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LA CRÓNICA

Campanario

El viejo campanario de la Iglesia parroquial de Guadalupe esparcía su revuelo por todo el lugar con la antigua resonancia metálica de los bronces. La costumbre se cumplía invariable y metódicamente, tres toques de oración cotidianos: por la mañana, en rememoración de la Resurrección; al mediodía, en memoria de la Pasión, y el vespertino, el más solemne, en recuerdo del supremo momento de la Encarnación. Sin embargo, enmudecían en Semana Santa o repicaban jubilosas en días de grandes festividades.

No siempre las campanas tuvieron esos usos religiosos. Con las más antiguas, del siglo XII antes de Cristo, en China, los habitantes de ese tiempo echaron a volar su música. En otros lugares anunciaban mal tiempo, fuego. En época de los romanos su canto abría el mercado, marcaba la hora de los baños, avisaba el paso de los criminales al suplicio, la aproximación de un eclipse. A las bestias se les colgaban al cuello como amuleto para ahuyentar a los lobos. En las culturas prehispánicas de América eran casi siempre de barro y por eso no pervivieron como reliquias.

Muchas figurillas de épocas perdidas llevaban como parte de su ajuar, campanillas: una diosa que recordaba a las mujeres muertas en el parto y otras a los niños ofrecidos en sacrificio a una deidad de las danzas. Eran de frutas las campanillas y la sustancia que les daba cuerpo se deshizo en los aires o la tierra. Las sonajas de oro, cobre, bronce, significaban para los aztecas, los incas y los mayas, lo que las antiguas y resonantes campanas para los pobladores de Occidente y Oriente.

Cuando se estrenó la Obertura 1812 de Tchaikowsky, las campanas resonaban como cañones para festejar vívidamente la victoria de los rusos contra las tropas napoleónicas.

Algunos veían en los campanarios, inmensas copas invertidas, —aunque también son frecuentes las menudas, diminutas y sonrientes en los carillones— como vasos sagrados de efluvios sonoros y mágicos sobre los techos de los pueblos, manejados por el campanero. ¡Ah, los campaneros!, los rayos de las tempestades electrocutaron a muchos y casi nadie deseó después arriesgarse en lo alto de las torres, como la que una vez existió en la Iglesia Parroquial de Guadalupe, en La Habana, que dio nombre a una de sus calles, persistente en la memoria con sus vitalidades sonoras de alma de bronce y campanero que ya no está. (Crónica originalmente publicada en el diario Juventud Rebelde, 2004).

Ilustración: Isis de Lázaro.

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Katiuska Blanco Castiñeira
Katiuska Blanco Castiñeira (La Habana, 1964). Periodista y ensayista. Fue corresponsal de guerra en Angola y redactora del diario Granma durante más de diez años. Es autora de libros como Ángel, la raíz gallega de Fidel, Fidel Castro Ruz, guerrillero del tiempo. Conversaciones con el líder histórico de la Revolución Cubana, y Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz.

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