COLUMNISTAS

Es Trump el que está hablando de socialismo

Que los cubanos sigamos hablando de socialismo no es noticia, pero si quien lo pone en la palestra pública es el inexplicable Donald Trump hay que traer a colación el conocido refrán: “Cuando el río suena…”.

No pocos comentarios que abordan la cruzada trumpiana contra el socialismo siguen surgiendo desde diferentes puntos del planeta, cruzada cuya causa más profunda está en la crisis del capitalismo tardío, carente de fórmulas nuevas que logren superar sus problemas dentro del sistema y vuelven a los viejos expedientes, tales como la imposición de aranceles, agitar el peligro comunista y otros gastados expedientes sin contar el vinculado al gran negocio del complejo militar industrial: las guerras.

En Cuba el tema socialismo es de la mayor actualidad y reaparece en espacios comunicacionales, políticos y académicos desde sus diversas miradas, aunque al explicar por qué la perspectiva histórica socialista es algo vivo, vigente en nuestra realidad, no pocos avezados académicos y analistas se concentran en avanzar ideas explicando lo que consideran es el socialismo sin enfatizar en una causa fundamental de su vigencia: la construcción social de orientación socialista es la única vía en las actuales condiciones históricas para alcanzar un desarrollo próspero y sostenible con todos y para el bien de todos; es decir, el socialismo como garantía del presente y el futuro de la nación. De ahí la conciencia ciudadana acerca de la importancia del socialismo como perspectiva integral de la sociedad cubana.

Pero si difícil es saber cómo cada quien se imagina una sociedad socialista, mucho más difícil es si ese alguien es el abstruso Donald Trump. El extravagante mandatario norteamericano, quien gracias al mecanismo electoral estadounidense fue elegido presidente con la minoría de los votos ciudadanos y quien todo indica quiere repetir, se ha montado en el caballito de batalla de “acabar con el socialismo” en el hemisferio occidental. Así encontró un fácil denominador común para englobar a todos los que no estén en su polo de influencia y subordinación, de ahí que en ese apartado entren indistintamente, por ejemplo, Bernie Sanders y Alexandria Ocasia-Cortez, Nicolás Maduro y Miguel Díaz-Canel.

Hay algo de cierto en esa mirada del presidente rufián y es que es tan brutal el abismo de desigualdad, el individualismo y egoísmo del capitalismo tardío, que quedan relativamente “a la izquierda” sectores sociales que nada tienen de socialistas (si por socialismo estamos hablando de la negación del modo de producción y de vida capitalista, independientemente de fases, etapas, estrategias nacionales, etc.) y que solo buscan modos de suavizar el sistema, de hacerlo menos oneroso para las mayorías, de lograr su funcionamiento más equilibrado, de cuidar la naturaleza y el medio ambiente, en resumen: paliar los efectos de sus contradicciones insalvables dentro del sistema.

Esos socialistas no van de frente contra las transnacionales, ni contra el complejo militar-industrial, ni contra la esencia del sistema, sino que se percatan de la peligrosa pendiente del neoliberalismo y del hegemonismo intolerante que solo llevan a la catástrofe, y desde esa posición se autotitulan “socialistas”, lo que favorece la plataforma de Trump, quien al parecer le ha agarrado el gusto a la presidencia. Rodeado de amanuenses desprestigiados que solo quieren reverdecer laureles al amparo del poder ultraconservador y despreciando todo esfuerzo por la racionalidad, Trump, obsesionado por el poder, hace y dice lo primero que le viene a la mente, quiere manejar la Casa Blanca como si fuera su finca, lo otro poco le interesa, tan sencillo como eso.

Una reciente encuesta de la firma Gallup revela una fuerte tendencia entre los jóvenes norteamericanos a identificarse con las representaciones de socialismo que algunos líderes de opinión norteamericanos enarbolan, quizá incentivados por un natural rechazo a la brutalidad y los exabruptos del díscolo inquilino de la Casa Blanca y del poder hegemónico y depredador que él representa. Tal posicionamiento deviene impropio y deleznable para quienes lo quieren absolutamente todo sin importarle la gente, ni la naturaleza, ni el medio ambiente, ni nada.

