hay trabas burocráticas en el Estado y fallas en la planificación que deben ser superados. Y eso ocurre, cuando más relevantes, importantes y estratégicos resultan los principios y valores de la ideología socialista para orientar la construcción social de modo que escape a la fuerza centrípeta del capitalismo tardío, del que presiona desde afuera y del que tenemos dentro, y para lograr la adaptación a las circunstancias reales del mundo de hoy, preservando los intereses del pueblo trabajador, algo que no puede hacerse sin educación, sin ética, sin un claro correlato ideológico socialista, sin una voluntad política que defienda  esos intereses.

La búsqueda exclusiva del interés individual, por definición, no para mientes en los efectos sobre la sociedad y la naturaleza, en particular los que resultan a largo plazo del despilfarro y del empleo indiscriminado de los recursos. Una visión capitalista de las relaciones mercantiles trae consigo algo más sombrío: el capitalismo genera no solo la práctica de buscar la demanda en términos corrientes, sino también -dadas la competencia, la lucha por los mercados, la constante búsqueda de la ganancia y su incremento, el afán de lucro-, genera en la gente a través de los mecanismos publicitarios necesidades innecesarias, que no es un juego de palabras sino la realidad según la cual las personas terminan comprando lo que realmente no les hace falta y pueden acabar siendo esclavos de ese consumo innecesario.

Como colofón hay que añadir que el mercado creó también la institución de la estafa, el dar gato por liebre, el acaparamiento y el abuso con los precios, etc. Deformaciones que arrastra el mercado también en su interacción con una sociedad que se empeña en la orientación socialista de la construcción social y existen en Cuba hace rato.

¿Por qué entonces en las sociedades contemporáneas, en Cuba también, las relaciones mercantiles tienen un lado funcional positivo, que estimula el esfuerzo? La respuesta radica en la aceptación del intercambio de equivalentes, que no funciona en forma pura en ningún caso, pero impone una media aceptable. Es una herencia social milenaria que pesa en las apreciaciones y actitudes de las personas que reconocen naturalmente el intercambio de equivalentes a pesar de la madeja y construcciones deformadoras de las relaciones mercantiles.

Es indudable que en este minuto lo urgente es generar crecimiento, encadenamientos productivos estables y robustos, incentivar a los productores, satisfacer necesidades básicas de la sociedad, y en ello juega un papel decisivo la mirada estratégica del ideal socialista para evitar que sea el mercado el que termine imponiendo su jerarquía. El concepto de mercado y de relaciones mercantiles en la sociedad cubana tiene que constituirse en correspondencia con los objetivos generales de nuestra nación.

El orden jerárquico del mercado pugnará por situarse en la sociedad con sus parámetros que son los relativos a la constante expansión,  al individualismo, la ganancia, el éxito en la competencia, el predominio del lucro sin contemplar sus consecuencias. El mercado tiene el potencial de conspirar contra la cooperación, la colaboración y la solidaridad.  De ahí el papel decisivo de la política, la ideología, la educación, la cultura socialista, la planificación nacional, el ordenamiento jurídico y la sistemática reconstrucción del consenso.

Hoy en día la planificación integral, articulada y balanceada intencionalmente, respaldada por las normativas constitucionales, que persigue regular los efectos distópicos del mercado, hay que verla no simplemente como “ley” del socialismo, sino como instrumento imprescindible para enfrentar la brutal asimetría que viene de la mano de las desproporciones en el desarrollo tecnológico y el poder financiero de las transnacionales y el armado de influencias de los países capitalistas más desarrollados.

Habría que ser demasiado ingenuo para suponer que los principios ideológicos son hoy supernumerarios frente a las necesidades de cambio en la sociedad cubana cuando precisamente es todo lo contrario, sin que ello suponga el absurdo de pensar que las soluciones vienen solo porque se proclamen los principios y las ideas y se abogue políticamente por ellos. Se trata de su papel efectivo en la orientación de las acciones y la aplicación de las políticas y medidas concretas en el terreno económico.

¿Qué significa estar o no de acuerdo con que el mercado se subordine a la sociedad?

En el debate acerca de la relación Estado-mercado, siempre he pensado que en la perspectiva histórica el Estado deberá desaparecer junto con el mercado, visto el “Estado” no solo como superestructura estatal de un país, sino en un plano más particular, como ente regulador. En otras palabras, mientras haya mercado, será necesaria una entidad encargada de arbitrar sobre la base de las normas consensuadas las relaciones entre las personas, grupos sociales, emprendimientos, regiones, países, etc.

Y no es posible estar con dios y con el diablo: o se piensa la evolución de la sociedad cubana desde su control sobre el mercado o se piensa desde el mercado. Y este posicionamiento es fundamental en particular en un momento en que es indispensable dar mayor espacio a las relaciones mercantiles.

