MARTÍ

Chac Mol en Martí

Aquellos eran los pueblos que llamaron a la Vía Láctea

«el camino de las almas».

José Martí

La Amérioca, Nueva York, abril de 1884

 

Quizás una de las esculturas más controvertidas y, a la vez, más admiradas de la estatuaria precolombina, sea la de Chac Mol, el dios maya de la lluvia. Como toda obra de arte verdadera, ella representa y significa, sugiere y oculta, llama a la reflexión y a la contemplación. Todo en ella es enigmático… Y, a un tiempo, benéfico, alentador. Si bien hasta el presente han sido encontradas más de cien versiones escultóricas de este dios, la más notoria y, tal vez, una de las más bellas, es la primera, descubierta en octubre de 1875, aproximadamente,[i] por el arqueólogo norteamericano Augusto Le Plongeon, durante sus excavaciones en Chichén Itzá,[ii] ciudad de la cultura maya del llamado período posclásico (900 al 1500 d.n.e).[iii]

Desde su conocimiento de la escultura en la ciudad de Mérida, capital del estado de Yucatán, Martí se sintió atraído por ella. De ahí que entre 1885 y 1891, ya convencido de lo impostergable del deber contraído con su apostolado, se dé en proyectar una obra de teatro que recree la esperanza recién nacida en el pueblo maya con el reencuentro de la escultura del dios Chac. El contexto político y cultural que caracteriza por entonces a su América, es propicio. Más que una coincidencia, el descubrimiento de la escultura debió de interpretarlo como un aviso o llamado de la historia americana y de los americanos todos que la habían engrandecido. El ser y el sentir martianos no podía asumir de otra forma tal hallazgo. Así se trasluce de los apuntes para el guion de dicha obra teatral.

También, por entonces, se auto retrató como el dios Chac, en un dibujo hecho al margen de una carta que le escribe a su esposa Carmen. Su duende pintor lo había llevado de joven a matricular en la escuela de arte de San Alejandro, la que dejó un mes más tarde, por no poder pagar la matrícula. En el destierro, realizó más de una pintura de paisaje. Además de darse «un día de cuadros cada mes», como se lo expresó a Miguel Tedín, en carta de 1889. Asimismo, en reuniones partidistas o en congresos relacionados con los cargos extranjeros que ostentaba, o en algún momento de reflexión o exaltación íntima, se había hecho a la costumbre de dibujar sobre el papel que tuviera a mano, aquellos asuntos o personajes que más le atraían, como una forma de armonizar el deber inmediato con su sed de conocimiento, justicia y amor. No es de extrañar, que del nervio de estos momentos naciera su retrato de Bolívar y sus autorretratos a plumilla, como una forma más de verse a sí mismo, de reconocerse en lo que era y podía ser… Necesidad que alcanza su mejor expresión, en su dibujo como Chac Mol.

El Martí que se autorretrata como Chac Mol, no es el que todos conocemos, sino el que él creyó conocer para sí. Su ágil y brevísima interpretación, propicia el traslado de la fisonomía de su rostro de una edad agónica ―en el sentido martiano del término― a una juvenil. Pero, ¿con qué lugares y recuerdos puede asociarse esta etapa de la vida del Apóstol? ¿Con La Habana de sus días de discípulo de Mendive o con la Zaragoza de sus estudios universitarios? ¿Con la Guatemala de María Granados o, tal vez –por el texto que acompaña al dibujo–, con el México donde conoció y amó a Carmen Zayas Bazán? La vestidura, la postura y los dones de Chac, no descartan la posibilidad de tales regresiones en el tiempo. Poseedor de la lluvia, lo es también de la primavera, y del caudal fecundo y renovador que esta estación proclama cada año desde la noche de los tiempos. ¿A quién le puede disgustar tales ideas? Menos a Martí, todo acción y sueños. La línea, cual lazo, aprehende la edad soñada, y la viste con el ropaje del dios que, a su benéfica condición, suma el enigma de un descanso sospechoso… «Martí no se cansa», dijo de él, en un momento difícil. «Está quieto pero no en reposo», observó Ezequiel Martínez Estrada, al estudiar sus fotos.[iv]  Su mayor culto es la patria; sus ídolos, los que la hicieron y la hacen. Chac Mol entre ellos.

