De lo intensos que fueron los días de José Martí es un ejemplo el 25 de marzo de 1895, y aquí al hablar de su parábola no se apunta precisamente a ese recurso expresivo, sino a una metáfora de base geométrica. Si los inicios de esa parábola en Martí remiten a su infancia, con el juramento —plasmado años más tarde en Versos sencillos— de “Jurar con su vida el crimen” de la esclavitud, y a su adolescencia, con los textos de El Diablo Cojuelo y La Patria Libre, entre otros, la interrupción la marca la carta del 18 de mayo de 1895, el día antes de su muerte en combate, a Manuel Mercado.
La suya fue una parábola trunca en curva ascendente, en un punto altísimo en sí mismo y señal de cuánto habría podido seguir ascendiendo. De ahí que el título no hable de su último 25 de marzo, sino de un 25 de marzo. A su muerte le siguieron iluminaciones perpetuadas por su pensamiento y su palabra, por una vida que fue un hecho moral.
Ese día de 1895 se acercaba el tramo final de su camino hacia la guerra que, preparada con su guía al frente del Partido Revolucionario Cubano, había estallado el anterior 24 de febrero. Para llegar a ella salió de Nueva York el 30 de enero, y nada lo haría desistir. El 9 de marzo, aún él en Montecristi junto a Gómez, el Listín Diario, dominicano, difundió que ya se encontraban en Cuba. Ante quienes —cualesquiera que fueran sus intenciones— proponían que él permaneciera en el exterior, donde podría ser “más útil” por su prestigio y por las relaciones que había cosechado, esa noticia le sirvió para argumentar que su presencia en Cuba era ineludible.
Pero hacer depender su decisión de esa notica —falsa cualquiera que fuese el origen— sería ignorar su voluntad de cumplir su deber en la guerra que él había preparado. En carta del 26 de febrero, como si hablara por el propio destinatario —quien también, al igual que otros de los principales líderes independentistas, había permanecido en la emigración para evadir la vigilancia española—, le escribió a Antonio Maceo sobre la necesidad perentoria de llegar a Cuba “en una cáscara o en un leviatán” (IV, 70).1
Esa era también su resolución personal. No lanzaba a otros a peligros que él mismo no estuviera dispuesto a correr, y estaba convencido de que debía cuidar la guerra desde dentro. Muy grande era lo que se decidía, y muy grandes los obstáculos —objetivos y subjetivos— que urgía vencer. No cabía quedarse lejos de la contienda.
El 25 de marzo de 1895, mientras se desplazaba por tierras caribeñas hacia Cuba, fechó varias cartas de despedida, y por lo menos el borrador de “El Partido Revolucionario Cubano a Cuba”, texto que se conocería como el “Manifiesto de Montecristi”.2 Rindió así tributo a la localidad dominicana donde Martí lo escribió, y a la que le cambió el nombre, Monte Christi, para la historia y la tradición revolucionaria latinoamericana.
Antes de centrarnos en ese texto, veamos aunque sea someramente las cartas, que muestran la tensión de quien se sabe en camino a lo determinante. La que dirige a Ulpiano Dellundé, médico cubano radicado en Cabo Haitiano y colaborador de la causa de su patria, le trasmite instrucciones sobre una “delicada comisión” para la cual le pide auxilio. Al final aparece la prisa, junto a su sincera cordialidad: “Solo me queda un instante para saludarle mucho y a toda su casa, en nombre del General [Gómez], y en el de su amigo agradecido que quiere oír que la salud de Vd. es buena”.
A Gonzalo de Quesada y Benjamín Guerra les escribe ese mismo día dos cartas, o una carta en dos partes, y en la primera empieza diciéndoles: “Partimos. Toda palabra les parecería innecesaria o escasa”. En ambas —junto con indicaciones vinculadas a lo que el 10 de abril, en otra carta a los mismos destinatarios, define así: “De pensamiento es la guerra mayor que se nos hace: ganémosla a pensamiento”— concentra orientaciones prácticas sobre las fuerzas patrióticas y los recursos materiales disponibles.
A las jóvenes hermanas María y Carmen Mantilla Miyares les envía una breve carta iniciada con este aviso: “Salgo de pronto a un largo viaje, sin pluma ni tinta, ni modo de escribir en mucho tiempo”. Y hay dos cartas que requieren atención especial. Una de ellas, dirigida a su madre, puede considerarse su testamento de la ternura y el amor filial. Lo deseable sería reproducirla íntegramente, en sustitución del comentario que merece, y que no cabe hacer en poco espacio ni —como tampoco su lectura, ni su mera copia— sin que la garganta se anude y se nublen los ojos.