Estado y mercado existirán en una relación contradictoria y de mutua dependencia.  No es, obviamente, una relación que existe aislada de la interdependencia de la sociedad y la naturaleza, sino en un sistema solo divisible en la abstracción. Y como cualquier otro fenómeno social, influyen en esa relación un sinnúmero de variables, que son a su vez resultados de la interacción de otras. Sin embargo, el factor que puede influir en la dirección consecuente de su desarrollo es aquel en capacidad de una acción consciente reguladora.

El esclarecimiento del significado del papel de ambos componentes de esta relación interdependiente resulta entonces esencial y debe ser pensado no solo en un plano general, estratégico, sino en cada coyuntura y en cada línea de acción. Siempre habrá que preguntarse ¿hasta dónde se llega con tal o mas cual acción, programa, política, cuáles pueden ser sus consecuencias a largo plazo?

El mercado tiene sus leyes, son de sobra conocidas. Intentar su regulación en función de direccionarlo es algo que no se puede hacer esperando buenos resultados sin la participación de los actores económicos. Solo cuando las políticas y las acciones son aceptables, lo que significa aceptables para los actores económicos, es posible aprovechar el lado positivo de las relaciones mercantiles y mantener anulado o muy debilitado su lado negativo.

Los actores económicos en este caso se ven en sentido amplio. Se trata no solo de los centros de producción de bienes y servicios, las empresas, las fábricas, los talleres, las instituciones financieras, el Estado, el Gobierno, etc., sino también de la población en general en el plano de sus diferentes papeles en la división social del trabajo.

De ahí que el principio de la articulación eficiente de las actividades socioeconómica, organizativa, jurídica normativa y política ideológica en la construcción social de orientación socialista revele su total vigencia en el proceso de subordinación del mercado a la sociedad.

Ejercer la acción consciente procurando la subordinación del mercado a la sociedad requiere obligatoriamente la participación consciente del pueblo trabajador, de ahí que la principal función social e ideopolítica del partido y el Estado cubanos debe ser la del empoderamiento creciente de la sociedad en la cosa pública, en particular en la actividad económica. Mientras funcione más fluidamente el metabolismo socioeconómico del país como resultado de sus propios requerimientos, menores serán los peligros del burocratismo.

El ejercicio de subordinar el mercado a la sociedad tendrá éxito en la medida en que sea el resultado del máximo involucramiento del la ciudadanía en el proceso. Y esto incumbe a las leyes, normativas, formas organizativas, distribución del producto social, la educación, la formación, la orientación de la demanda, la calidad de la oferta. Un empoderamiento que contemple a todos los niveles la participación en las decisiones y el control social.

Por ello, las ideas que la sociedad cubana necesita hay que pensarlas no solo desde la economía, si bien es una disciplina indispensable, sino con un enfoque integral, multidisciplinario. La etapa en la que con una sola disciplina científica se daban explicaciones últimas a los fenómenos quedó atrás desde que se abrieron paso en las ciencias sociales los enfoques multi, inter y transdisciplinarios y se desarrolló la teoría de la complejidad.

El sentido de la estrategia

Es el de aprovechar al máximo el lado positivo de las relaciones mercantiles y disminuir, controlar, evitar el lado negativo, mientras aprendemos colectivamente esa convivencia contradictoria y reafirmamos los valores socialistas de la revolución cubana. No es simplemente el crecimiento y el consumo, por más que es imprescindible y hoy urgente crecer y mejorar el consumo de bienes y servicios de la población en general; el sentido de la estrategia es lograr una sociedad próspera y sostenible con un concepto de bienestar que no de entrada al consumismo, al individualismo y al egoísmo, al afán de lucro, a la inequidad, al incremento exponencial de la desigualdad, a la manipulación indiscriminada de la naturaleza y del medio ambiente. La prosperidad y el bienestar para todos como derecho y responsabilidad de todos.

Por eso es importante tener en cuenta que el incentivo para la creatividad, la eficiencia y el incremento de la producción no puede ser únicamente el resultado económico que cada quien logre individual y colectivamente, ya sea en una entidad productiva propiedad de todo el pueblo o en un emprendimiento privado. Hay que poner la vista primero que todo en la sociedad para la cual se trabaja.

Hemos bregado la mayor parte de nuestra historia republicana con las banderas socialistas de la solidaridad y del bien común. Nuestra constitución ha codificado esos valores y constituye junto con la ideología socialista de la revolución cubana el escudo y la espada de la nación para afrontar el desafío del mercado, preservando la independencia y la soberanía nacional.

Dario Machado
Dario Machado
Licenciado en Ciencias Políticas y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

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