COLUMNISTAS

Félix y Geannys con su canto al niño más veloz del país

Asiel Alejandro Álvarez era un muchachito camagüeyano pasado de peso. En las pruebas de eficiencia física de su escuela, sin embargo, demostró su rapidez y, como comentó el profesor de educación física Geannys Guevara, “ninguno de sus compañeros le ganaba”. Se ocupó de la promesa, la fue cincelando y… ahí entra la labor de Félix Anazco Ramos al narrar muy bien esa historia en el semanario Adelante bajo el título Asiel, el niño más rápido de Cuba.

Como el dogmatismo en tanto su físico no hirió al niño, el periodista pudo contarnos que tres años después de aquel hecho, Asiel se convirtió en el velocista más rápido del país en la justa pioneril. Su mejor tiempo en los 40 metros planos es de 5.2. y, aparte de su premio dorado en la carrera, resultó protagonista en el relevo 4 x 75 del certamen para agregar otro galardón de oro, según Félix.

Hay que felicitar al entrenador por cumplir con su deber y no dejar congelado en murales y publicaciones nuestro lema Deporte, derecho del pueblo, mucho más profundo que el de Pierre Coubertin, muy usado ahora: Deporte para todos.

Saludo efusivo para el autor del texto al ocuparse del sector infantil y no abrazar únicamente lo más encumbrado. ¿Qué sería del alto rendimiento y las grandes hazañas sin estas pequeñas y hermosas proezas? Eso realza la importancia de la búsqueda realizada por el reportero y la posterior confección de un escrito interesante, atrayente, capaz de enlazar y convencer.

Por desgracia, las lides del músculo han sido heridas con un exceso de atadura al somatotipo. A Alfredo Despaigne no lo quisieron en la Escuela de Iniciación Deportiva de Santiago de Cuba por las libras de más y no poseer una estatura acorde con el deporte que practicaría. La de Granma si lo admitió e influyó en la labor para convertirlo en el caballo de los caballos. Ni siquiera se salvó a los inicios la gordita -así la llamaban- Ana Fidelia Quirot: por poco es sacada de su centro y del seleccionado atlético.

¿Qué me dicen de nuestro boxeador gordito Roberto Balado, as del gran certamen, mundial y panamericano entre los superpesados, fustigado al principio por esa ceguera? Muchos pensaban que la delgadez de la baracoesa María Caridad Colón no le permitiría ascender como jabalinista. De haberse impuesto la desconfianza, nunca habría llegado a ser la primera campeona olímpica de América Latina.

No me quedo en la etapa actual y en el escenario cubano: bastantes personas, hasta con lesiones y deformaciones, han iluminado la esfera. El estadounidense Ray Ewry, el Hombre de Goma, cercano a tener que utilizar para siempre una silla de ruedas, con los ejercicios consiguió no solo salvarse de esta condena, sino que conquistó ocho coronas de los saltos sin impulso, repartidas en los Juegos de 1900, 1904 y 1908.

Su compatriota Bob Mathias, pese a haber sufrido una anemia que por poco le cuesta la vida en la niñez, se convirtió -y en eso determinó la práctica deportiva- en uno de los más grandes decatlonista con dos cetros de la magna cita. Todo un poema, su coterránea Wilma Rudolph: de inválida a la mujer más veloz del mundo en su época.

Johnny Weismüller logró ser un extraordinario nadador aunque padeció de poliomielitis cuando pequeño. La alemana Kornelia Ender, con lesiones serias en la columna, acudió a la natación para rehabilitarse. Lo alcanzó y refulgió sobre todo en el torneo más trascendente del planeta.

Conocemos de esos errores que tuvieron finales felices. Ah, ¿cuántas ilusiones no llegaron a convertirse en realidad, a cuántas estrellas no las dejaron brillar, por este esquematismo? Y lo esencial: si la cultura física es un derecho del pueblo en el caso nuestro, un profesor tiene que atender a los flaquitos, a los pasados de kilogramos: no puede marearse con el mal del medallismo, lo que no significa dejar de hacer una faena especial con las promesas.

Su misión esencial, la de forjar discípulos mejores de físico y alma, debe realizarla con el arte de un escultor, a sabiendas de que el ser humano es muchísimo más difícil de trabajar que la madera, el  yeso, el hierro o el mármol.

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