Pero tendremos que mal resignarnos a recordar el comienzo: “Madre mía: // Hoy, 25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en Vd. Yo sin cesar pienso en Vd. Vd. se duele, en la cólera de su amor, del sacrificio de mi vida; y ¿por qué nací de Vd. con una vida que ama el sacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde es más útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía, el recuerdo de mi madre”; y la posdata: “Tengo razón para ir más contento y seguro de lo que Vd. pudiera imaginarse. No son inútiles la verdad y la ternura. No padezca”.
La otra carta aludida es una de respuesta al amigo dominicano Federico Henríquez y Carvajal, a quien le dice que le escribe “en el pórtico de un gran deber”, y resume los fines emancipadores con que Martí preparó una guerra y marchaba hacia ella. Tal es su alcance que se ha considerado un testamento político del autor, y solo cede en ese carácter ante la que le escribió a Manuel Mercado en la víspera del combate de Dos Ríos y la muerte se encargó de hacerla especialmente testamentaria.
En textos recientes —como la segunda parte de “José Martí y ‘lo imposible’”— el autor del presente artículo recordó lo que la carta a Henríquez y Carvajal alumbra sobre la resolución de Martí de llegar a la guerra sin la vocación suicida que algunos han querido atribuirle, y dispuesto a que únicamente la asamblea del pueblo cubano alzado en armas pudiera decidir cuál sería su lugar en la gesta. Ahora el articulista se detiene en lo que la carta abunda sobre el proyecto político sintetizado en el “Manifiesto de Montecristi”.
En esa dimensión de la carta se ubica el señalamiento por parte de Martí —en términos que recuerdan otros textos suyos, como la citada carta póstuma a Mercado— del alcance antillano y mundial de la guerra que ya había estallado: “Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América, y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”.
No es una idea nueva en él: la había expuesto en 1894, con similares palabras, en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, artículo cuyo subtítulo encarna todo un programa: “El alma de la revolución, y el deber de Cuba en América” (III, 138-143). Al decirle al amigo dominicano: “Yo alzaré el mundo”, no expresaba vanidad que él no tenía: apuntaba a la relevancia de la obra revolucionaria a la que se entregaba.
En los términos propios de un documento público, esas ideas recorren el “Manifiesto”, que Martí, como Delegado del Partido Revolucionario Cubano, firmó junto a Gómez, General en Jefe del Ejército Libertador, ambos electos para esos cargos. Sin la posibilidad de tratar aquí el texto con el detenimiento que merece, veamos algunas de sus ideas cardinales.
En el comienzo plantea: “La revolución de independencia, iniciada en Yara después de preparación gloriosa y cruenta, ha entrado en Cuba en un nuevo período de guerra, en virtud del orden y acuerdos del Partido Revolucionario Cubano en el extranjero y en la Isla, y de la ejemplar congregación en él de todos los elementos consagrados al saneamiento y emancipación del país, para bien de América y del mundo”.
Luego expresa que la guerra no era contra los españoles honrados, sino —como se lee claramente en otras páginas suyas— “contra el sistema incurable e insolente del gobierno” (II, 171) que ahogaba por igual a cubanos y a españoles, y echó por tierra las manipulaciones de quienes azuzaban el miedo al negro. Martí fue el revolucionario que se adelantó a las ciencias en el reconocimiento —lo hizo en “Nuestra América”, publicado en 1891— de la inexistencia de razas en la especie humana, y rechazó una tras otra las actitudes de quienes no estaban dispuestos a bregar por el bien de todos.
Desde sus convicciones afirmó que aquella guerra —la guerra de Martí, la llamó Gómez, quien se sumó a ella sin reservas— no se erigía precisamente sobre “la realidad ingenua de los países que conocían de las libertades el ansia que las conquista, y la soberanía que se gana por pelear por ellas”, sino sobre sólidas bases de realidad y pensamiento. Cuba se hallaba “en el crucero del mundo”, y debía cumplir la responsabilidad que le venía de esa ubicación, que hoy llamaríamos geopolítica.
Lo dice con absoluta claridad: “La guerra de independencia de Cuba, nudo del haz de islas donde se ha de cruzar, en plazo de pocos años, el comercio de los continentes, es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo”.
Tenía presentes los peligros que de ese equilibrio entonces inseguro le venían no solo a Cuba y a las Antillas en general, sino a toda nuestra América: “Honra y conmueve pensar que cuando cae en tierra de Cuba un guerrero de la independencia, abandonado tal vez por los pueblos incautos o indiferentes a quienes se inmola, cae por el bien mayor del hombre, la confirmación de la república moral en América, y la creación de un archipiélago libre donde las naciones respetuosas derramen las riquezas que a su paso han de caer sobre el crucero del mundo”.