Con esas personas racionales en los Estados Unidos que se dicen socialistas, claro que se puede dialogar y ojalá logren extirpar el trumpismo de la política norteamericana, aunque no puede esperarse que desafíen los poderes fácticos que dominan la sociedad y la política estadounidense.

Trump, sin saber siquiera el significado del concepto de socialismo y su complejidad, y sin importarle un comino no saberlo, arremete contra los socialistas nuestroamericanos y contra los rivales que en su patio así se autotitulan, lanzando una cruzada inquisitorial con el mismo fin: seguir al frente de su mafia en la presidencia del poderoso Estado norteño. Las causas por las cuales persiste en su muro, ataca a los “socialistas” norteamericanos y pone en vigor el capítulo III de la Ley Helms-Burton tienen todas un hilo conductor.

Pero, ojo, sería ingenuo pensar que Trump no ve más allá de sus narices. Lo que ocurre es que su desprecio por los demás lo convierte en un manipulador pragmático que procura lo que quiere a cualquier precio. Bobo no es, la fortuna que amasó dejando un rastro de irregularidades y desmanes que a menudo saltan a la luz pública y que hoy al parecer está algo menguada, demuestra su habilidad para el fraude, la risita y el empujón. Y no está excluido que repita si logra despertar aquella “mayoría silenciosa” de raigambre republicana amparado en la bonanza económica. Si repite puede esperarse cualquier cosa de su caótico comportamiento político.

Con el estilo de matón hollywoodense y la retórica bravucona que satisface a los embullados con hacerse del petróleo venezolano y con destruir el ejemplo de Cuba, Trump quiere demostrar que es el hombre fuerte que de él esperan los ultraconservadores que lo apoyan y a quienes si bien les sobra dinero les faltan argumentos e ideas, por eso les cuadra la jerga sobradora de guapo de barrio que Trump les proporciona.

Nos toca enfrentar esa aberración del sistema político estadounidense que recupera sin inmutarse la doctrina Monroe y arrecia la agresividad imperialista en un momento crítico para nuestra economía nacional, en medio de cambios medulares, de escasez y necesidades insatisfechas, de lógico agotamiento.

Nunca antes han sido más importantes las medidas sopesadas y audaces y las ideas, los argumentos, el esfuerzo consciente, el relato convincente, la mirada estratégica y la aceptación de la convocatoria del poeta cuando nos invita a creerle cuando dice futuro, futuro que si no es socialista, sería un desastre.

En Cuba, como demuestra la reciente votación mayoritaria a favor de la nueva constitución socialista ya vigente, queda confirmada la fidelidad mayoritaria a la más importante tradición política de la nación cubana: la de la revolución de Fidel y Raúl, aunque no hay una visión unánime del significado del concepto de socialismo. Hay, sí, claridad en sus principios irrenunciables -la unidad nacional en primer lugar- y en la importancia del sistema socioeconómico y político socialista que construimos como la mejor vía para alcanzar la prosperidad compartida; de ahí que la diversidad de criterios sobre cómo debe ser nuestro socialismo solo puede fertilizar, enriquecer y fortalecer el rumbo.

El socialismo al que aspiramos en Cuba es una construcción en la cual se hace camino al andar.

Significa la única vía para lograr el desarrollo sostenible con justicia social preservando la independencia, la soberanía nacional y nuestra identidad cultural, valores que no están ni estarán nunca en discusión.

Donald Trump no tiene ni idea de lo que es el socialismo, los cubanos sí.

Dario Machado.
Licenciado en Ciencias Políticas y Doctor en Ciencias Filosóficas. Preside la Cátedra de Periodismo de Investigación y es vicepresidente de la cátedra de Comunicación y Sociedad del Instituto Internacional de Periodismo José Martí.

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