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A setenta y un años de un ultraje a José Martí

El 10 de marzo de 1949 llegó un convoy naval de los Estados Unidos a la bahía de La Habana. El hecho no era raro en el ambiente de una república neocolonial  dominada por dictaduras intestinas al servicio aquella potencia imperialista. Pero esa vez la presencia de yanqui —que habitualmente se asociaba a los vicios— tuvo un episodio especialmente desfachatado. Algunos de los marinos coronaron su borrachera profanando el monumento a José Martí erigido en el Parque Central habanero.

Da rabia recordar y —para que los posibles no informados sepan de qué se habla— contar que al siguiente día de la llegada del convoy se orinaron sobre el monumento, y uno de ellos lo hizo trepado en la cabeza de la estatua. Se conserva un testimonio visual que encoleriza ver, pero facilita abreviar el relato. Contra la infamia se desató una justa indignación popular, y los actores del ultraje fueron “encarcelados”, o protegidos por las autoridades cubanas de turno.

Pronto estudiantes, trabajadores, representantes del pueblo en general se movilizaron para protestar contra la profanación y ajustarles cuenta a quienes la habían cometido. Entre los movilizados sobresalieron conocidos revolucionarios como Fidel Castro y Alfredo Guevara, y otros a quienes hoy no se les recuerda todo lo que merecen. Es el caso de Baudilio Castellanos, quien en esa ocasión fue brutalmente golpeado por agentes represivos del régimen. Brilló como estudiante y como profesional del derecho, y fue abogado de los revolucionarios participantes en los hechos del 26 de julio de 1953 y en los del 30 de noviembre de 1956.

Tras la mancilla del monumento a Martí, el gobierno cubano auxilió al embajador de los Estados Unidos en el afán de tratar de limpiar la imagen de la presencia intervencionista de esa nación. Pero la falsedad y la mentira no podían cubrir tanta infamia. En las palabras que pronunció como parte de la farsa, el embajador estadounidense ni siquiera alcanzó a decir el nombre de José Martí. O lo desconocía, que era probable, o no lo recordaba, que para el caso vendría a ser más o menos igual.

Hoy servidores del imperio nacidos en Cuba podrán cometer actos comparables con el de aquellos marinos yanquis, pero Cuba no es una república neocolonial sometida al amo de esos lacayos. También ha cambiado en algunos puntos el comportamiento de los enemigos de la nación cubana. Si aquella profanación respondió en alguna medida a la ignorancia de quién era Martí —ignorancia repudiable en sí misma—, los profanadores de hoy irrespetan a quien saben que es uno de los pilares de Cuba y su obra revolucionaria.

Admirado mundialmente, en su patria se le ha venerado y se le venera con una calidad de sentimientos presente de forma natural en el conjunto de la sociedad, tanto en los sectores más humildes como en la vanguardia del pensamiento político revolucionario y en los intelectuales y artistas más relevantes. Cuando algunos individuos de ostensible catadura delincuencial y actitud apátrida se prestan para infamarlo, sirven al imperio incesantemente empeñado en derrocar a la Revolución que echó al tirano en que aquel tenía un servidor sanguinario. Quienes pretenden defenderlos, les hacen el juego, aunque —concédaseles el beneficio de la duda— lo hagan por ingenuidad, un lujo que a estas alturas nadie debería permitirse, y que a veces parece más bien cuestión de soberbia o penosa arrogancia.

Martí, en quien se halla el fundamento moral de la obra revolucionaria, forma parte de lo simbólicamente más representativo de la nación y los afanes de esta —contrarios a las intenciones imperialistas— de conservar la soberanía y la equidad que rinde tributo a quien echó su suerte con los pobres de la tierra. En Martí y otros héroes tiene la patria un tesoro simbólico del cual también forman parte la bandera, el himno y el escudo de la nación, y que ha sido abonado por la veneración popular y las mejores tradiciones artísticas del país.

La experiencia internacional muestra hasta dónde puede llegar la profanación de los símbolos de un pueblo, y con qué finalidad se acomete. En el caso de Cuba, el irrespeto a su tesoro simbólico beneficia de hecho a la potencia imperialista que pretende apoderarse de ella, y no precisamente con el fin de anexársela —como les ilusiona a los anexionistas creer—, sino para tratarla como dominio subalterno. Eso es lo que lleva haciendo con Puerto Rico desde 1898, año en que intervino igualmente en Cuba para sustituir en ella, como en aquella ala, a la metrópoli española. Ambos pueblos hermanos son inferiores para la mentalidad de un imperio prepotente y racista, guiado por un mesianismo depredador que nadie debería desconocer, cuando tantas pruebas de ello se ha encargado él mismo de dar.

Ahora habrá quienes vengan —movidos algunos incluso por el propósito de distanciarse ostensiblemente de un pasado revolucionario— a sostener que la bandera no es más que un pedazo de tela, para no decir “un trapo”. Pero la inmensa mayoría del pueblo cubano sabe y valora cuánto ha significado su enseña como fuente de fuerza vital en las luchas por la liberación del país, desde las guerras por la independencia, y en el enfrentamiento a la tiranía, así como a los agresores imperialistas. De esto último bastaría recordar el ejemplo de Girón.

Cuba cometería suicidio como nación si desconociera su derecho y su deber de cuidar y defender sus símbolos patrios, y si olvidara que no ha de haber impunidad contra quienes mancillen esos símbolos. No es solo cuestión legal, sino, sobre todo, de ética y cultura, de convicciones y sentimientos. Pero las leyes —para eso se establecen y han de hacerse cumplir— tienen también su papel en esa realidad.

Luis Toledo Sande
Luis Toledo Sande
Escritor, periodista, profesor, investigador y ensayista cubano. Licenciado en Estudios Cubanos y doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Redactor y editor en la Editorial Arte y Literatura. Investigador y sucesivamente subdirector y director del Centro de Estudios Martianos. Ha merecido la Distinción Por la Cultura Nacional y el Premio de la Crítica de Ciencias Sociales, por el libro Cesto de llamas. (Velasco, Holguín, 1950)

One thought on “A setenta y un años de un ultraje a José Martí

  1. Estos “artistas” con frecuencia hablan de “arte inteligente” y hacen responsable al espectador de la interpretación que de la obra se cree. Para esconder el verdadero objetivo de su propuesta, jeneran un discurso envolvente que en ocasiones hace sentir al espectador ignorante e inculto.
    EL arte inteligente cargado de creatividad, con valores estéticos elevados, cohesiona, nos hace mejores seres, nos enseña y educa de manera respetuosa.
    Pienso que muchos ingenuos o no, han caído o no en la trampa de estos “artistas” y les han propiciado vertiginosas carreras al cielo para que desde allí bombarden sin escrúpulos.

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