Si tales advertencias se leen casi al final del “Manifiesto”, no es porque no les concediera la importancia que tienen, sino porque esa ubicación les proporcionaba el fundamento de todo lo que había venido argumentando. Lo hace con relativa prudencia, pero sin menguar la radicalidad de sus ideas. En la carta póstuma a Mercado escribe: “En silencio ha tenido que ser, y como indirectamente, porque hay cosas que para logradas [también se ha leído ‘para lograrlas’] han de andar ocultas”.
No se refiere a su creciente antimperialismo, que era público y notorio, sino al hecho de que, en su proyecto revolucionario, la guerra en Cuba ya era, más que para vencer al ejército español, para “impedir a tiempo” que se consumaran los planes de los Estados Unidos: “Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”, le confiesa a Mercado.
El “Manifiesto de Montecristi” fue el primer programa público de la guerra cubana de 1895. Sustituyó los Gritos con que tradicionalmente habían empezado las contiendas independentistas en nuestra América: Dolores, en México; Lares, en Puerto Rico; Demajagua, en Cuba, aunque este se conoce como Grito de Yara, un modo de asumir como blasón el primer enfrentamiento armado con el ejército español, que tuvo lugar el 11 de octubre de 1868, tras el alzamiento del 10 en el ingenio Demajagua.
Que el “Manifiesto” ocupase el lugar de un Grito fue uno de los rasgos modernos de una guerra que no empezó en un sitio aislado, sino en numerosas localidades a la vez: para impedir la concentración de las fuerzas españolas y no dar tiempo a la intervención de las estadounidenses, lo que ocurrió en 1898, con las consecuencias conocidas.
El organizador e ideólogo de la guerra cubana murió prematuramente, y esa tragedia cuenta entre los factores que favorecieron la realización de los planes yanquis. Martí fue asimismo, de hecho —aunque no suele decirse, ni se piensa quizás—, un revolucionario estadounidense. No solo por su larga estancia en Nueva York, debido a las circunstancias de su vida de conspirador contra la Corona española, sino porque denunció las lacras de la sociedad de aquella nación, y defendió su movimiento obrero con ideas que lo ubicaron a la izquierda de sus representantes nacionales.
También o sobre todo lo fue porque su afán de salvar el equilibrio del mundo incluía sanear el honor ya entonces dudoso y lastimado de los Estados Unidos, hoy brutalmente roto, con graves implicaciones para otros países y para el propio pueblo estadounidense.
Para la patria de Martí está claro que su pueblo no tiene que ofrecerle al estadounidense cambiar para favorecerlo en su bienestar: nada hace contra él, y es el gobierno de esa potencia el que agrede y hace sufrir al pueblo cubano. La mejor contribución que puede brindarle Cuba al estadounidense es mantener la verticalidad antimperialista que Martí sembró en la conciencia de esa mayoría que merece llamarse el pueblo cubano.
Lo adelantó el propio Martí en “El tercer año del Partido Revolucionario Cubano”, como si estuviera diciéndolo hoy, y olvidarlo sería un acto de traición: “Un error en Cuba, es un error en América, es un error en la humanidad moderna. Quien se levanta hoy con Cuba se levanta para todos los tiempos”. (Imagen de portada: Fotograma de la película cubana Páginas del diario de José Martí, de José Massip).
Notas:
1 Las referencias con números romanos y arábigos en citas de José Martí remiten, respectivamente, al tomo y a la paginación que les corresponde en sus Obras completas editadas en La Habana entre 1963 y 1966, y con varias reimpresiones.
2 Por la fiabilidad textual del Epistolario (La Habana, 1993) de José Martí, y por estar reunidas en el mismo tomo, el V, las cartas del 25 de marzo de 1895, y la póstuma dirigida a Manuel Mercado, se citan por esa fuente. El “Manifiesto de Montecristi” se halla en las Obras completas (IV, 91-101), pero allí su lectura es ardua, porque aparece mechado con las numerosas variantes o modificaciones que Martí consideró en su redacción. Se sugiere leerlo por otras ediciones, en especial algunas de las dos facsimilares (1985 y 2011) auspiciadas por el Centro de Estudios Martianos: incluyen —además de aportes complementarios—, facsímiles y transcripciones de los borradores y la versión limpia del texto como lo hizo publicar Martí.