Chac Mol descubierto por Le Plongeon y del que se inspiro Marti.

En la historia de la representación de la América, Chac Mol es de esas imágenes que siempre se corresponden con un mejor conocimiento de su realidad. Imaginada o real, es parte esencial de ella y de la vida. No del todo atractiva para los medios de comunicación, sí lo ha sido para el mejor arte de vanguardia del pasado siglo. Si Gauguin alcanzó un estilo pictórico original en contacto con la naturaleza incontaminada de la Polinesia, y Las Señoritas de Avignon fue resultado de la impresión que le causó a Picasso las máscaras africanas, las reclinadas figuras (reclined figures) del más importante escultor inglés de la pasada centuria, Henry Moore, tienen por referente el mítico dios maya de la lluvia. Las esculturas de Chac Mol siguen teniendo tanta vigencia para el arte y el pensamiento americanos, como las Obras Completas de José Martí. Ambas son ya parte inalienable de nuestra grandeza y esperanza.

La Habana ya tiene su Chac Mol en Martí, con su mirada dirigida hacia el oriente, tal y como Chichén Itzá tiene el suyo en el pórtico del Templo de los Guerreros. Obra del escultor cubano René Negrín, su realización ha venido a confirmar lo que, en gran medida ya intuíamos, cuando a pedido de la dirección de la Unión de Periodistas de Cuba, asumimos la responsabilidad de elegir al escultor que la realizaría y la asesoría histórica de la misma: el Chac Mol que hoy más que descansar, parece levantarse en los jardines de la sede de la UPEC, en el habanero barrio de El Vedado, es, en esencia, un proyecto de Martí. Si bien sólo lo pudo concebir como dibujo, lo vio y lo pensó como escultura, como símbolo escultórico e identitario de las mejores aspiraciones de vida de nuestros pueblos. Así se dibujó él en el benéfico dios: hijo de sus dones, de su arte y de su pueblo. Y así lo vemos ahora, asumir su postura, vestir su traje, proyectar sus sueños. Ya en él, Martí fecunda la espera y sueña, convencido que su lugar de mayor gloria entre los vivos, es la intemperie.

Chac Mol en Martí, con su mirada dirigida hacia el oriente, tal y como Chichén Itzá tiene el suyo en el pórtico del Templo de los Guerreros. Este es obra del escultor cubano René Negrín y se halla emplazado en los jardines de la Unión de Periodistas de Cuba. Foto: Yoandry Avila/Cubaperiodistas.

[i] En principio, asumimos la fecha del hallazgo de la escultura en octubre de 1875, y la de su traslado a Mérida, entre febrero y marzo de 1877.  César Macazaga Ordoño. Chac Mool, el señor de nuestro sustento, Editorial Innovación, S.A., Mérida, s/f. Apéndice 1, pp. 73-76. (N. del A.).

[ii] Itzá es un compuesto de dos elementos: its + á. El primero, its, lo tomamos por brujo o mago y á por agua. El nombre Itzá, pues, se traduce por Brujo-del-agua. «Introducción», El Libro de los Libros de Chilam Balam, Fondo de Cultura Económica, México-Buenos Aires, 1963.

[iii] Una observación necesaria: el dios maya de la lluvia se ha escrito de diferentes maneras, a saber, Chac Mool, Chacmool, Chacmol y  Chac Mol. Esta última forma, en tanto que castellaniza el nombre, será la empleada por el autor del presente texto. En los demás casos se respetará la ortografía empleada por los autores citados. (N. del A.)

[iv] Ezequiel Martínez Estrada. Martí revolucionario, Casa de las Américas, La Habana, 1967, p.435.

Jorge R. Bermudez
Ensayista, poeta y crítico de arte.

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